No te miento.

Recostado. Como cuando el sol se oculta. Voy hoy día. Dejé las penas atrás. Las angustias se quedan en casa. Y el viento va en popa. El sonido del mar me tranquiliza y no dejo de pensar en ti. La distancia no nos puso a prueba. La distancia se ha encargado de temerle a las comunicaciones. Evitarlas nos miente. Pensando en olvido y en que no existimos. Yo trato de olvidarte. No te miento. Tampoco puedo. No te miento.

El arte de la respuesta.

De antemano le dijo gracias y se fue. Giró en la esquina de la avenida y no se le vio más. Ella quedó desecha. Sentada en la banca de madera verde del parque. Abrió su cartera, sacó una alcancía de cerámica en forma de chancho. Sacó su billetera. La abrió y sacó un billete de veinte soles. Cerró la billetera y guardó el billete en la alcancía. La guardó dentro de su cartera y se abrazó las manos. Jugaba con sus dedos gordos. Nerviosamente se paró de la banca. Dio un par de pasos en la dirección opuesta a la que él se había ido. Paró en seco. Miró fijamente al vacío. Dio la vuelta en ciento ochenta grados y se dirigió a la banca nuevamente. Se sentó. Una lágrima cayó por su mejilla. Llegó hasta su labio superior. La limpió con la lengua y sintió el sabor amargo de su partida.

Pensó y pensó. Se enfrentaban sus seres interiores. Dos para ser exactos. El que le decía. De pie. Anda tras él. Y el que le decía. Déjalo ir. Es hora de cambiar. Su mente era un remolino y no encontraba respuesta alguna. Andaba triste y con mucha rabia. Se había prometido guardar en esa alcancía su propio dinero por cada vez que podría tomar una decisión equivocada. Y a este paso, sería millonaria.

Ella había decidido dejarlo esta vez. Ella decía que podría causarle problemas en el futuro. Él era muy perfecto y eso la asustaba. La respetaba. Leía. Le gustaba el cine como a ella. Los autos. Y no consumía drogas. Ella no lo creía cierto. Creía que le mentía. Decidió alejarlo. Terminar la relación cuanto antes. Esa misma mañana en el parque. Sin que pudiese hacer algo. No lo dejó ni hablar. Le dijo falso. Mentiroso. Lo insultó y alejó de ella.

Resarcir esa situación estaba solo en sus manos. Quería pararse. Correr hacia él. Miraba su alcancía. Miraba los ojos gastados del chanchito. Le pedía consejos en silencio. Pedía tregua entre sus pensamientos. Solo pedía que su mente llegase a un acuerdo. Jugaba con su pelo y su pie izquierdo se movía al ritmo del de un baterista tocando el bombo.

