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Cuando los ojos descansan mirando.

Lejano suspiro que me cuenta está tranquila. Que los quehaceres acabaron por ahora y que a la cama te diriges.

Pero antes una parada de emergencia. Que el fruto de uvas te llama. Que te mantiene enterita.

Y el vaso que no se llena. Que para que la copa. Que igual respira… si que respira.

Cuando el grito colmado al cielo se asoma. Que tengo frío. Que no se explica.

Y el vaso y el colmo se anexan. Que son amigos, ya se conocen, son dos inquietos que se jaranean de noche.

Pero el ojo no tiene pena. No calma el canto, nos calma tanto.

Y pesa, que pesa y pesa.

Pesa la angustia.

Pesa el cansancio.

Pesa la rutina.

Pesa ser madre.

Única.

Pequeños segundos atrás este recuadro andaba en blanco. En blanco y azul para ser sinceros. Y solo podía recordarme una cosa y una sola: Alianza Lima. Me quedé divagando sobre el equipo, sobre lo mal que venimos jugando y la fuerte crisis que pasamos hace ya más de 10 años… increíble. Me quedé divagando sobre si doblar la ropa o no, si ponerla a secar en el balcón o si mejor simplemente la guardaba un poco húmeda… total… que me da flojera. Y la verdad simplemente divagaba para prolongar el triste hecho de que me mi mente ande en blanco, que el papel ande esperando y el lapicero… también.

Pensé. Es que capaz ya simplemente no puedo escribir… como pedirle a un perro viejo que haga truquitos, la vueltita y demás … simplemente ya no puede… ni quiere.

Me frustró está idea y Alianza pasó a segundo plano, la ropa a tercero y en cuarto que al parecer andabas tú… te salteaste la cola, a codazo limpio empujaste a mi equipo y a mi ropa. Te pusiste primerita, sonriente y lista para la foto. Cara cashosa, pelo al lado, sonrisa mentirosa y al final un guiño de ojo… pero si eres única.

Es como el perro de hortelano, no come ni deja comer … aparece cuando nadie la llama, se invita a la fiesta, elige la música, pide comida y te pasa la cuenta … pero si eres única.

Recuerdo hace menos de un mes haberte escrito… ni más ni menos fecha de mi cumpleaños. Eran los últimos minutos de mi día y tú ni bien gracias, no dabas señales de vida. Me rebajé a escribirte, a preguntarte cómo andabas, y lo tuyo fue la indiferencia. Nada. Ni un suspiro. Pero que bien que andabas de protagonista cuando fulano y mengano andaban jugando con lo que tú llamas corazón … pero si eres única.

Y ya ves, aquí me tienes escribiendo una vez más de algo que no existe, de esa cosa, y si cosa, que fastidia mi interior cuando trato de concentrarme. Porque andaba aquí tranquilo, hoja vacía, lapicero destapado, la ropa inconclusa y mi equipo en la mierda… pero tú no estabas… y a ti quién te mandó llamar?

Pero si fue el mismo que anda escribiendo… y que manera de torturarme … y me lo digo … y te lo digo… pero si eres única.

Un poco más lejos.

Se refleja la ilusión del porvenir. Viene, brilla y quiere resaltar las ansias de querer tocarlo. Sentirlo bajo la piel, saber que le perteneces y que lo único que podrá  separarlo de ello es la muerte.

Y él cree que la muerte lo separará de esta atracción marginal. Pero la muerte permanecerá junto a la sensación de apegamiento forzado. Y lo único que hará que este latir se apague será el olvido. Pero para olvidarla, debo de estar muerto.

Contigo mismo.

Unos salen y otros entran. Unos ríen y otros lloran. Unos se preguntan y otros simplemente miran de frente.
Y que envidia pues no sentir. No saber lo que es tener la calma por lo suelos, la angustia al lado del corazón y la tristeza por todo tu cuerpo.

Hoy las palabras no me ayudan. No quieren salir de mi ser y se pelean con mis dedos por mantenerse en cautiverio. Se aferran a mi vientre. No quieren ni asomarse. Hoy prefieren quedarse bajo sombra y no sentir la radiación de mi sentir. Porque muy bien saben que hoy dolerá. Hoy muy bien saben quiénes serán las primeras en la fila, cuáles son las más solicitadas y cuáles lamentablemente, hoy, no las necesitaré.

Ellas saben que el equipo ya está formado. Saben muy bien que no habrán sustituciones y que por más que haya más de un lesionado la alineación se mantendrá igual.

