Era la primera vez que lavaba mi ropa. Ya era tarde y empezaba a sonarnos la barriga de hambre. Eran bicicletas nuevas en las que andábamos, aunque eran más malas que el arroz del menú de la Av. Unión en Barranco. Pedaleábamos como niños; sin apuro, conversando y haciendo maniobras, las cuales no practicábamos hace años. Primero la calle N sur por cinco cuadras, luego a la derecha hasta la Av. Federal, a la izquierda varias cuadras hasta la tienda de los hindús.
Parecía que los hindús ya tenían tiempo viviendo allí. Dominaban muy bien el idioma y al parecer a los policías también. Vendían crack al igual que golosinas.
Ya andábamos de regreso, satisfecho y listos para ir a casa cuando nos topamos con una recién conocida del trabajo. Era chilena, 27 años y se llamaba Paulina. Justo parábamos a saludar cuando empezó a llover. Polo afuera y abajo del trasero atiné a hacer. Era primera vez que lavaba mi ropa y no quería tener que hacerlo de nuevo tan pronto. Con la lluvia y saludos de por medio no noté a su amiga. Era baja, pelo oscuro ondulado y todo mojado por la lluvia. Tenía un pantalón negro, rasgado por las rodillas. Zapatillas slip on, polo oscuro, mochila, una maleta grande y al parecer un humor de mierda. Daba de golpes a un teléfono público y en su español argentino puteaba a toda la humanidad y demás. Con una sombría sonrisa Paulina la presentó. Lorena se llamaba. Era de Argentina y era su segunda vez por esta ciudad.
Casi instantáneamente quedé enamorado. Solo quería ver a esa mujer por toda mi vida, a toda hora. Solo verla y verla, analizarla, olerla, ser su sombra, ser parte de ella. Estaba hecho un imbécil.
Paulina mencionó algo de unas cervezas más tarde. Yo no había escuchado nada todo ese tiempo porque mi mente solo miraba a Lorena en silencio. Dije sí, cervezas más tarde. Intercambiamos números telefónicos y nos fuimos. La lluvia ya había mojado todo y empezaba a hacer frio. Nos despedimos y pedalee. Pedalee como nunca antes, bajo la lluvia, feliz, con frio pero feliz. Solo quería que sea más tarde. Quería ver a esa chica después. Hablar con ella. Escuchar su voz. Contarle un chiste. Escucharla reír. Tal vez sea la indicada. Sí, es la indicada me dije. Seguí pedaleando.

