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De pequeño eres más grande.

Era fría la mañana. Recuerdo despertar. El cuarto oscuro. Mi madre en el umbral de la puerta. Mirándome con pena. Como queriendo que permanezca ahí por siempre. Echado. Descansando. Tranquilo. Y me pasa la voz lentamente. Pensando que sigo dormido. Yo que finjo, que me hago el difícil. Que no me quiero despertar. Reímos. Y estoy enérgico. Salto de la cama a sus brazos, que me sirven de liana hasta llegar al suelo. Salimos juntos y paseamos entre las pequeñas paredes que forman nuestro refugio. Mi hermana ya anda sentada en la cocina. Casi lista. Dos colas en la cabeza, los pies que juegan en el aire, luchando por rozar el suelo con la punta de los pies. Y yo que odio ese uniforme. Que lucho en vano todas las mañanas por evitarlo, por convencer a mi madre que no me haga esto. Que no me zambulla en ese chaleco que corta mi inspiración. Pero ahí estoy yo sentado al lado de mi hermana. Abrazado por el overol. Con los botones de colores primarios en el pecho y mi nombre sobre el corazón. Él sale del cuarto vestido ya para el trabajo. Siempre de pantalón, zapatos, camisa y corbata. Lleva un saco sobre el antebrazo izquierdo y en la mano derecha carga un maletín. Que lleva cosas importantes, supongo siempre. Cosas que no podemos tocar ni para jugar. De eso depende su trabajo, al menos yo lo creo. Transportar esas delicadas cosas de la oficina a casa. Y ya mi madre esta apurada. Que se laven los dientes. Que su padre ya tiene que salir. Que van a llegar tarde. Y yo que sufro por dentro. Estoy prohibido de demostrarlo. Debo ser fuerte y salir del refugio. Y afuera la luz me ciega. Me da miedo salir. Atrás dejo tanto. Paz. Mi calma. Y allá todo es caótico. Todos gritan. Corren. Y yo que tengo que hacer cosas que no me gustan. Que no veo la hora de regresar a mi fuerte. Y antes de salir corro. Me regreso hacia la sala, doy la vuelta pasando por el comedor y llegando a la cocina hay un tragaluz. Tiene una cuantas plantas, es oscuro y es mi selva. Abro la puerta que me da acceso a mi exótico rincón de la casa. Me agacho. Y mi madre ¡Que te vas a ensuciar! Que te pares de ahí. Y yo que no me puedo ir sin despedirme. Y recojo una oruga y la pongo sobre la palma de mi mano. Y que sueltes eso. Y qué se yo si regresaré con vida. Que debo despedirme. Que debo estar seguro que estarán bien sin mí. Y me paro, me sacuden, me peinan con la mano. Recojo mi lonchera con la mano izquierda, jalo mi mochila con la mano derecha. Paso el umbral de la puerta. La luz es fuerte. Al quinto paso volteo. Y ahí está parada en la entrada de la casa. Mueve su mano de derecha a izquierda. La mueve de seis a siete veces. Luego se besa la mano y me señala. Y sigue con el movimiento de izquierda a derecha. Y como me duele partir de casa. Pero volteo. Me subo al carro. Soy fuerte. O al menos eso pienso. Me aferro a volver a ver con vida a mis orugas. A volver por la tarde a casa. Que pase rápido el día pienso. Que el sol ya se oculte. Que las tardes son más lindas.

Que las tardes son más lindas.

Día es a hoy.

Dudo que digas la verdad. Dudo que seas fiel. Leal. Que seas tú mismo. Dudo que sientas algo. Dudo que quieras serlo. Ya no creo ser yo. Menos creo que eres tú.

Sí, me dices que lo eres. Vamos … no sientes la vida.

No quieres vivir de la duda.

Eres. Crees.  No sé si desaparezcas. Sé que te transformas. Sé que sigues en mí.

Dame el arma. Clava el puñal. Que sangren los pétalos. Que vuelen las ilusiones. Que el ave que creyó en ti vuele. Que aletee lejos de aquí.

Sientes lo que es. Ríes de lo que fue. Algún día esta pena.

Quizás algún día.