Hoy decidieron no salir ni a jugar el partido. Prefirieron ahorrarse el trajín y el sudor. Prefirieron no luchar una batalla que sabían tenían perdida desde el vestuario. Lamentablemente no me lo comunicaron. Fui el único en asistir al encuentro. Salí peinado y bien vestido. Y lo esperado sucedió. Me acribillaron. Me metieron no uno ni dos. Me metieron más de diez. 

Más de diez razones para seguir llamándolos. Para seguir pidiéndoles que salgan. Que hoy no me dejen solo. Que ya ando solo. Y no me gusta.

Les importó poco, se revelaron y siguieron en su firme posición. El cerebro me decía tendrás que adaptarte a la situación. Buscar a los suplentes, a los que siempre están listos. A los entusiastas. Y yo que me negaba. Y ellos que hinchaban a toda voz. Ya los sentía saltando. Generando el ambiente adecuado para el partido de sus vidas. El partido que venían esperando desde hace años. 

Y así llego. Un solo pensamiento de alegría brotó de mi ser. Y el equipo sin que siquiera lo llamase ya estaba en la cancha. Listos para el segundo tiempo. Estaban cada uno en su posición. Estiraban y hacían el calentamiento previo. 

Previo al gran encuentro de la historia de su eternidad. 

El equipo rival ni bien salió y ya tenía dos adentro. La alegría fue invadiendo un poco más mi ser y las tribunas empezaron a llenarse. Primero las populares. No tenían ni bombos ni instrumentos, pero si que coreaban fuerte. Metieron dos más y occidente llenó sus asientos. Dos parpadeos después y el estadio estaba lleno. Habían banderas, tambores y serpentinas. Me visitaron hombres y mujeres. Niños y niñas. Ancianos y ancianas. 

Y ese día entraron todas. Ese día realmente fue el partido de sus vidas. Fue la oportunidad soñada, tomada y disfrutada. Fue el claro ejemplo de como un texto que comenzaba por mandarme al río de los llantos, me termino enviando al hermoso carnaval llamado vida.
No te alejes vida mía.

No me dejes sin salida.

Estate cerca a mi querida.

Dame siempre tu alegría.

Poderoso querer.

Fue muy difícil olvidarte. Recuerdo poner todo de mi para lograrlo, pero te aferrabas a mi. No me soltabas como cuando un niño se agarra fuertemente de la pierna de su madre para que no lo deje solo en el colegio. Sentía tus pequeñas manos apretando mi ser. Tus uñas ya haciendo daño a mi piel y mi sangre correr por la piel. Era tan fuerte el sentir que a veces tenía que recurrir al espejo a ver si es que las heridas eran reales o no. Y por lastima estaban solo en mi mente. No eran reales. Éstas no existían. Éstas eran producto de mi imaginación. La misma imaginación que me puso a tu lado e ideó este plan ideal en el que somos protagonistas. 

Hoy desperté a la media noche realmente asustado. Prendí la lámpara de la mesa de noche y me esforcé por escucharte. Traté de sentir tu presencia en el cuarto. Y nada. No te hallaba allí conmigo. No entendía que sucedía. Si ayer te habías ido a dormir conmigo. Si tan solo horas antes habíamos ido a dormirnos juntos. Recuerdo el beso en la mejilla. Hasta mañana. Que descanses. Mañana tenemos un día largo te dije. Lo confirmaste con un «uhum» y nos fuimos a dormir. 

No recuerdo tu voz ahora que me lo pregunto. No recuerdo porque no me respondiste anoche. Ni esa mañana. Ya que en la mañana solo me hiciste un movimiento de cabeza de arriba a abajo aceptando lo que te decía. Espera, pero porque es que hace días no me hablas? Es que estamos peleados y no recuerdo por qué?

Cuando fue que discutimos? Si no hemos peleado últimamente… no nos hemos peleado nunca… o al menos desde hace … oh por dios…

Malecón de la ansiedad.

¿Dónde estás? ¿Quién eres?

Hoy te escribo sin saber quién eres. Sé que existes. Sé que esto que pienso de ti es una teoría leída en un artículo.
Es la suma del pensamiento positivo que jala las cargas positivas. Es el saber que hay alguien para cada uno. Es el deseo de que exista alguien que conozco perfectamente en mi mente, en mis pensamientos.
Es ese tú que yo sé que existe y del cual me pregunto qué estará haciendo ahorita mientras yo escribo de ti.

Por allá que no es acá

Paz atormentadora.
El descanso se hizo ajeno.Un pestañeo y para arriba.
El frío está presente.
El peso ya no tanto.
El alma habla suave.
Mi cuerpo dice basta.
La mente quiere mucho.

Y ella,

ella ya no está.

Ella huyó. Y aquí ando yo. En un pequeño pestañeo.
Que me aleje del dolor.

