Estaba sentado en la banca de color marrón… esa que daba directamente a la playa central cuando te vi. Pasabas corriendo atrás de una toalla roja que se llevaba el viento. Pensé en ayudarte, pero vi algo en tu mirada que me dijo que si trataba de ayudarte, serías de esas que te mandan a la mierda y dicen: Yo puedo sola.
Y ahí supe que me gustaste.
Efectivamente pasaron dos metros más y un señor intentó ayudarte. Y lo mandaste a la mierda.
Regresabas con cara de molesta, arreglando la toalla con ambas manos. Pasaste al frente mio y ni me viste. Yo estaba sentado fumando un pucho con mi skate al lado. Tú empezaste a bajar las escaleras hacia la arena y yo ya empezaba a pensar en cómo lograría hablarte, saber quién eras, poder llegarte a conocer.
Ya una vez en la playa, pusiste tu toalla sobre la arena, te sacaste el polo, el short y te echaste sobre la toalla. Sacaste un libro de tu cartera y empezaste a leer. Pensé en bajar, sentarme al lado tuyo, preguntarte qué leías. Pero había algo en tu mirada que me decía que querías estar sola, que estabas sufriendo y no era el momento adecuado para que un extraño te empiece a hablar… lo primero que pensarías sería que quería simplemente tener algo contigo porque me habías gustado físicamente. Pero esta atracción fue más allá de algo físico. No sé si fue amor a primera vista. Simplemente fue algo indescriptible que me pasó y listo.
Habían pasado ya dos horas y tú seguías leyendo sobre la toalla. Ya te habías bañado en el mar como dos veces y comido unas papas fritas que traías en la cartera. Yo seguía sobre la misma banca, con el mismo skate al lado, con un cigarro en la boca y la idea de cómo lograría saber de ti.
Una hora más pasó cuando por fin decidiste pararte e irte de la playa. Me puse nervioso. no me reconocía. Nunca me había pasado algo parecido y ya no era un niño. Ella ya había guardado su toalla y se dirigía hacia las escaleras.
Cada paso que daba en dirección hacia mi me comprimía el pecho y me dejaba sin aire.
Por fin logró subir las escaleras. Giró a la izquierda y empezó a dirigirse a donde estaban las bicicletas cuadradas. Al pasar por el frente de mi banca ni se percato de mi existencia. Y es que para ella yo no existía. Me puse de pie y empecé a seguirla cual acosador, sin que ella se diese cuenta. Esperé que le saque la cadena a su bicicleta y la monte. Cuando empezó a pedalear, subí a mi skate y fui tras ella. Pedaleó como veinte cuadras hasta que llegó a su casa. Amarró la bicicleta a un poste e ingresó. Yo me quedé en la esquina. Ya sabía donde vivía, pero no me servía de nada. Me provocaba agarrarme a patadas por ser tan cobarde. Estuve ahí mirándola más de tres horas, la perseguí cual acosador hasta su casa y ni si quiera le pude decir una palabra.
Me empecé a acercar lentamente a su casa hasta que por fin me encontré parado frente a su puerta. Pensaba tocar el timbre, pero ¿Qué le diría una vez que abriese la puerta? Metí mi mano al bolsillo derecho de mi short y saqué una llave. La metí en la chapa de la puerta y abrí la puerta. Di dos pasos y ya estaba en la sala. Giré a la derecha y la vi en la cocina poniendo la mesa para comer. Era una mesa para dos personas. Ella volteo, me miró de frente a los ojos y me dijo: «¿Comemos amor?». A lo que acerté con la cabeza.
Para ese entonces ya teníamos tres años de relación. En el segundo año tuve un accidente en el skate. Me golpeé fuertemente la cabeza y habían lapsos en mis semanas donde perdía la memoria. Ahora que estoy consciente de todo, en este preciso momento que escribo esto puedo decir que ella es la mujer de mi vida, que no importe cuantas veces la olvide al día, semana, mes o año, con tan solo pasar al frente mío bastará para que haga cualquier locura y trate de conquistarla.