Pero eres así.

De saber que tú vendrías, ésta no sería la cena.

De saber que tú vendrías, no estaría tan deprisa.

De saber que tú vendrías, sólo te hubiese esperado.

De saber que tú vendrías, no me hubiese yo apurado.

De saber que tú vendrías, al balcón no me hubiese mudado… a oír las nubes crujir, a ver el viento contra el canto.

De saber que tú vendrías, cuántas cartas me hubiese ahorrado. Cuánta tinta y papel pues he malgastado en vano.

De saber que tú vendrías, este loco estaría suelto. No andaría a escondidillas escribiendo en el tejado.

De saber que tú vendrías, no te hubiese imaginado… entrando a casa por la noche, tarde, luego del trabajo.

De saber que tú vendrías, no le hubiese hablado a nadie… del amor que te tenía, de mis ganas de besarte.

De saber que tú vendrías, me hubiese quedado quieto.

Bien vestido.

Bien peinado.

Con la música. Esperando.

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Tierno lago.

La tarde se amolda a ti. Las rutas son largas y me obligan a ir despacio. No hay mucha luz y el camino es tranquilo. 

Y vamos juntos en busca de la calma. Porque buscamos lo mismo aunque tú aún no lo sabes. 

Ahí nos espera una fuente de energía en reposo. Que anda esperando por almas en soledad. Por almas que pasean muy cerca, que se rozan, que cruzan miradas, que no dejan fragmento de alegría.

Y las almas se sienten. 

Y las ganas no mienten.

Y todo es perfecto, aquí.

Y la pena invade un alma. Y la otra que lo quiere evitar. Y entra en ella y pelean fogosamente.

Pero se niega a derrotarla… No si ella así no lo quiere. Y por eso da un paso al lado y disfruta de su compañía. Así esté al lado. Así no se hayan convertido en una sola.

Y es en vano la derrota. Es en vano la victoria. Es en vano pedir belleza. Y no abrir los ojos. Escuchar la calma y disfrutar el momento .

Paralelo al deseo.

Estella sigue quieta. Parada al borde de la cama. Él sigue dormido, pero sintiéndola entre sueños. Como cuando sabes que te están mirando, que la mirada te toca la puerta y avisa presencia.

Él que abre los ojos. Ella que mueve la cabeza de derecha a izquierda. Que lentamente desaprueba su intención. Su mano se estira sobre las sábanas, buscando tocarle el muslo. Que la quiere con él, a su lado, en la cama.

Ella da un paso hacia atrás. Da la vuelta y directo al baño.

Él cierra los ojos. Suspira. Se rasca la cabeza. Abre los ojos, se sienta en la cama y le dice:

– Aún tomas café?

El silencio es prolongado y Estella que sale del baño. Ya cambiada. Moño en el pelo. Polo deportivo. Cartera al hombro. Zapatillas cómodas y las llaves del auto en la mano. Lo mira sin decir nada. Le hace una seña, moviendo la cabeza hacia la izquierda. Señalando la puerta del cuarto de hotel. Como quien lo invita a salir con ella.

Él sigue sentado en la cama. Con el torso descubierto y las piernas tapadas bajo las sábanas. Ahora el cierra los ojos lentamente y mira hacia abajo. Se prepara para salir de la cama, cuando la ve a punto de salir del cuarto. Muda. Sin decir nada. Él: con los pies sobre el suelo y aún sentado en la cama la mira.

– Aún tomas café?

Y Estella nuevamente muda. Ya con la puerta abierta. Parada en el umbral. Mirándolo fijamente a los ojos.

– Aún desayuno té con tostadas.

Grito de los dioses.

La angustia corría por sus venas. Escuchaba claro cada latido de su corazón y el aire corriendo por su garganta. La saliva estaba seca y el mar seguía quieto.

Nada a la derecha. Nada a la izquierda. El viento iba de sur a norte y el oeste le gritaba al este que la espera sería larga.

Como palabras sin sentido venían los espasmos esa noche. Flácidas e inquietantes. Lúcidos y volátiles.

Lograban acariciar sus pies mas no lograban calmar la aspereza de la inquietud.

