Qué sabré yo.

-¿Que qué sé yo? ¿Que qué sé yo?

El rata me persiguió desde El Lindero más o menos hasta Elías Aparicio, casi llegando al colegio este de gringos. Me metió un tabazo por atrás, y plim me saqué la mierda. Ahí nomás me puso el fierro en el cogote y ya sabes tú qué pasó, ¿o no? Porque según tú yo canté como canario ¿no? Yo te vendí ¿no? La concha de tu madre. Seré de todo primo, vago, pegalón, lo que quieras pero nunca soplón. Entonces, ya sabes qué pasó cuando me pusieron el fierro en el cogote ¿o no? Porque si todavía no entiendes causa ya es por las huevas. Ya estamos perdiendo el tiempo tu y yo, aunque a ti no sé si te llegue a importar eso de perder el tiempo. ¿Sabrás lo que es el tiempo?

-Eso sí pe.

-¿Qué es el tiempo a ver sonsonazo?

-El tiempo es minutos pe, horas, segundos, tú sabes.

-El tiempo es el que ya me aburrí de regalarte así que nos vidrios primo.

-No, no, no causa… tu no te puedes ir.

-Puta que eres terco cholo…

-El rata me ha dicho clarito… tú sin él no regresas y yo entonces sin ti no puedo regresar pe, ¿Entiendes?

-Ese rata te tiene bien domado ¿no? Es cierto eso que dicen entonces, la gente no habla por las huevas.

– Acá nadie me tiene domado causa, yo bailo solo.

-Entonces me voy yendo nomás, total si El Rata es el que me quiere, él tendrá que venir por mi pe.

-Tú no te vas a ninguna parte, ya te he dicho… Yo regreso contigo si o si.

-Que y ¿El Rata te recibe con un besito, te da tu premio y a la camita? ¿Como si fueses su perrita?

-Tal cual. Igualito. Tarado ya vamos que El Rata me dijo que no me demore mucho.

-Tú no estás entendiendo primo, la firme… Más bien dile al rata que por acá ando yo, que ya sabe donde puede venir a buscarme.

-El Rata de su casa no sale hace tiempo ya.

-¿Por qué ah?

-Porque para eso estoy yo pes chicho, el bravo de bravos… pero tu que vas a saber pe.

-¿Que qué sé yo? ¿Que qué sé yo?

De día a día.

En pocos días pasó de estar todo iluminado a la oscuridad. La plena oscuridad. El frió invadió todos los espacios que conocía. Y los nuevos espacios que descubrí eran un tempano. Fue todo tan repentino que me paralizó. Me encorbó. Me cambió la expresión. El humor. El ánimo. El positivismo se esfumó. Y la negatividad entró apresurada como fanático al estadio en el último partido de la temporada, donde se define el título nacional. A empujones. Gritando. Enfurecido y extasiado. Y yo, tan solo un boletero. Un colabordor más. Inofensivo e inservible. Me rendí. Dejé de contar quienes debían entrar. Quienes entraban a la fuerza. Quienes tomaban ventaja. Y quienes merecían estar ahí. Me dejé vencer. Cáí. Me desplomé. Sí, me rendí. Ya no sabía cómo actuar, ni qué decir. Pues en esas circunstancias lo que puedas llegar a decir es en vano. Es un balazo hacia una duna. Un ladrido a las cuatro de la madrugada. Una lluvia en el medio del mar. Es básicamente nada. Y la nada tiene cuerpo. Forma y presencia. Es un cobrador de impuestos. Un policia inquebrantable. Un justo juez. Una señora devota de algún santo, que a pesar de no presenciar cambio alguno en sus días, reza y reza esperando el gran cambio. Que suceda lo inesperado. Y me vi tentado de unirme a sus súplicas. De sentarme a su lado y repetir sus palabras. Copiar sus formas. Sus manías y vestimenta. Que tal vez así éste frío empedernido se escabulla. Se cuele entre mis extremidades. Se aflore la mínima luz que aun yace en mí. Y derrita éste hielo. Que se haga agua. Que se haga útil. Se convierta en fortaleza. Y ayude a ese amarillo pasto recuperar su verdor original. Y ésto se convierte en mucho pedir. En el deseo ineficaz de una madre por ver a su hijo recuperado de los vicios. O de un padre exclamando clemencia ante el cáncer que corroe a su primogénito. Que lo postra en esa cama de hospital. Sucio. Solo. Y frío. De nuevo, frío. Pero no es menester mio exigir que se detengan. Que rueguen por imposibles. Si acá ando yo entre imposibles. Postrado también. Sin enfermedad terminal. Pero enfermo al fin y al cabo. En ésta oscuridad. En éste cautiverio por obligación. En ésta penitencia. Diaria. De día. A día.

