Escuché que qué sabría yo. Que por favor, me vea a un espejo. «A ver si te cambias de ropa primero compadrito antes que decir algo, que vestido así quién te va a tomar en serio». Palabras repetidas. Palabras siempre escuchadas. Yo me pregunto en qué momento nos convertimos los humanos en las ropas que vestimos, los carros que manejamos o la comida que comemos. En qué momento en verdad el cerebro humano se olvidó de cómo le encantaba apoyarse en un árbol y contar hasta treinta antes de salir corriendo a buscar a sus amigos escondidos. O de cómo le encantaba quedarse horas en la piscina jugando con cualquier objeto flotante que cumpliría la función de ser un buque militar. Salíamos con los dedos arrugados, relajados, bien humanos creo yo. Porque yo no creo que seamos esa raza que veo por la televisión. Esa manada de charlatanes disfrazados y gritones de histeria. Gritones de egocentrismo, de gritar mírame, vamos, mírame, y ahora mírame de nuevo que esta es mi vida y mira que feliz soy. Y pasamos a la aliada red social que de la mano nos va enviando al mismo valle sin salida. Al mismo túnel cuyo último foco fue visto con luz hace seis años. Y a los seis recuerdo patear mi primera pelota en el jardín de mi abuelo. Pasé corriendo a lado de Nala, esquivé a Negra y gol. La bola tocó la red, y la red tocó todos mis sentidos. Qué felicidad. Y me pregunto si el dinero y el poder nos podrán hacer sentir alguna vez así de vivos. Como cuando niños. Como cuando la suciedad en tus manos no significaba ser un obrero, o mecánico tal vez. Como cuando pintar no era solo un pasatiempo, una clase de una hora a la semana, sino tú pasión, lo tuyo, lo innato. Como cuando te acercabas al de al lado a jugar sin saber quién era, de dónde venía y qué hacía allí. Como cuando tu caminar era casi igual que bailar, sin importar quien estuviera en el cuarto. Quien estuviera viendo. Quien pudiera hacernos algún comentario negativo. Juzgarnos. Empaquetarnos. Apiñarnos junto a los parecidos. Crear grupos, clases. Y más clases. Y todo este tipo de sin sentidos. Que solo nos desunen. Que nada bueno aportan. Y ruego que podamos recordar. Aunque sea mediante estas líneas, por un segundo, lo importante de cuando fuimos niños. Lo importante de cuando de verdad sí que queríamos vivir de verdad y exprimir cada segundo, cada minuto, cada momento presente en este pedazo de tierra. En nuestra tierra. Mirándonos como iguales. ¡Que somos todos iguales!

Cuanta verdad , lucidez, para definir como ser feliz. Te felicito