Por fin se puso de pie y empezó a caminar en dirección en la que él había huido. Caminaba apurada. Cada cuantos pasos bajaba las revoluciones y miraba a las personas en la calle con vergüenza. Como si todos supieran de su angustia. Como si sus pensamientos les gritasen a los demás como la hacían en su cabeza. Apuraba el paso y lo bajaba. Luego de pocas cuadras, apuró el paso y no lo detuvo más. Empezó a correr. Corría muy rápido. Dejó sus zapatos de lado y siguió corriendo. El chanchito que la acompañaba, jadeaba desde su cartera. Ya no daba más. Empezó a trepar por la cartera al ritmo que esta se iba moviendo mientras ella seguía corriendo. Llegó al borde de la cartera y vio la acera. Caliente. Esperándolo. No lo pensó dos veces y saltó. Dio un salto tremendo y se hizo añicos. Ella escuchó el grito del chancho al caer. Volteó y lo vio tirado en el piso. Su cara permanecía intacta. Con una bella sonrisa. Los billetes, que eran muchos, empezaban a despegar. Volaban como gaviotas que conocían por primera vez la playa. Agitaban sus alas y se dirigían al sol. Ella sonrió al verlos volar. Miró hacia adelante y siguió corriendo. Por fin, giró en una esquina y lo vio. Caminaba lento. Mirando al piso. Y ella que grita su nombre. Y él que voltea. Lentamente. Y la mira. Ella se detiene. Está agitada. No puede decir palabra alguna. Él se acerca a ella. Y ella que lucha contra el cansancio para decírselo. Para decirle que no quiere que la deje. Que quiere estar a su lado para siempre. Decirle que lo ama. Y él que se acerca. La mira fijamente a los ojos. Se queda callado. No le dice nada. Ella se angustia. Busca aire. Necesita hablarlo. Necesita que la escuche. Él que no abre la boca. Solo la mira. No la toca. Ella que se apoya en sus rodillas. Que jadea. Y se logra recuperar. Se pone derecha. Y él que abre la boca. Va a decir algo. Se detiene. Cierra la boca. La mira nuevamente. Luego mira sobre su hombro. Sonríe. Y la mira. Y esa mirada le quiere decir algo. Y él que por fin abre la boca. Y la cierra de nuevo. Ya no sonríe. Y mira nuevamente sobre su hombro. Y mueve los labios. Lentamente. Mira al piso. La mira. Mueve lentamente la cabeza de lado a lado.
Y por fin lo dice: “Quizás mañana, quizás… mañana”.

Paciencia: la ciencia de la paz.

Tendido sobre una capa de paz. De oscuridad. Y de vida. Ahí. Se encuentra él. Y va cubierto. Atento. Con el objetivo claro. Pero nunca tan confiado.  

Él se enfrenta a una bestia. Se enfrenta a su proveedor. Se enfrenta al mejor. Y lo hace todos los días. Conoce sus mañas. Lo conoce muy bien. Aunque sea muy cambiante. Cambiante como su mujer. Él las compara. Él sabe que ambas son importantes en su vida. Y sabe que ambas tienen reacciones que muchas veces no comprende.

Y allá en la lejanía se aferra a lo desconocido. Se aferra a amuletos. A hombres. Morenos. De tez blanca. Mujeres de pelo largo y nombres femeninos. Repetitivos, pero que le aseguran el camino seguro.

Y el baile al que atiende es seguido. Muchos bailes son guiados por él. Muchos otros por ella. Muchas piezas elegidas por él. Muchas otras, rechazadas por ella. Pero al final de la fiesta. Siempre el resultado es positivo. Siempre es educado y agradecido con su pareja. Pareja que le da placer. Vida. Alegría. Angustia. Tristeza. Rabia. Y con la que aprende de paciencia.

Esa ciencia tan dichosa.
Esa ciencia de la paz.

Cototo.

Tengo poco espacio, así que iré despacio: lo extraño.
Evito y evité verlo para que así el dolor sea menos fuerte. No funcionó.
Sé que es puro y sincero.
Sé que el vive feliz y a pleno.
Su humildad no puede ser medida.
Y el amor por su madre, tampoco.
Todos quisieramos tener aunque sea un poco de este ser, que te abraza con ternura y baila al ritmo que su mente le ordena.

Él es único. Él no es prejuicioso. Él emana una tranquilidad envidiable. Él ríe. Él contagia su energía positiva. Y él está lejos.

Yo lo extraño. Y temo ser un extraño.
Ya pronto nos veremos.

Contando los días.

Sinónimo de espíritu

Esta silueta que se esmera en hacerme perder la paciencia. Esta imitación a mi ser. Este negativo que empeora mis formas. Que me persigue a todas partes.
De presencia oscura. Que aparece cuando ya no hay luz. Cuando todos ya se fueron. Porque a la larga, todos se irán. Y quedarás tú. Y quedará ella. Fiel compañera. Que no te deja respirar. Que no te deja tropezar. Que cuando paras, te espera. Que cuando corres te persigue y cuando retrocedes, va contigo.
Porque ella es una amiga. Es mi cómplice. Mi mejor aliada. Aunque muchas veces me haga perder la paciencia.