Opuestos necesarios.

Estamos un tanto asustados de la noticia que podemos llegar a recibir ésta tarde. El profesor ha dicho que estarán evaluando a Ramiro con los demás coordinadores. Que es una tediosa labor. Ramiro es inquieto por naturaleza. Nació inquieto. Nació queriendo dar la contra a las leyes que todos ya conocíamos. De muy niño recuerdo como se esforzaba por derribar cualquier objeto sólido con la frente. Esquinas de mesas, puertas, paredes de concreto, pisos de madera y mamparas de vidrio. Corría, tomaba un impulso titánico y dirigía su frente hacia la solidez que se le presente en frente. En algún momento pensé que tal vez las ideas le hablaban, allí adentro en su cabeza, a tan alta voz que al estrellarse de esa manera lograba apaciguar las voces que no lo dejaban pensar. Y en el colegio ésto se está volviendo inviable. Anda respondiendo a los profesores de manera desafiante y cuestionándolos por cada elección que toman. Los profesores son católicos y Ramiro en eso no cree mucho. Hace tantas preguntas con las que ningún párroco quisiera tener que lidiar. Pone en prueba la fe de los alumnos y eso los inquieta aun más. Andan buscando la manera de deshacerse de éste niño que con tantas preguntas sin respuestas anda exponiendo las inconclusas enseñanzas de una doctrina un poco ya vencida. De la sala salen los profesores y por las caras veo que no hay mucha esperanza. Ramiro se siente mal. Pues él ha decepcionado a sus padres. Sus padres se sienten mal. Pues los profesores los han decepcionado. Y ellos se marchan. Y nosotros también. Y no entendemos porque ahora no les dan una mano. Una oportunidad y aplican toda esa fe que profetan. Aplican un poco de caridad, humanidad y perseverancia ante un niño que tiene como mayor pecado y debilidad el pensar en exceso. El cuestionar los cielos grises, las risas gruesas, la saliva blanca, y el rojizo color de las nubes al atardecer. Que exige una respuesta un tanto más cercana a los real y posible dentro del mundo palpable al cual pertenecemos. Pero Ramiro no tiene esa oportunidad y tendrá que partir. Partir ahora es la única alternativa. Y ésta tal vez, aunque dura, será la mejor manera de seguir regando ésta mente que insiste en recorrer los caminos de la respuesta. Ahora los padres van con él y le ofrecen un helado. Que paremos en el Burger. Que si quiere de vainilla o chocolate. Y él que elige uno mixto. Porque quiere probar ambos. Quiere un poco de la palidez envolvente a la cual ha pertenecido. Porque quiere un poco del oscuro recorrido al cual se enfrentará. Y el cono va en la mano. Y de blanco a negro va jugando con la lengua. Y de negro a blanco va jugando con la lengua. Y los padres ya tranquilos van riendo entre mentiras. Y Ramiro que contrasta su helado con la vida se pregunta si es que la vainilla y el chocolate son amigos o enemigos. Si es que está mal querer de ambos. Tener un poco de ambos. Poco de bueno, poco de malo. Poco de ebrio, poco de sobrio. Poco de ácido, poco de dulce. Porque a él le gusta jugar con ambos. Él es feliz siendo un poco de ésto y otro tanto de aquello.

 

Lo lindo de recordar.

