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No suelo no andar no en el suelo.

No suelo andar acompañado.

Ni suelo llevar el compás.

No suelo perder amuletos.

No suelo leer al revés.

No suelo morderme los labios.

Ni suelo rezar el rosario.

No creo que deba negarlo.

No creo que mienta aunque canto.

No suelo ordenar bien mi cuarto.

Ni suelo andar desubicado.

No debo sentirlo, desearlo.

No debo escribirlo, obviarlo.

No suelo terminar…

Por saber.

Tengo ganas de escribirte algo corto. Y muy directo.

Tengo ganas de ver cómo andas. Cómo vives.

Creo si lo lees, o me escuchas, creerás que hablo de ti. Y es que si llegas a leer esto. Es que tal vez el autor del texto debiste ser tú.

Porque yo solo ando tipeando letras en una hoja en blanco.

Corrigiendo tildes, la estructura y dándole clic a publicar.

La que anduvo entrometida, la curiosa, la que no pudo simplemente con las ganas fuiste tú. Yo solo tengo ganas de ver cómo andas.

Y con las ganas me quedaré.

Tú tuviste ganas. Las mismas que yo. Y ahora lo sabes.

Sabes lo que yo aún no sé.

No hay espacio para dos, por favor.

Pateo la idea de plasmar estos momentos en papel. Las ganas de escribir son tremendas. Pero no quiero leer más tarde. Mañana. Estas líneas del perdido. Del que hace tiempo no distingue agua de tierra. El sol y las sombras andan iguales en mi mente. Se vuelve todo un plano muy llano. Muy similar. Casi monocromático. No distingo ni los carros de la pista. Y echado en la vereda siento que ando entre nubes. Y yo no sé muy bien como decidir. Como seguir viviendo. Buscarle un sentido. Y a ese sentido exprimirle dinero. Y si no sale dinero, entonces no es el camino. Sigue buscando. Y me dan los 29. Y uno que sigue buscando. Probando y forzando. Ya yendo más por impulso. Por inercia. Porque la voluntad está en huelga. Muy bien sentada en la puerta de la casa. Como quien espera el bus. O se despide del sol por la tarde. Y esa luz me recuerda que hasta un ciego debe andar mejor orientado que yo. Que este sujeto que no encuentra ni mierda. Que se ha puesto a pensar que desde niño uno supo que hay gente aburrida. Gente interesante. Gente de récords. Gente famosa. Que hay vidas que pasan y no dejan huella. Que son vidas silenciosas. Muy llanas. Y uno que es chico, pues piensa en la suya con fama, en la suya grandiosa. Y ahora llegando a cierta edad me he cuestionado si es que acaso seré el silencioso. La vida de las sombras. De la aburridas. De las que nadie recuerda. Y el solo hecho de pensarlo me molesta. Y uso esa palabra, ‘molesta’. Super simple. Muy sincera. Y reversa que no se deje utilizar. Que para atrás ya no más que recuerdos. Son memorias. Errores y risas. Dolores y amores. Espejismos y deslices. Ideas y masturbaciones mentales. Reflexiones sobre el tiempo y la madurez. Sin sabores. Conversaciones de dos. Como las que rondar ya hace años en mi cabeza. No comprendo con certeza cuando hablamos por primera vez. De pensamientos te fuiste colando. Cambiaste de alternativa a domador. Ni una tocada de timbre. Un silbido de ventana. Nada. Simplemente te metiste, con todo y barro en los pies. Te acomodaste, y cometí el error de darte de comer. Te sentaste en el sillón, prendiste el televisor y yo te di de comer más. Y más. Y más. Te llené de dudas, ideas, situaciones futuras falsas. Y más masturbaciones mentales que te dieron mucha vida. Mucha presencia. Y a patadas te ando botando. Ya me hartaron las migajas en el sillón. El olor a fritura y tu simple y ‘molesta’ voz. Te he cortado el alimento. De vez en cuando te doy un pedazo de pan e inmediatamente me resondro por idiota. Me grito y despabilo para recordar la lucha que tenemos. La lucha por volver a estar solos. Por largar a este indeseado y vivir en lucidez. Porque esta mente no descansa. Y el indeseado anda gritando en la sala. Que más comida. Que muero de hambre. Y su presencia llena la casa al punto de que el escritor tenga que pararse a calentarle un plato al gritón y ponerle punto final a este texto.