A lo lejos se vio una luz. Una gota de esperanza entre la oscuridad de la noche. El aire era más frío. La ansiedad más grande. La quietud más inquieta.

Entró en el campo de ligereza y remojó su templo. Vio como esos ojos la miraban y no decían nada. Él mojó su humanidad y mezclaron las temperaturas.

Hubo un momento.

Un vacío memorable. 

Un silencio magistral. 

Ese espacio en el tiempo donde la unión tácita de los óvalos paralelos grita más que la ira del medio en momentos en lo que dios obliga a rezar a sus seguidores.Que obliga a los incrédulos a aclamarlo a todo pulmón.
Y es que hubo un momento.

Silencio memorable.

Vacío magistral.

Saber o no saber.

Una vida e imprecisión absoluta. Tenemos fecha de fabricación, motivo ajeno a nosotros y un porvenir desconocido. El respirar nos da vida y nadie nos obliga a la vida. Nacemos sin opinión alguna y tenemos facultades que nos hacen quienes somos, también sin opinión alguna. El cerebro: máquina que funciona veinticuatro horas al día durante siete días a la semana, cincuenta y dos semanas al año y… no, no sabemos cuántos años a la vida.

Mi cerebro: que no para de pensar a mil revoluciones por minuto y que impulsa a mis dedos a teclear alguna fracción de idea que pasó en ese momento. En este momento. Y así muchos sistemas casi perfectos que nos brindan la dicha de vivir.

Luego vamos creciendo y nos encontramos con amigos, conocidos, familiares, en sí, personas. Y no es que de bebés no sepamos qué son personas. Solo que, a cierta edad, ya un poco más grandes y pensantes, nos cuestionamos sobre ellas y logramos “comprenderlas” mejor. Y entonces, estas personas que nos rodean y hacen de nuestros días más amenos o dolorosos, logran cubrir de algún modo un vacío incapaz de ser tapado por el ser humano solo: la valoración. La valoración que cada uno de nosotros necesitamos sentir para seguir adelante. Ese “bien hecho”, “te quiero”, “cómo te extrañe”, “eres lo máximo” y “vete a la mierda” (que también te da algún tipo de valoración, aunque en este caso negativo) que nos empuja día a día a encontrar algún estúpido sentido a esto que al parecer no tiene ni pies ni cabeza. Pero si un cerebro y diferentes órganos que por más que les digas basta, no pararan.

Entonces, entre todas estas personas y lugares en el mundo, te toca conocer a una. A esa una que logra cautivarte desde la primera vez que la ves. De ni si quiera haber escuchado su voz, saber a qué huele, si es muda, sorda, ciega, rusa, noruega o peruana. De saber si es depresiva, asesina, vegana, mala onda, antipática o comunista. Porque no sabes nada de ella. La has visto por unos dos minutos y medio. Ella no se ha percatado de tu existencia, y tú, ya le pusiste nombre a las tres hijas que tendrán y criarán en el campo al este de la ciudad.

Y luego cuando esto sucede te cuestionas si todo este camino valió la pena. Si todo lo que sucedió desde que dabas los primeros pasos, todo aquello que fue formando el camino que has recorrido hasta llegar por algún tipo de casualidad a esa calle, a esa precisa esquina y ver a esa mujer en ese preciso segundo, en ese preciso instante que ella estaba ahí parada, si todo esto fue para conocerla. O para tal vez verla si quiera por esos dos minutos y medio y saber que existe alguien. Alguien que logra llenar los siguientes días de tu vida sin si quiera haberle dicho hola. Y es que tal vez sea mejor no haberle dicho hola. Porque así ya es perfecta. Y para que arruinar esa perfección, que puede estar llena de maldades y errores como tu. Mejor dejarlo así, ¿no?

Pero así no fue la historia. Dijiste hola, conversaron, se conocieron, se hicieron grandes amigos y fue peor aún que haberse quedado con la duda si es que era buena o mala. Si es que era o no para ti. Porque ahora sabes que es buena. Sabes que es la mejor. Sabes que no es para ti. Y sabes que por más que quieras nunca podrás sacarla de tu mente. De tu vida y tui futuro. Siempre será tu presente. Siempre.