Suena el teléfono y la formalidad se apodera de él. Buenas tardes. Se encuentra. Gracias. Palabras claves para iniciar una conversación en la cual el único interés era saber si es que su amigo se encontraba en casa y tenía permiso para salir a montar bicicleta. Ante la respuesta positiva de que efectivamente el amigo sí estaba en casa, la formalidad se perdía y la pregunta era rápida y sencilla. «Vamos a montar?». Luego un «Ya, déjame avisarle a mi vieja, te veo en el grifo, chau». Colgar el teléfono y gritar a tu madre que vas a salir mientras que te pones las zapatillas lo más rápido posible. Mientras que eliges el polo más viejo y te amarras el pasador empieza la rueda de preguntas clásicas. Con quién vas, a dónde vas, a qué hora regresas, tienes tareas, no llegues tarde que mañana hay colegio, anda con cuidado. Y las respuestas son rápidas, mas no sinceras. Con los de siempre, por acá nomás, temprano, no hay tareas, sí tranquila. Mentiras, mentiras y mentiras. Porque ni bien doblabas en la esquina de tu casa y ya estabas haciendo un caballito, zigzagueando de izquierda a derecha sin ver si venía carro atrás. Porque a esa edad se va a toda velocidad. El tiempo es oro. La tarde es valiosa y sólo se vive el momento. Llegas al grifo y ya están sentados ahí algunos, esperando que lleguen todos para salir a hacer las impertinencias de siempre. No hay celulares y somos felices. No hay Facebook y somos felices. No tomamos alcohol ni fumamos y somos felices. Somos inocentes, y somos felices. Y llega el último, porque siempre hay un tardón, y es normal. Pues su vieja es la que más jode. Y las preguntas de rutina en su casa son más largas. Y las respuestas no pueden ser de memoria. Porque ahí si que se molesta la tía. Y a su cuarto y no sale esa tarde. Muchas veces nos pasó que no llegaba alguno, y entre varios teníamos que juntar monedas destinadas para algún refresco o papitas fritas y llamar desde un ring a ver si es que llegaba o no. Si contestaba él, todo bien. Una negativa y ya está. Si contestaba su vieja. A colgar nomás. Ya estaba claro que no llegaría. El grupo entero éramos cuatro. Alonso que venía de La Estancia, el Chino desde La Planicie, Luis de Rinconada y yo desde El Sol de La Molina. Andábamos en unas BMX. No tenían cambios pero tenían pegs que eran para relear, aunque para nosotros eran sólo para llevar a alguien parado atrás. Las bicicleteadas comenzaron por La Laguna. Saltábamos en los rompemuelles, subíamos los muros de las casas, íbamos por el pasto, bajábamos las escaleras a toda velocidad. Nos metíamos a los terrenos abándonados y hacíamos un circuito con lo que encontrábamos ahí. Recuerdo uno de los primeros saltos que hicimos. Fue en un parque abandonado en La Laguna. Era un parque de tierra, en el medio de una manzana. No tenía mucho sentido, ni era muy conocido. Ahí pusimos un tronco roto echado, un poco de tierra en uno de los lados y listo. Teníamos una rampa de lujo. Nos pasábamos horas saltando ahí. No teníamos reloj que nos indique hace cuánto estábamos ahí ni cuánto más nos quedaba por disfrutar. El sol se encargaba de hacernos saber que la tarde ya moría y el día se acababa. Que había que pedalear de vuelta a casa y que al día siguiente nos veríamos de nuevo en el colegio. Con el mismo grupo luego empezamos a montar skate. Y que buena decisión fue. Por esa época no existían en Lima las tablas largas de downhill ni sabíamos mucho del tema. Como el internet era nuevo y no sabíamos usarlo bien no estábamos muy enterados de ese deporte. Hicimos un circuito en La Planicie que terminaba en la puerta de la casa del Chino. Si montábamos un fin de semana, podíamos pasarnos desde las 11 de la mañana hasta las 6 de la tarde subiendo y bajando la misma ruta. Bajábamos a toda velocidad y subíamos o caminando y conversando o tirando dedo. A veces nos tocaba algún buena gente que venía en una pick-up y nos jalaba en la tolva hasta la última tranquera de la urbanización. Con cuidado muchachos. Gracias. Y a bajar de nuevo. De freno un par de botellas de gaseosa vacías, las cuales luego de un par de bajadas teníamos que cambiar por nuevas.

Han pasado tal vez ya 15 años. Yo escribo esto desde Australia. El Chino anda en Argentina. Luis volando por el mundo. Y Alonso foteando en Lima. No sé si tuvimos suerte. No sé si es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. No sé si volveremos a sentir lo que sentimos por esos días. No sé si éramos conscientes de que tal vez, esos días, hayan podido ser los mejores días de nuestras vidas.

Avanzar hacia atrás.