Yo seguiré aquí. Sé que ella también.

Cuando yo era novedad.

Es un cuadrado. Lados iguales. Plano al tocarlo. Suave al sentirlo. Tiene brotes al frente. Se presionan. Suenan. Da de gritos. Se inquieta. Lo tocan. Lo cargan. Y ya se tranquilizó. Y escucha. Escucha y escucha. Y otra vez reposando. Descansa de la plática.

Doña Teresa la pasa charlando. Que manera de hablar. Y él se agota. La ve venir y ya siente mareos. Mareos por su voz y por como le presionan el estómago. Pero él sigue ahí. Aguantando angustias. Prisas. Romances. Riñas. Gritos de alegría. Gritos de tristeza. Llantos. Felices cumpleaños. Idiomas extraños y relaciones a distancia. Él le aguanta todo.

Y ahí está ahora reposando. Haciendo lo que más le gusta. Y él que odia ver a Doña Teresa. Y la ve venir y siente mareos. Pero esta vez ya no lo tocan. Ve pasar a todos delante suyo. Ya no lo miran. No le presionan el estómago. No le gritan. Ni lo besan. Se convierte en un adorno más. Se llena de polvo y nadie se preocupa en limpiarlo.
Y es que los sentidos cambiaron de rol. No más oído. No más voz.

Hoy en día todo es táctil.

Solo tacto.
Solo visión.

Tara de la vida

Allá se va la vida
Acá brota la esperanza

Allá el aire corre y juguetea
Acá el aire es artificial pero sincero

Allá se escuchan cantos y melodías
Acá se escuchan los nervios y la intolerancia

Allá se ve con los ojos bien abiertos
Acá abrirlos es una necesidad que llega a aburrirnos

Allá los olores son olores
Acá los olores causan dolores

Allá la inconciencia es amplia y el temor es cada vez menor
Acá la desconfianza es igual que la inconciencia

Allá dudamos al pensar en el ayer
Acá el ayer forma parte de nosotros y el mañana es la motivación que formará parte del ayer.

Un burócrata de luto.

Sintió que se moría. Respiró fuertemente y siguió escribiendo. El notario esperaba afuera y debía presentar ese documento. Una lágrima cayó en su mejilla y recordó aquel verano. Recordó una tarde ventosa, unos chistes en la playa y un cigarro en la noche. Siguió escribiendo y ya no podía pensar. Lo apuraban desde afuera. Le decían que se le acababa el tiempo. Que ya no esperarían. Él lo había entendido. Sabía que en verdad, ya no había nadie esperándolo. Sabía que era su error. Que debió apurarse, dejar de pensarlo tanto y actuar. Ahora ya el daño estaba hecho. No había vuelta atrás. Ya no había lado positivo. Ahora si tenía que ver como haría para seguir día a día alimentando esa fantasía que lo tenía vivo. ¿Cambiaría de personaje? Siguió escribiendo. Ya le aceptarían el documento. Tarde o temprano sucederá, se dijo. Tarde o temprano.

Cuando quiero no es suficiente.

No quiero hacerlo, pero cuanto lo quiero. Yo quiero dejarte por más que no quiero. Si llego a olvidarte, lo evito y no quiero. Tu quieres hablarme y yo se que no puedes. Y quieres odiarme, yo sé que tu quieres. No puedes hacerlo, pues yo si que quiero. Detesto pensarte, no quiero y no puedo. Por más que lo intente, te odio, te quiero. Saber que no puedes, que quieres y fallas. Saber que yo quiero, que trato y no puedo. Tu sabes que es cierto, que escribo y me escondo. Yo se que me lees, te ves y te escondes. Ya sabes que quiero, que trato y no puedo. A ver si tu quieres dejar de intentarlo, sabiendo que te hablo y diciendo no puedo.