Y ahora quieres saber. ¿Era necesario que llegaras a esa esquina, esa tarde por la noche, haberla visto y animarte a hablarle? Mejor te hubieses quedado con la duda, con el qué hubiese pasado, con el qué será de esa chica linda que una vez viste en la esquina la ciudad y que sigue sentada, por más que no quieras en la esquina de tu corazón.

 

Como el cigarro.

Las ganas del cigarro siguen intactas. Escupe al piso. Se rasca las costillas y se muerde las uñas de la mano izquierda. Con la derecha espanta las hormigas que se le andan subiendo al pantalón y la saliva que le salpicó al escupir. 
A lo lejos escucha sonidos extraños. Voltea. Es un charapa discutiendo con su esposa por teléfono. Por la vestimenta es doctor o enfermero. Quizás estudiante aún. 

Los perros en el parque corren sin correa, lo cual lo altera y pone un poco inquieto. De chico un perro le mordió y hasta ahora anda medio chocado. 

En casa lo espera Dumbo. El único ser vivo con el que ha logrado mantener una relación duradera. Pues es un conejo y como buen conejo no hace nada. Quizás por eso lo quiere tanto.

Han pasado ya 40 minutos y él sigue ahí sentado. El cigarro está en su mente. Al igual que ella. Y es que ella y el cigarro son muy parecidos. Ambos malos en su vida. Ambos presentes día a día. Ambos un mal necesario.

 Ambos le hacen tanto daño.

Daño que por él, es muy bien aceptado.

Fue un gusto.

Me cuesta aceptar que cumpliste tu tiempo en mi vida. Aceptar que no me sirves más de inspiración y que lo único que me dejas son los más de cincuenta escritos dedicados a ti.

Aun me cuesta aceptar que me enamoré de mi imaginación. Que creé una fantasía. Que éramos felices. Que me querías de vuelta. Que en alguna que otra historia inventada, nos trasladamos a una película gringa, nos encontramos en el lugar menos esperado y fuimos felices.

También te mandé mucho a la mierda en muchas otras historias y hasta acabé con tu vida, luego reviviéndote en el siguiente escrito. Siempre reviviéndote.

Ahora con la historia casi por terminar sigo pensando en ti, pero ya no quiero inventarme más historias, ya no quiero fantasear más, creérmela y dormir con una sonrisa soñadora.

Me quedaré con el qué hubiese pasado, aunque la verdad: lo intenté.
Me quedaré con los tres años de ilusión y una marca imborrable sobre la piel.
Me quedarán los recuerdos, los reales y también los falsos. Me quedará tu sonrisa, tu pelo y olor. Me quedará tu paciencia y tu humor.

Con pena te arranco de la pared, te guardo en el cajón, junto a las miles de cartas que nunca te envié.

Nos vemos en el final de alguno de mis cuentos.
Nos vemos todas las mañanas,
a la hora de la ducha,
al lado del lunar rojo.

Debajo de la huella de bebé.

 

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¿Te vas?

Cansado de escribirte, me negué a recordarte. Ese día desperté, pensé en ti y me molesté conmigo mismo. Y un poco contigo, lo admito. Arranqué bruscamente tu foto de la pared y me fui a bañar.

Creía que lo tendría controlado y odiarte empezaría a serme fácil. Boté todo lo que me hacía recordarte… terminando sentado en el piso de un cuarto completamente vacío.

Miré arriba hacia el techo y suspiré tan fuerte que casi me quedo sin aire. Bajé la mirada y si: Quería llorar.
Me había quitado hasta la ropa para lograr mi objetivo, pero era en vano. Te tenía sobre mi piel y dando vueltas por todo mi ser.

Cogí la ropa, la foto, los muebles y el cuarto entero. Lo puse todo nuevamente en su lugar. Me cambié, salí al trabajo y en el bus pensé que tal vez mañana pudiese lograrlo. Me entró una sonrisa inesperada y motivó a que mi día fuese mejor, a que mañana tal vez lo lograría.

A que tal vez por fin podría sacarte de aquí
y de allá
y de todas partes.

Que al fin podría seguir adelante.