Soñé con la palabra tranvía. Me desperté pensando en un tranvía. Que era rojo, no muy largo ni muy nuevo. La ciudad donde andaba era antigua. El cielo despejado. Olía claramente la brisa del ambiente que me decía que andábamos cerca a la costa. Poco a poco se iba armando el panorama, a cada latido se armaba la historia. Iba apareciendo en mi cabeza, ya no sé si inventada a raíz del tranvía, o a manera de recuperar lo que en verdad había soñado. Pero sé que tengo una taza de café en la mano izquierda y la mano derecha en el bolsillo. Es una taza blanca. Y no sé porque ando con una taza caminando por la calle. En el bolsillo juego con colillas de cigarro. Me huelo la mano y apesta. Y me entero que fumo. O que la casa es prestada, de algún fumador. Ando en un estado sonambulesco. Casi a manera de piloto automático. Con la mente desorientada. El cuerpo funciona de memoria. Los pasos son certeros y sin duda alguna. Sabe bien a donde va y el terreno que recorre. Mi cabeza en cambio no tiene la menor idea. Todo es nuevo y lo disfruta de una manera diferente. Como cuando eres niño, y viajas con tu familia. Vas descubriendo el lugar, la gente, sus sonidos. Y estás aterrorizado pero de una u otra manera confías en que si tus padres están ahí contigo y te han llevado hasta allí, nada malo podrá pasarte. Y ahora la taza de café ya no está en la mano, y me encuentro con las manos juntas, abrazadas. Y las acerco a mi boca y las abrazo con mis labios. Y permito que el aire caliente de mi boca se pasee entre mis dedos, entre la palma de mi mano, entre mis muñecas, y que se calienten de la fría noche en la que ahora me encuentro. Me duelen los muslos y al mirarlos me entero que ando sentado al borde de un abismo, con los pies colgando. Estoy en un malecón y abajo, a unos 10 metros, una fría y húmeda arena me espera por si decido saltar o caer. Mi cuerpo pareciera dispuesto a dejarse tentar por ella. Mi mente le dice que no. Y por primera vez en el sueño domino mi cuerpo. Y no salto. Ahora camino por el malecón, y no es lo mismo. No es lo mismo dominar el cuerpo. Mi cabeza da tantas vueltas y preguntas que el sentimiento es aburrido. Es irresponsable y monótono. Es tan certero que pareciera un juego de tablero, donde los movimientos de las piezas son lentos, duros, pausados. ¿En qué momento se volvió esto tan rígido? ¿En qué momento me volví tan aburrido? ¿Por qué ando tratando de dar el paso perfecto? ¿Por qué no quiero fallar? ¿Por qué no me dejo llevar por las sin razón? Quiero desligarme de ésta consciencia certera de mis pasos. Quiero ser otra vez ese turista. Ese niño sore los hombros de su padre, yendo a donde él quiera. Sin temor. Quiero que la mente vaya por una lado. Que el cuerpo por otro. Pero ya no sé como volver hacia atrás. No sé como retroceder. Y en éste juego de palabras mi mente me dice que retroceder es malo, negativo. Pero mi cuerpo me dice que no. Y decide dar pasos hacia atrás. Ir en reversa. Porque no está mal ir hacia atrás. Sin girar la cabeza para ir espiando lo que viene. Sino, ir descubriéndolo mediante cada paso dado. Y en perspectiva diferente. Y me doy cuenta que yendo hacia atrás he recuperado la separación de mi mente y cuerpo. Y sonrío. Pues no está mal retroceder. Al final. ¿Qué es normal me pregunto? ¿Qué está bien? ¿Qué está mal? Ya no sé. Pero disfruto del camino. Y la taza de café aparece en mi mano izquierda. Y el cigarrillo en la otra. Y soy yo el que fuma. Y me rio. Y le doy una pitada larga, la disfruto. Sonrío de nuevo. Y vuelvo a vivir. Vuelvo a ser feliz.

Mucha luz por esta ventana.

