Amante del blanco. Preso de colores.

A pesar del mal rato me decidí por salir. A pesar que me dijiste que no valía nada, me compré una camisa nueva y salí a una fiesta. Me senté a un lado. Tomé agua. Aunque cada sorbo sabía más amargo que Pisco puro. Me derramé el agua en la camisa. Lástima que no manchara. Necesitaría algo más oscuro para mostrar las marcas que dejaste. Ya que estas son invisibles. Yo sé que andas por todo mi ser. Esa es la parte patética. Estás por todos lados y nadie lo ve. Recurrí a cambiar el agua por vino tinto. Y me manché todo. La camisa era nueva, las manchas también. El hábito era viejo y la heridas: de siempre. Ahora si que sentía que los ojos de todos se postraban en mí. Que murmuraban sobre el tarado que andaba sentado solo y todo manchado. Me levanté. Tomé un último sorbo de vino, o lo quedaba de él. Di pasos lentos entre la gente y me dirigí a la salida del lugar. Me acordé de Bon Iver y de una de sus canciones que tanto me gusta. Traté de nublar la situación y escuchar ese coro que tanto me transporta a otros lugares. A un final de película cursi. A una playa vacía. A las seis de la tarde y el sol yéndose lentamente. Él caminando paralelo a las olas, mirando la arena y las figuras que dibuja con sus pies. Y una voz a lo lejos. La voz de ella gritando su nombre. Él, incrédulo, desesperanzado, levanta la cabeza y la ve. Ella viene corriendo por la arena más suave, con los zapatos en las manos. Con la prisa que amerita la escena. Y salta a sus brazos, caen torpemente a los pies del mar. Le limpia la arena del rostro, ríen, se besan. Y él abre los ojos. Y está en la puerta de la fiesta. La música en su cabeza acabó. La historia acabó. Y de la manera que él no quería. Y camina desesperado. Se quita la camisa. Busca quitársela de encima. Busca olvidarla. Y es que esas manchas la recuerdan. Porque las manchas son indeseables. Porque las manchas rompen con lo establecido. Y porque tú me manchaste. Y como buen amante de la limpieza. Odio las manchas.

Odio las manchas.

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