Luz de costa a costa.

La forma que tomó tu mano al decir adiós hizo en mi mente una pintura que nubló tu cara. Lo recuerdo, fuiste desapareciendo. Te hacías cada vez más pequeña. Y el carro no se detenía y no se detendría más. Empezaste a girar, a darme la espalda, a dejarme ir. Yo por otro lado no quería irme. Quería quedarme a tu lado. Quería tantas cosas que no podía. Tantas cosas que aun no puedo.

Me contaron que te fuiste a la playa. Te sentaste en la arena sola. Que miraste al lado y me buscaste, pero esta vez yo ya no estaba ahí.

Viste salir al sol desde lo lejos del océano. Te paraste y le diste la espalda. También al sol.

Y yo por otro lado. También fui a la playa. Fui esa tarde. Me senté. Jugué con la arena entre mis dedos. Y también te busqué a mi lado. Y al igual que tú, no te encontré. Vi el sol ocultarse en el mar. Me paré y le di la espalda.

Ahora darle la espalda a ese sol cuando se oculta por acá o sale por allá hace que nos dirijamos en la misma dirección.

Cada vez que el sol se oculta acá le doy la espalda y te miro.

Ojalá cuando allá salga el sol por las mañanas. Todas las mañanas, también le des la espalda y mires hacia acá. Porque tenlo por seguro, cuando acá se oculte yo te estaré esperando. Cuando acá se vaya la luz. Esa que apareció por tu espalda. Aquí estaré yo.

Como siempre, de espaldas hacia el mar.

Abrir las alas.

Ese día lo dejó todo. Dejó una nota en su mesa de noche con su nombre escrito en ella y se fue.

Partió huyendo de esta ciudad. De su clima, su gente y su idioma. Estaba muy seguro con la decisión que había tomado, lo cual era extraño para él. Nunca había estado seguro de nada en su vida. Ahora lo estaba y se sentía raro.

Ya sentado en el bus hacia el norte del continente recordó que había dejado prendida la luz de la cocina. Se puso nervioso y toda la seguridad que tenía se esfumó como la niebla en meses de verano. Empezó a sudar. Se puso de pie y obligó al chofer a detenerse.

Se encontraba parado en la carretera. Eran las tres de la tarde. Miraba fijamente pasar los carros al lado suyo. Iban a toda velocidad. No se inmutaba. Reaccionó con el claxon de un camión que llevaba ganado y el grito de un camionero diciéndole que se hiciera a un lado. Cruzó la carretera con cautela y empezó a tratar de parar algún bus. Luego de veinticinco minutos consiguió que uno se detenga y se enrumbó nuevamente hacia Lima.

Eran las siete de la noche cuando por fin llegó a su casa. Pensaba en lo peor. En su mente veía a su casa quemada y a todos los vecinos de la cuadra gritando y tratando de apagar el incendio. Por suerte la casa estaba intacta. Entró apurado y descubrió que todos los focos de su casa estaban apagados. Se sentó en el sillón de la sala, con la mochila aun sobre los hombros y cerró los ojos. Agachó la cabeza poco a poco hacia sus rodillas, cuando recordó. Recordó la nota que había dejado con su nombre en la mesa de noche.

Abrió los ojos rápidamente y se dirigió hacia su cuarto. Abrió el cajón de su mesa de noche rápidamente. Sacó la nota. Estaba su nombre. Dos puntos y una hoja completamente vacía. Le dio la vuelta bruscamente a la hoja buscando alguna pisca de tinta en ella. No había absolutamente nada. No lo entendía. Dejó la nota encima de la mesa.

Se retiraba del cuarto cuando de pronto recordó. Recordó porque estaba vacía. Porque la había dejado en blanco. Recordó que cosas quería. A qué cosas le temía. Que cosas lo angustiaban. Y exactamente las precisas cosas que no lo dejaban seguir adelante. Finalmente se echó en su cama. Esta vez al lado derecho de la cama. Donde su esposa solía dormir. Respiró profundamente. Se puso las manos sobre la barriga y se dijo a sí mismo: “Mañana es el día de llenar esa nota vacía”.

Un tiempo.

Les cuento que estaré subiendo textos con menor frecuencia. Ando en el proyecto de mi primera novela, por lo que el tiempo dedicado a escribir lo quiero dedicar a ella.

Igual de vez en cuando estaré subiendo cuentos cortos o poemas, que serán testigos de mis escapadas del proyecto.

¡Saludos!

Alimentando una ilusión.

Tomó nota rápidamente. Guardó la hoja en el cajón y salió corriendo. Eran tan solo las 6:15am y ya andaba apurado. A sus venticinco años la gente no solía tener tanto apuro. Pero él. Si. Corrió por la avenida de su casa y tomó el primer bus que vio. Iba parado y maldiciendo el paso de los segundos en su reloj. Quería que sean más lentos. Quería que el tiempo se detenga aunque sea ese día.

Bajó en la primera estación. Estaba aun lejos de su destino, pero el tráfico lo haría tardar más. Corrió entre la multitud de la avenida Larco. Se tropezaba con niños que iban al colegio. Secretarias bien vestidas. Todo tipo de negociante y uno que otro borracho que salía recién de alguna peña. Escuchaba el paso de los segundos en su cabeza. Y una voz que le decía: «No llegarás a tiempo. Apúrate». Este aliento en negativo lo agitaba a ser más rápido y no pensar tanto en el acto.

