Saber o no saber.

Una vida e imprecisión absoluta. Tenemos fecha de fabricación, motivo ajeno a nosotros y un porvenir desconocido. El respirar nos da vida y nadie nos obliga a la vida. Nacemos sin opinión alguna y tenemos facultades que nos hacen quienes somos, también sin opinión alguna. El cerebro: máquina que funciona veinticuatro horas al día durante siete días a la semana, cincuenta y dos semanas al año y… no, no sabemos cuántos años a la vida.

Mi cerebro: que no para de pensar a mil revoluciones por minuto y que impulsa a mis dedos a teclear alguna fracción de idea que pasó en ese momento. En este momento. Y así muchos sistemas casi perfectos que nos brindan la dicha de vivir.

Luego vamos creciendo y nos encontramos con amigos, conocidos, familiares, en sí, personas. Y no es que de bebés no sepamos qué son personas. Solo que, a cierta edad, ya un poco más grandes y pensantes, nos cuestionamos sobre ellas y logramos “comprenderlas” mejor. Y entonces, estas personas que nos rodean y hacen de nuestros días más amenos o dolorosos, logran cubrir de algún modo un vacío incapaz de ser tapado por el ser humano solo: la valoración. La valoración que cada uno de nosotros necesitamos sentir para seguir adelante. Ese “bien hecho”, “te quiero”, “cómo te extrañe”, “eres lo máximo” y “vete a la mierda” (que también te da algún tipo de valoración, aunque en este caso negativo) que nos empuja día a día a encontrar algún estúpido sentido a esto que al parecer no tiene ni pies ni cabeza. Pero si un cerebro y diferentes órganos que por más que les digas basta, no pararan.

Entonces, entre todas estas personas y lugares en el mundo, te toca conocer a una. A esa una que logra cautivarte desde la primera vez que la ves. De ni si quiera haber escuchado su voz, saber a qué huele, si es muda, sorda, ciega, rusa, noruega o peruana. De saber si es depresiva, asesina, vegana, mala onda, antipática o comunista. Porque no sabes nada de ella. La has visto por unos dos minutos y medio. Ella no se ha percatado de tu existencia, y tú, ya le pusiste nombre a las tres hijas que tendrán y criarán en el campo al este de la ciudad.

Y luego cuando esto sucede te cuestionas si todo este camino valió la pena. Si todo lo que sucedió desde que dabas los primeros pasos, todo aquello que fue formando el camino que has recorrido hasta llegar por algún tipo de casualidad a esa calle, a esa precisa esquina y ver a esa mujer en ese preciso segundo, en ese preciso instante que ella estaba ahí parada, si todo esto fue para conocerla. O para tal vez verla si quiera por esos dos minutos y medio y saber que existe alguien. Alguien que logra llenar los siguientes días de tu vida sin si quiera haberle dicho hola. Y es que tal vez sea mejor no haberle dicho hola. Porque así ya es perfecta. Y para que arruinar esa perfección, que puede estar llena de maldades y errores como tu. Mejor dejarlo así, ¿no?

Pero así no fue la historia. Dijiste hola, conversaron, se conocieron, se hicieron grandes amigos y fue peor aún que haberse quedado con la duda si es que era buena o mala. Si es que era o no para ti. Porque ahora sabes que es buena. Sabes que es la mejor. Sabes que no es para ti. Y sabes que por más que quieras nunca podrás sacarla de tu mente. De tu vida y tui futuro. Siempre será tu presente. Siempre.

Y ahora quieres saber. ¿Era necesario que llegaras a esa esquina, esa tarde por la noche, haberla visto y animarte a hablarle? Mejor te hubieses quedado con la duda, con el qué hubiese pasado, con el qué será de esa chica linda que una vez viste en la esquina la ciudad y que sigue sentada, por más que no quieras en la esquina de tu corazón.

 

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