De antemano le dijo gracias y se fue. Giró en la esquina de la avenida y no se le vio más. Ella quedó desecha. Sentada en la banca de madera verde del parque. Abrió su cartera, sacó una alcancía de cerámica en forma de chancho. Sacó su billetera. La abrió y sacó un billete de veinte soles. Cerró la billetera y guardó el billete en la alcancía. La guardó dentro de su cartera y se abrazó las manos. Jugaba con sus dedos gordos. Nerviosamente se paró de la banca. Dio un par de pasos en la dirección opuesta a la que él se había ido. Paró en seco. Miró fijamente al vacío. Dio la vuelta en ciento ochenta grados y se dirigió a la banca nuevamente. Se sentó. Una lágrima cayó por su mejilla. Llegó hasta su labio superior. La limpió con la lengua y sintió el sabor amargo de su partida.
Pensó y pensó. Se enfrentaban sus seres interiores. Dos para ser exactos. El que le decía. De pie. Anda tras él. Y el que le decía. Déjalo ir. Es hora de cambiar. Su mente era un remolino y no encontraba respuesta alguna. Andaba triste y con mucha rabia. Se había prometido guardar en esa alcancía su propio dinero por cada vez que podría tomar una decisión equivocada. Y a este paso, sería millonaria.
Ella había decidido dejarlo esta vez. Ella decía que podría causarle problemas en el futuro. Él era muy perfecto y eso la asustaba. La respetaba. Leía. Le gustaba el cine como a ella. Los autos. Y no consumía drogas. Ella no lo creía cierto. Creía que le mentía. Decidió alejarlo. Terminar la relación cuanto antes. Esa misma mañana en el parque. Sin que pudiese hacer algo. No lo dejó ni hablar. Le dijo falso. Mentiroso. Lo insultó y alejó de ella.
Resarcir esa situación estaba solo en sus manos. Quería pararse. Correr hacia él. Miraba su alcancía. Miraba los ojos gastados del chanchito. Le pedía consejos en silencio. Pedía tregua entre sus pensamientos. Solo pedía que su mente llegase a un acuerdo. Jugaba con su pelo y su pie izquierdo se movía al ritmo del de un baterista tocando el bombo.
Por fin se puso de pie y empezó a caminar en dirección en la que él había huido. Caminaba apurada. Cada cuantos pasos bajaba las revoluciones y miraba a las personas en la calle con vergüenza. Como si todos supieran de su angustia. Como si sus pensamientos les gritasen a los demás como la hacían en su cabeza. Apuraba el paso y lo bajaba. Luego de pocas cuadras, apuró el paso y no lo detuvo más. Empezó a correr. Corría muy rápido. Dejó sus zapatos de lado y siguió corriendo. El chanchito que la acompañaba, jadeaba desde su cartera. Ya no daba más. Empezó a trepar por la cartera al ritmo que esta se iba moviendo mientras ella seguía corriendo. Llegó al borde de la cartera y vio la acera. Caliente. Esperándolo. No lo pensó dos veces y saltó. Dio un salto tremendo y se hizo añicos. Ella escuchó el grito del chancho al caer. Volteó y lo vio tirado en el piso. Su cara permanecía intacta. Con una bella sonrisa. Los billetes, que eran muchos, empezaban a despegar. Volaban como gaviotas que conocían por primera vez la playa. Agitaban sus alas y se dirigían al sol. Ella sonrió al verlos volar. Miró hacia adelante y siguió corriendo. Por fin, giró en una esquina y lo vio. Caminaba lento. Mirando al piso. Y ella que grita su nombre. Y él que voltea. Lentamente. Y la mira. Ella se detiene. Está agitada. No puede decir palabra alguna. Él se acerca a ella. Y ella que lucha contra el cansancio para decírselo. Para decirle que no quiere que la deje. Que quiere estar a su lado para siempre. Decirle que lo ama. Y él que se acerca. La mira fijamente a los ojos. Se queda callado. No le dice nada. Ella se angustia. Busca aire. Necesita hablarlo. Necesita que la escuche. Él que no abre la boca. Solo la mira. No la toca. Ella que se apoya en sus rodillas. Que jadea. Y se logra recuperar. Se pone derecha. Y él que abre la boca. Va a decir algo. Se detiene. Cierra la boca. La mira nuevamente. Luego mira sobre su hombro. Sonríe. Y la mira. Y esa mirada le quiere decir algo. Y él que por fin abre la boca. Y la cierra de nuevo. Ya no sonríe. Y mira nuevamente sobre su hombro. Y mueve los labios. Lentamente. Mira al piso. La mira. Mueve lentamente la cabeza de lado a lado.
Y por fin lo dice: “Quizás mañana, quizás… mañana”.

Continuala!