Sueño íntimo.

En la plaza de Tarapoto la gente es bien alegre. Andan todos muy contentos y yo no sé por qué. En el Café Plaza he encontrado un refugio pintoresco. Esta es mi segunda visita y me acomoda la estadía. No es primera vez que viajo solo, aunque tal vez si dentro del Perú. Suelo andar solo hace un buen tiempo, pero el nivel de comodidad que he encuentro fuera de Lima siempre es más alto. Pues aquí nadie me conoce, de nadie soy amigo. Soy solo una cara más del montón y eso me gusta. Dormir la primera noche fue una mezcla de sensaciones extraña. La constante y fuerte lluvia resonando contra la calamina del techo era realmente relajante. Recordé aquellos meses de insomnio que sufrí en Melbourne y cómo logré conciliar el sueño poniendo videos en Youtube de sonidos de lluvia y la naturaleza. Por otro lado, el fuerte calor y sus veintisiete grados centígrados me hacían despertar cada cierto tiempo durante toda la noche. Mezcla de lindas sensaciones y el detestable bochorno.
Hoy salgo para Moyobamba. Mañana Domingo juega Alianza.
Será el último partido del Clausura y si ganamos seremos campeones.
Que la suerte esté con nosotros.

Como en casa.

Sentirme como en casa.
Huir de la incomodidad de la casa ajena.
Del malestar de que la ropa se vaya agotando.
Que los olores vayan invadiendo.
Y que las duchas no sean placenteras.

Sentirme como en casa.
Alejarme de la bulla.
No juntarme con la multitud. El caos.
Poner la música de mi gusto. Tener la elección.
Y que las melodías no me sean ajenas.

Sentirme como en casa.
Yo debería, al estar contigo, siempre
Sentirme
como
en
casa.

Rutinera.

Con una noche de intermedio, llevo dos noches durmiendo en esta cama. Es en un hostal de mochileros a las afueras de Tarapoto. Sin siquiera pensar en ti previamente, has aparecido en mis sueños. La primera noche fuiste protagonista absoluta. Y como en todas las formas y situaciones que te he conocido, te me andabas escapando.

Momentos juntos y muy unidos
Momentos tristes y muy distantes
Y en los felices, los dos muy juntos
Y en los no tanto, siempre yo atrás, corriendo
Y tú, corriéndote de mí
Y de ti
Y de la vida
Y las excusas
Y las preguntas sin respuestas
Y los acertijos sin salida

Y es que cómo hago ya contigo. No encuentro fórmulas ni palabras.
Pero apareces y no dices nada.
Te muestras vulnerable.
Con esa cara de yo no hice nada.
Y son tus demonios los que ya no calman,
y a mi esta rutina se me empieza a hacer larga.

El Faro.

Son unos ojos muy grandes
Que sé que miran verdad

Es un cerebro confuso
Que creo, le falta aún andar

Son las ganas tremendas
Que tiene de ya caminar
De no andar atada a esos muertos,
que es hora descansen en paz

Y acá están mis no tan grandes ojos
Mirando si dignas mirar
Más lejos de lo recordado
Más cerca de lo que creerás.

Y el tiempo por más que es pasado
Recuerda aún muy bien tu presencia
Ajeno, confuso, a un costado
Desigual ante tu ausencia.

Como capas me voy apilando
Y entre arrugas me voy encorvado
Ya capaz se me vaya olvidando
Capaz seas tú quien ahora me anda hablando.

Visita al ático.