Entrando a la sala luego de éste estado de coma en el que me dejaste, prendí la luz. Caminé por el cuarto. Y parecía un coliseo. Un grande campo de basket. Vacío. Frío. Solitario como lo soy. Me senté al pie de la cama y luché por detener la lluvia. Con mi pensamiento. Como si tuviera algún tipo de super poder. Cuando no tengo ningún tipo de poder. En lo absoluto. Y no puedo ni darme la oportunidad de recordar. Ni de olvidar. Ni respirar sin hacer éste sonido que estruja mi corazón. Y que me patea la razón. Me esquiva la mirada y grita en silencio. Que impide el desalojo de los indeseados y me permite estar aquí. Hoy. Sentado entre tus ruidos. Presenciando lo que se veía venir. Lo obvio. La unión bilateral que no existe. La rima entre vocales. Las palabras ilegibles. No lo sé. Ya ando perdido entre lo que sé y lo que imagino. No ando seguro de tu presencia y de mi olvido. Atino a pararme de esta cama y caminar por el cuarto. La garganta seca me lleva al baño. Abro el caño. Siento el agua fría entre mis dedos y juego con ella. Y pienso en el agua y su forma. Casi irreal. Casi imaginaria. Que se amolda a mi cuerpo. Y a como yo la necesito. Está ahí. Entre mis dedos. Y me agita lentamente. Me lleva a un abismo. Y escucho una voz suave que me dice que salte. Que dé ese último paso. Una caída rápida. Dolor insensible. Un repentino paso a la eternidad. Pero cierro el caño. Ya es tarde y hoy prefiero darle paso al cierre voluntario de las persianas. Hasta mañana.

Ocurrió un Agosto.

Mente cerrada. Veo borroso. Busco en el olor del café ser más ligero. Cortar la frustración. Dejar que la imaginación se apodere de mi ser. Quitar el freno a éste pesado vientre. Liberar los engranajes de las ideas. Éstas ideas que atascan el funcionamiento natural de mis órganos. Éstas preguntas que me impiden caminar con ritmo. De derecha a izquierda. Balanceándome de adelante hacia atrás. No ser más ésta estatua de sueños. De panoramas perfectos y de acciones imperfectas. De si hubieras y quisieras. Ser más yo sin ti. Y menos de ti en mí. Y busco correr. Desgarrar éste freno de mano que anda aferrado a mis piernas. Darle marcha a la constancia y eliminar los excesos. Mantener a los cercanos. Cuestionar a los lejanos. No juzgar a los que se fueron. Ni pensar en los que huyeron. Sólo ser quien lee un texto y admira cada movimiento. Sólo oler que trae el viento. Disfrutar que estoy oliendo. Sentir la liberación. El escupir estas letras que se acumulan en mí. Y otra vez, aligerarme. Aligerar la mente. Y esperar a que ésta manía de recolectar letras sin sentido ocurra de nuevo. Ocurra. De. Nuevo.

Julio.

Julio es un mes. Julio es mi nombre. Julio está a la mitad de un año. Julio está en el medio de un dilema. El mes y yo nos entendemos. Sabemos qué es ser parte y no pertenecer. Sabemos qué es ser partícipe de festividades y no querer celebrar. Julio y yo sabemos que en nosotros vive una herida de independencia. De una nación. De una relación frustrada. De padres de la patria. De mis padres que en mi nombre se independizaron. Julio sabe lo que es que le recuerden que en su haber hubieron muertes. Julio sabe qué es llevar el nombre del malvado de la película. Julio sabe que el frío lo acompaña. Y yo sé qué es vivir una vida sin calor. Julio me dice que nos espera por vivir lo mismo que hemos vivido. Julio recuerda que vivir no es un pasatiempo y que las ganas de hacerlo andan ocultas. Julio es aquí sinónimo de felicidad. Julio no anda feliz. Julio al norte es igual a cambio. Es igual a lo opuesto. Es diferente. Y Julio quiere huir. Lejos donde su nombre signifique lo contrario. Julio huye del frío. Se convierte en calor. Pues Julio aquí no está tranquilo. Y en Julio ahora se encuentra novedad. No hay herida de conquista. Nadie lo conoce. Es una nación oculta dentro de otra nación. Es el hielo derretido en el calor de la alegría. Julio allá ahora está sólo. Pero tranquilo. Julio se halla en un mundo nuevo.

Julio, no recuerdes más tu pasado en éste dolido año que no merece tiempo para festividades.

Julio, no recuerdes más tu pasado. Tu familia ahora está acá. Al norte.

 

En la era del cliché.