Que me acerque a ti.
Que me diga que aun me quieres.

Que en silencio te recuerdo.

Que extraño, lo extraño.

Hoy parto. Hoy me alejo de todo y vuelvo a comenzar. Hoy creo que es lo mejor. Y hoy ya siento que tal vez sea más doloroso de lo que pensé.
Y es que muchas veces quieres algo con todo tu ser. Sueñas con ello y lo deseas con muchas fuerzas. Sabes que es lejano. Sabes que cuando te dicen que no es tan lindo como parece, piensas que no saben nada. Y solo quieres ser el otro. El de al lado. Quieres estar en sus zapatos y a lo lejos se escucha: » Qué envidia».
Y hoy me tocó partir. Hoy estuve frente al que seré y tras el que fui. Me derrumbé. Caí al suelo. Tropecé fuertemente, levante el rostro y me negué a seguir. Quería rendirme. Quería anclarme al fondo del mar, cuadrarme en el sótano del almacén y pedir tregua.
Quería no haber tomado la decisión de partir. Quería no saber lo que es extrañar. Amar. Pensar. Querer.

Hoy querer se convirtió en mi enemigo. Hoy querer me dijo que lo que quería, hoy ya no lo quería. Hoy querer dejó de ser futuro y se convirtió en presente y pasado.

Ayer quería huir.
Hoy quería quedarme.
Mañana quisiera que todo esto valga la pena.

 

Norte/Sur

Era mi último día en Estados Unidos. Había pasado los últimos tres meses trabajando de limpiador de cuartos en un hotel cinco estrellas. Había decidido irme lejos por el verano tras haber terminado con mi enamorada, después de casi cuatro largos años. Los veranos siempre nos la pasábamos juntos en su casa de playa. Este primer verano soltero me iba a ser difícil, así que un amigo me propuso el viaje e instantáneamente acepté. Conseguimos una casa desde Lima y conocimos a los que serían nuestra pequeña familia por los siguientes tres meses en la misma agencia por la que nos fuimos. Eran dos chicas casi de nuestra misma edad. Por temas de la universidad ellas tenían que llegar unos días antes, por lo que pensamos que sería aun más fácil llegar a la casa. Hablábamos siempre por teléfono, sería fácil llegar desde el aeropuerto.

Llegamos a Miami a las 9:00 de la noche. Desde Lima nos decían que debíamos tomar un tren hacia el norte, bajarnos en la estación de Lake Worth y luego caminar unas cuantas cuadras. Todo sonaba sencillo. Todo sonaba a país del primer mundo. La cosa es que llegamos a Miami, sacamos las maletas del carrusel de maletas y empezamos a averiguar donde quedaba el tren. Éste quedaba al otro lado del aeropuerto. Cogimos una especie de taxi y por fin llegamos. Serían ya las 9:40 de la noche cuando llegamos a la cerrada estación del tren. El servicio funcionaba solo hasta las 8:30 de la noche. Así hubiésemos querido no hubiésemos podido coger el tren. El reloj avanzaba y necesitábamos encontrar una solución. Nuestra casa quedaba como a una hora y media y las opciones eran limitadas. Caminamos ya más apurados hacía la central de taxis. Preguntamos cuánto nos saldría un taxi hacia Lake Worth. Aunque ya nos esperábamos una respuesta bastante cara, esta fue aun más: 230 dólares. Nos miramos. Reímos. No sabíamos que hacer.

Con nuestro inglés intermedio y los nervios del recién llegado empezamos a preguntar a los diferentes empleados del aeropuerto que alternativas teníamos para llegar a nuestro destino. Unos nos decían que durmamos allí y tomemos el tren de la mañana. Otros que tomemos el taxi. Otros que alquilemos un auto. Se nos abrieron los ojos y fuimos corriendo a la central de alquiler de autos. Buscamos en más barato y encontramos uno por 34 dólares. Era un Nissan Tiida hatchback 1.3. Sin pensarlo dos veces lo alquilamos. Yo tenía 21 años recién cumplidos y mi amigo 20. Nos quisieron cobrar más por ser tan jóvenes, pero logramos convencerlo.