Soy consciente que las tengo guardadas. A una con mayor sentido que a la otra, la verdad. No la he querido sacar de ese oscuro lugar aun. Ése ático lo cerré en Marzo, recuerdo. O fines de Febrero. Hubo un cambio de estación involuntario que me obligó a cambiar la ropa del armario en cuestión de horas. Se fueron rápidamente para arriba las chalinas, chompas y los chuyos. Y ya estaban abajo los shorts, bividis y gorras. El sol brillaba fuerte y me ayudaba a no ver. Ni recordar.
Que a veces es bueno no recordar.
No mirar.
Y respirar.
Respirar ese aire de ático. De espacio cerrado. De cuarto inconcluso. De poca vida. Y que lleva gran parte de la mía allí adentro. Ese aire que alergias me ha dado. Como aquella vez que lo abrí hace poco. Unos pocos meses. El nueve para ser exacto. Cuando te impuse compañía. La cual estoy seguro tú no querías. Pero en corto tiempo, sin previo aviso sucedió. No esperaba invitados. No tenía reservas. No calculaba con respirar de ese aire por un muy buen tiempo. Y aquí me tenías. Ojeando rincones que intento olvidar. Oliendo recuerdos que atollan mi ser.
Y ahora al lado tuyo te han hecho compañía. Y el amor que les tengo es igual en intensidad. Igual para ambas. Mas en cantidad hay desventaja. Y es que la tengo desde antes.
Y es que me tiene desde antes.
Hoy soy consciente que las encierro en el ático. Que sé que andan ahí. Arriba. Siempre presentes.
Siempre ocultas.
Y me llaman de abajo. Que ya toca bajar a la casa. Y es que entre recuerdos me he distraído. Y con el poco aire me he adormecido.
Y ha sido lindo verlas, no duden.
Que el de la duda soy yo.
¿Debería bajarlas?
¿O es mejor visitarlas?
Por ahora allá arriba andan bien.
Por ahora acá abajo ando bien.
Las quiero.

Y jamás.

De stone te soñé
Que mirada sincera, y jamás
nunca quise olvidar.
Importante sería conservarlo, capaz
Y tal vez sea honesto al decir
Cuanta falta nos hace, y jamás
Nunca olvido, no duele ya más
Lo intratable está ya oculto
Lo pausante a toda marcha se va
Pues no somos lo que otros queremos
Queremos ser otros, jamás
Nunca más miré su mirada
Y nunca más dije capaz
y jamás.

 

Igual que ayer.

Escuché que qué sabría yo. Que por favor, me vea a un espejo. «A ver si te cambias de ropa primero compadrito antes que decir algo, que vestido así quién te va a tomar en serio». Palabras repetidas. Palabras siempre escuchadas. Yo me pregunto en qué momento nos convertimos los humanos en las ropas que vestimos, los carros que manejamos o la comida que comemos. En qué momento en verdad el cerebro humano se olvidó de cómo le encantaba apoyarse en un árbol y contar hasta treinta antes de salir corriendo a buscar a sus amigos escondidos. O de cómo le encantaba quedarse horas en la piscina jugando con cualquier objeto flotante que cumpliría la función de ser un buque militar. Salíamos con los dedos arrugados, relajados, bien humanos creo yo. Porque yo no creo que seamos esa raza que veo por la televisión. Esa manada de charlatanes disfrazados y gritones de histeria. Gritones de egocentrismo, de gritar mírame, vamos, mírame, y ahora mírame de nuevo que esta es mi vida y mira que feliz soy. Y pasamos a la aliada red social que de la mano nos va enviando al mismo valle sin salida. Al mismo túnel cuyo último foco fue visto con luz hace seis años. Y a los seis recuerdo patear mi primera pelota en el jardín de mi abuelo. Pasé corriendo a lado de Nala, esquivé a Negra y gol. La bola tocó la red, y la red tocó todos mis sentidos. Qué felicidad. Y me pregunto si el dinero y el poder nos podrán hacer sentir alguna vez así de vivos. Como cuando niños. Como cuando la suciedad en tus manos no significaba ser un obrero, o mecánico tal vez. Como cuando pintar no era solo un pasatiempo, una clase de una hora a la semana, sino tú pasión, lo tuyo, lo innato. Como cuando te acercabas al de al lado a jugar sin saber quién era, de dónde venía y qué hacía allí. Como cuando tu caminar era casi igual que bailar, sin importar quien estuviera en el cuarto. Quien estuviera viendo. Quien pudiera hacernos algún comentario negativo. Juzgarnos. Empaquetarnos. Apiñarnos junto a los parecidos. Crear grupos, clases. Y más clases. Y todo este tipo de sin sentidos. Que solo nos desunen. Que nada bueno aportan. Y ruego que podamos recordar. Aunque sea mediante estas líneas, por un segundo, lo importante de cuando fuimos niños. Lo importante de cuando de verdad sí que queríamos vivir de verdad y exprimir cada segundo, cada minuto, cada momento presente en este pedazo de tierra. En nuestra tierra. Mirándonos como iguales. ¡Que somos todos iguales!