Pasó semáforos en verde. Donde casi fue embestido. Fue maldecido por más de uno. Hasta que finalmente llegó. Llegó a ese edificio. Color gris oscuro. Manchado por la lluvia miraflorina. Esa lluvia limeña. Que a diferencia de otras ciudades. En vez de limpiar. Ensucia la ciudad. Y ahora mira su reloj. Que marcan las 7:01am. Ha llegado a tiempo. Está ahí solo para tocar el timbre. Pasarle la voz. Ir. Sin embargo ahora lo piensa. El tiempo ahora si pasa lento. Se sienta al lado de un ambulante. Que a tempranas horas ya busca ganarse la vida. Emoliente vende. Y el olor lo tranquiliza. ya son las 7:13am. Y sigue ahí. Mirando fijamente la puerta. Mirando fijamente el quinto piso. Por fin la ve bajar. Tan pulcra como siempre. Tan bella como todas la mañanas. Pasa delante suyo. él que la huele. Y es el mismo olor de siempre. Jazmín. Olor limpio de mañanas. Y el emolientero que le habla. Le ofrece su producto. Y el que vuelve en si. Le niega el cumplido. Se pone de pie y la ve caminar. Ve esas pantorrillas firmes. Falda perfecta ajustada a su cintura. El pelo húmedo recostado sobre su hombre izquierdo. Y chompa roja. Ve que se va. Que para en la esquina de siempre. Para el bus. Y se sube.

Y ahora él está feliz. Camina pausado de vuelta a casa. Son ya las 7:21am. Los segundos volvieron a su ritmo natural. La gente de su alrededor otra vez parece desinteresada. Ahora toma el bus. Sube. Está sentado y sonríe. Por fin llega a casa. Ya son las 8:03am. Entra por la cocina. Se sienta en la silla del comedor de diario. Y se apoya sobre la mesa. Abre la lata de café que está ahí. Junto a un juego de tazas, cubiertos y típicos alimentos del desayuno. Se sirve dos cucharaditas en una taza. No se pone azúcar y pone agua hervida de un termo color guinda. Antiguo. Ve el vapor salir de la taza. La acaricia con ambas manos. Se detiene a pensarla. Y se pone de pie. Va hacia el cajón de la cocina. Saca la hoja donde todas las mañanas escribe. Donde todas las mañanas imagina. Saca un lapicero del bolsillo de su camisa. Y ahora más tranquilo. Tacha una vez más lo que escribe todas las mañanas. Porque todas las mañanas pone. Fecha. Pone dos puntos.

Y entre comillas escribe: «Hoy te saludé. Hoy nos conocimos. Hoy estoy feliz. Porque hoy hubo un momento en el tu y yo juntos nos vimos».

Testigo de sus intenciones.

Está sentado. Sólo se escucha el sonido del mar y del viento sobre su cara. Tiene al frente una bestia caliente, que al aliarse con el viento, golpea. No te deja ver. Te nubla el camino y logra dominarte. Por atrás no está solo. Atrás lo espera fuente de vida, que en cuestión de segundos te puede quitar la tuya. Se para y decide enfrentarla. Enfrentarse a estos monstruos. Combatirlos de pie y lograr poder seguir adelante.

Se apoya sobre el suelo. Coge impulso. Corre. Va dejando una huella en el camino que es testigo de sus intenciones. Está por empezar a dominarla y se detiene. Ahora la mira de abajo. Hacia arriba. La observa. Da media vuelta. Atrás. Su otro enemigo ahora está más lejos. Se dice a si mismo «No puedo». Y en esta historia él no saca fuerzas de la nada y lo logra. No puede. Es muy fuerte. Es muy grande. Como los problemas en su interior. Como las dudas que lo atormentan. Porque él está sentado. Entre dos bestias. Pero tiene dentro de su ser más de mil. Bestias. Ideas. Problemas. Dudas. Intenciones. Deseos. Penas. Tristeza. Y mucha pena.

Ahora mira a su lado. Busca esquivarla. Busca abrirse camino. Busca lograr sus objetivos.Y como ella busca aliarse con el viento y la otra de sus protegidos. Es momento que él busque aliados. Tal vez sus ideales. Tal vez su intención.

De ser mejor persona. De vivir en este mundo. Con una razón.

Intrínseco.

Cómo te cuento que trato. Que me miro al espejo y que trato. Cómo te explico que es duro. Que lloro a escondidas. Que te escucho. Cómo te digo que estoy solo. Que vas y me buscas y corro. Cómo te llamo y te hablo, si digo tu nombre y me callo.

Como quisiera besarte. Sentir de tu cuerpo. Tocarte.

Cómo te explico. No puedo. Vives en mi mente.

Te quiero.

Se baila de a dos.

Te dejé. Vestida de fiesta y bailando entre llantos.

Yo me iba sentado… y te veía por el reflejo de tu alma. Mirabas mi partir. Sabías que sería la última vez que nos veríamos. Yo creía falsamente en encontrarnos. No nos vimos más.

Y ese baile que te negué, no lo olvido jamás.