Siempre anduve reclamando que éste no era el lugar adecuado. Recuerdo desayunos, almuerzos, cervezas, golosinas, esquinas de parques, bancas mojadas, noches frías y tardes de calor que acompañaron la misma plática: larga y aburrida. Los aliados eran siempre los mismos, lo temores también, y las ganas de partir iban creciendo al pasar de los minutos. Recuerdo el día que decidí partir. Dije o es hoy día o nunca lo haré. Suena cliché o a película hollywoodense, pero fue verdad. Tomé la decisión y salí. Me decía por fin. Se acabó el sufrimiento. Ahora sí. Recuerdo el momento exacto en el que salí de la puerta de mi casa, vi las maletas en el auto y la angustia sentada en el lugar del copiloto. Se me encogió el estómago y la boca se me secó. Me pregunté si estaba loco, que por qué partía lejos de casa, qué me habían hecho allí para yo abandonarlos de esa manera tan repentina.

La nueva ciudad era agradable. Muy diferente a mi Lima. El idioma: inglés. Muy diferente al de Estados Unidos. Un choque cultural tremendo. Diferencia horaria abismal. Clima muy cambiante. Era otro mundo. Nada similar a lo que conocía en mis 25 años de vida. Ahora tengo 26. A puertas de los 27. Hoy se repite la historia, pero en dirección opuesta. He aprendido más que lo que pensé que jamás uno podría aprender. La universidad ha sido una experiencia buenísima, pero la vida me ha enseñado más que cualquier profesor. Lo que sobraba hoy lo valoro y aprecio. Lo que no tengo, lo deseo, pero no me aloco, hay cosas peores. Hoy dejo mi nueva casa y vuelvo a la antigua. De la cual en algún momento quise huir. A la cual no veo la hora de pisar. Quiero oler esos cuartos, escuchar las voces, ladridos y gritos. Quiero oler la comida del almuerzo cocinarse a eso de las once de la mañana. Quiero una limonada y una conversación en la mesa. Quiero muchas cosas con las que viví mucho tiempo. Anhelo lo que tuve, deseo lo que dejé.

Tres meses será el tiempo que disfrutaré de lo que rechacé. Tres meses que espero pasen a la velocidad de un caracol. Luego toca volver de nuevo, a mi nueva casa en mi nueva ciudad. Por un periodo más.

Para seguir con los clichés; uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Pienso y luego creo.

Necesidad de poner las cosas en línea. De calmar la ansiedad y ordenar el caos que va invadiendo las ganas al lado de la angustia. La mente se llena. Y el pensamiento se ofusca. La sangre sigue corriendo, el aire sigue corriendo, la vida sigue corriendo. Y tú, te me sigues corriendo.

No somos nosotros cuando hablamos de tú y yo. No hablo de ustedes cuando hablo de tí y de él. Tampoco hay plurales en la singularidad del caso de que tú y yo no correspondemos más a estar juntos. Por más que nunca lo hayamos estado. Por más que ni nosotros ni ustedes lo estemos ni estaremos. Y es aquí cuando empieza todo de nuevo, me pierdo en la crisis y caigo en la duda si es que te hablo y existes o ni hablo y no existes. Y recurro al recuerdo, a la mente sin progreso que me habla de mentiras, y de situaciones memorables. De lugares inconclusos y quehaceres compartidos. De hechos reales. De certeza infinita. De algo que sucede y sucedió. O de algo que no sé si pasó. Y caigo. Caigo en lo mismo. Me juega una mala pasada. Juega con mi mente. Y repito. La acción se repite.

Éste hábito de no tener noción del tiempo ni distinguir lo real de lo irreal me tiene un poco atarantado y descontrola mi pensar.  Pienso en locuras. En correr lejos de acá. Pienso en quedarme. En cuidar mi cálido hogar. Pienso en largarme, y en no volver más. Pienso que te extraño, que no te dejaría jamás. Pienso que te tengo, me miento sin parar. Creo que estoy loco y empiezo a delirar. Pienso que esto es cierto, que te veo al despertar. Creo que no hay nadie, que mi mente te ha inventado. Ya no sé si ando escribiendo o leyendo. Si esto es presente o pasado. Si este texto es mio o robado. Si es locura o un mal rato.

Y aun hay necesidad de poner la cosas en línea. En una línea recta. Que me prohíba mirar a los lados. Que me obligue a mirar al frente. Y verte sentada mirándome. Y yo mirándote. O mirando lo que creo que eres tú. Lo que me gustaría que seas. Sentada. Aquí. A mi lado.