Ya eran como las 11:30 de la noche. Metimos a la fuerza las cuatro maletas que teníamos y lograron ocupar casi el 80% del auto. No había forma de mirar por el espejo retrovisor y ver si quiera un pedazo de pista. Encendí el auto y salimos del aeropuerto. Recuerdo haber sentido un alivio tremendo. Una tranquilidad de por fin haberlo logrado. También recuerdo los 24 segundos que me duró. Estábamos ya en el auto, manejando sin saber donde, sin tener idea hacia donde y sin una ruta de la cual guiarnos. Ya nos arrepentíamos de ser tan avaros y no haber pagado 20 dólares más por el GPS. En la guantera encontramos un mapa de Florida y la tranquilidad volvió a nuestros cuerpos. Con bastante dificultad logré llegar a la carretera que nos dirigiría a nuestra casa. Luego de 40 minutos hacia el norte paramos en un grifo. Compramos toda clase de comida chatarra gringa, Red Bulls, Doritos y cigarros. La aventura comenzaba y de la mejor manera. Unos 25 minutos después de haber retomado la ruta le pregunté a mi amigo cuál salida debíamos tomar. Empezó a mirar el mapa, le daba vueltas a la izquierda, a la derecha, boca abajo. Me miró y me dijo: el mapa termina en Boyton Beach, ¿Dónde estamos? Empecé a mirar los carteles de la calle y vi uno que decía que la siguiente salida nos llevaba a Jupiter beach. En el mapa no salía esa playa por lo que supusimos que ya nos habíamos pasado. Seguimos hacia el norte unos minutos más hasta que vimos otro grifo. Paramos a preguntar por Lake Worth. El señor se rió y nos dijo están lejos, eso queda como a 50 minutos al sur. Al parecer el mapa que teníamos terminaba a tan solo 25 kilómetros del aeropuerto. Nos habían dicho que Lake Worth quedaba a 1 hora y media de donde sacamos el auto, pero suponemos que los gringos suponían que iríamos a 100 kilómetros por hora como la ley manda. La verdad nosotros fuimos a 160 y en algunos tramos a 180 kilómetros por hora. Ahora que lo pienso debe de haber sido graciosa la imagen de un Nissan 1.3 hatchback, con cuatro maletas en el asiento trasero y dos tipos grandes en los asientos de adelante andando por la ruta a 180 kilómetros por hora.

El hecho es que dimos vuelta en u y empezamos a ir hacia el sur. Eran ya como la 1:00 de la madrugada cuando por fin llegamos a casa. Increíblemente llegamos hasta la puerta de la casa sin ayuda de un mapa ni GPS. Bajamos del auto realmente cansados, dejamos las maletas en el mismo y tocamos la puerta para que nos abriesen. Nos abrieron las chicas. Nos abrazaron. Nos reímos. Entramos a conocer la casa en persona, ya que por internet ya la había recorrido de pies a cabeza. Nos sentamos a tomar unas cervezas los cuatro. Le contamos de nuestra primera aventura. No lo podían creer. Se reían de nosotros y nosotros también.

Ahora recién subo esta página y veo que me distraje. Veo que comencé escribiendo este texto acerca del último día del viaje. Veo que solo escribí acerca del primero. Y es que el primero tuvo mucho de los 90 días que pasé en Lake Worth. De esas constantes aventuras que me llevaron de la risa al llanto. De la desesperación a la tranquilidad. Del amor al odio. Y es que ahora, en este momento, escribir de ese último día sería seguir por la misma línea de ese verano, me llevaría de la alegría que tengo al recordar el primero a la tristeza que siento al recordar el último. De la tranquilidad que tengo de redactar el primero a la desesperación que me da tan solo pensar en escribir del último. Del amor que me enseño esta aventura tempranera al odio que no quiero sentir cuando lo recuerdo.

Pero bueno, era mi último día en Estados Unidos…

Perdón, no puedo.

 

 

Lo extraño de extrañar.

Escuché una vez, tras una despedida, que A le decía a B: «Te extrañaré… fue lindo esto…» Y yo, al igual que tú, no entendía nada de esa relación. No sabía si eran novios, amigos, familia, si se conocían de toda la vida o si se acababan de conocer, recién, en la estación. La respuesta de B fue la que me dejó un poco pensando y llevó a escribir esto, ahora, sentado en el micro, siendo las 17:44 yendo al estadio a ver al equipo de mis amores. Y bueno, B le dijo a A: «No es posible que me extrañes… porque yo te llevaré conmigo siempre, y tú me llevarás siempre a mi contigo. Ahora que hemos tenido esto será imposible separarte de mi vida».
Si lo lees una vez por ahí que no te deje mucho, que lo tomes como un final cursi de película gringa y ya está. Si lo repites unas cuantas veces puede que te pase lo que a mí, lo tomes personal y te haga acordar mucho a alguien.
Y es que es verdad, por más fugaz que haya sido el encuentro entre dos personas, y si es que algo llegó a marcarlos será imposible que se extrañen… porque para extrañar uno no tiene que tener… y por ejemplo yo a ti… aún te llevo aquí conmigo.

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