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Adelante.

Un lugar muy tranquilo. Calle de tierra. Alumbrada tenuemente. Puerta del garaje, y una puerta pequeña al lado. Si te inclinas puedes ver que la casa tiene profundidad. Un espacio donde entran dos carros, a la derecha plantas, muchas plantas.Y dos cuartos, grandes y espaciosos. Sirven de taller, de sala de experimentos. Arriba una cama, unas ollas, refrigeradora, y un baño. Hay un jardín atrás, al fondo. Compartido entre un huerto lleno de finas hierbas y vegetales, y una vieja parrilla junto a unas sillas, un rastro de fogata en el piso y unos perros que no dejan de ladrar ante la visita del invitado.

Sinceramente no lo sé.

Digo que quiero escribir. Abro la página del blog, veo la hora y son las 10:41 de la noche. Pienso en que no sé de qué escribiré, pienso en lo extraño que es eso, doy clic al botón de «escribir» y el internet es lento. Se cuelga la página y veo que la hora cambió. 10:42. Siento que mi idea inicial, la de comenzar el texto con «Son las 10:41pm cuando doy clic al botón de «escribir» y no sé que estaré escribiendo» ya no es posible. Mientras sigo pensando en cómo comenzaré esta historia, me veo ya envuelto en ella y con una pregunta sentada frente a mi mente. ¿Cómo comienza una historia? Y dentro de ella, muchas otras preguntas, ¿se da uno cuenta del inicio? o casi siempre uno se percata ya estando por un buen tiempo siendo parte de ella. Son preguntas que en el frío de esta noche me da flojera responder. Las piernas andan frías, la espalda incómoda, la vista cansada, y la perseverancia, en líneas generales, baja. Y Gaia me dice que son más días, más días, más días, y solo pienso en que la muerte, para la humanidad, se avecina muy pronto ante su corta duración. Pues en tiempos de pandemia muchos comprendemos que la vida es más corta de lo que creímos. Siempre lo escuchamos, repetimos casi a ciegas, mas recién ahora creo que comprendemos. Y con más días y con la reflexión de lo corta que es la vida, ando empujando a la pereza a un lado, aplicando un poco más de esa perseverancia perdida y soltando acá unas letras que, con la simpleza de ser impregnadas y vistas en la pantalla aligeran una rara presión que suele casi comprimir pensamientos y obligar a rutinas aburridas. A volverme en un ser de acciones similares. De procesos casi gemelos. Y bueno, ¿cómo comienza una historia? Y la respuesta es simple, y a la vez poco reveladora. Aquel que leyó y llegó a este lugar de la historia, tal vez no se percató que entre tanta idiotez y disparate andaba ya en una. En una historia, que para saber del comienzo, habrá que ir hacia atrás y tratar de descubrir en qué momento uno tomo la decisión de empezar a leer un texto casi fantasma de un blog poco concurrido. Tal vez la historia vaya desde más lejos, teniendo que ir más hacia atrás y entonces descubrir que andas en una historia, en esta historia que está por terminar.

Que.

Que tu flor me intimide
Que tu rosa me abarque
Que tu ira me aplaque
Que tu vientre me hipnotice

Que recorra la viña
Y a la calma enternezca
Y la calma,
y paciencia
Que me salven apenas

Caigo en cuenta de lo cuerdo
Cuerdo y pulcro,
hipnotizo.
Que no calma el bullicio
Ni la niebla,
esta niebla.

¡Vaya cauce dorada!
Vaya sola y descalza
¡Qué muchacha más terca!
¡Qué llamada esperada!

Traspuesta.

Cierra la puerta,
y quédate afuera.


Salto a la cama,
caigo,
desplomo.


Pasos se acercan,
oigo el silencio.


Piensas a gritos,
me callo,
no lo digo.


Pasos lejanos,
oigo el silencio.

Oigo mis gritos,
te callas,
no lo dices.

Sí, catriz.

Los diálogos de las películas deben, o deberían en todo caso, siempre ser la copia textual de algún diálogo que existió y fue fruto de un impulso, de algo no planeado, como la vida misma. Ayer lo pensé tras ver una película cuyo nombre no recuerdo, cosa que no suele suceder conmigo. Una madre le dijo a su hija: la edad en el amor no es una excusa, el amor es, sucede, se siente, y no discrimina. La hija, de unos quince años de edad, se excusaba con la madre el no querer viajar con ella al sur del país, pues donde estaban viviendo estaba su amor, su amor quinceañero muy poco probable que perdure en el tiempo, como ella misma se lo hizo saber a la madre. La respuesta de la madre fue la menos esperaba, al menos por mí, pues le dijo eso que mencioné lineas arriba sobre el amor. Pues simplemente es, sucede, existe, y por más que no sea duradero o importante como la mayoría de la sociedad repite una y otra vez, y como muchos padres crían a sus hijos, pues esa marca perdura a lo largo de la inmadurez, madurez, vejez, y tal vez tras la muerte también.

No sé más de lo que he experimentado en la vida misma. Los viejos me consideran joven. Los jóvenes me consideran viejos. Y yo ando perdido. No sé si soy lo suficiente viejo o joven, pero sé de lo que viví, sentí, lloré y reí. Y ese amor de quinceañero, esa euforia, adrenalina, y estupidez que se mezclaba entre mis últimos años de colegio y primeros de universidad son la prueba que sin importar la edad, la marca se queda contigo, como un cicatriz en la piel.

No más reojo.

No me cuesta tanto esta cuarentena. Estar en casa y no salir ya no me es ajeno. Ya hace un tiempo que me amisté conmigo. Que nos mandamos a la mierda y sacamos los trapos al aire. Hace un tiempo fue que nos mandaron al aislamiento juntos. Y estuvimos ahí, encerrados.

Al comienzo cada uno por su lado, sin hablarnos, sin mirarnos. Como dos pequeños hermanos castigados por su madre. Mirándonos de reojo para ver qué hacía el otro. Con unas ganas incómodas de pasarle la voz. Pero el orgullo que me gana. Y el silencio se prolonga.

Y tras la ira: calma.

Empezamos a compartir. A llevarnos mejor. Hasta llegar a ser casi uno solo. Ahora sí ando cómodo en mi compañía, pero eso me lo enseñó la soledad. Que no te requiere muchas veces estar solo. Porque la soledad se encuentra en grandes estadios llenos de gente. En almuerzos familiares de domingo. Ahí, sentado entre los tuyos. Porque solo no significa andar solo.

Solo es igual a estar contigo. Con el que no podías ni ver. Con el dueño de tus excusas. De tus fracasos. Y llevarte bien.

Con él.

Contigo.

Y dejarte ser flojo, a veces. Y perfeccionista otras. Dejarte ver una película romántica y llorar. Sin ser juzgado. Y convertirlo en lo normal, en lo sin novedad.

Y esta ruleta nos ha metido a todos en esta carceleta temporal. A este tiempo de cobrar por tu mal comportamiento. Y nos ha encerrado con ese al que le huyes. Con ese que andas evadiendo en las mañanas al lavarte los dientes. Porque él te mira de frente. Y tú de reojo te excusas en el trabajo. En la pareja. Y en las excusas para no mirarlo de frente. Pero ahora no puedes correrte. Y tal vez eso te ande alterando. Te tenga corriendo kilómetros en círculos. Entre los muebles. Entre la sala.

Y ten cuidado no te vayas a tropezar. Entre tus tantas prioridades y termines sentado en el sillón. Al lado de este loco que te anda persiguiendo para ver si de una vez por todas pueden amistarse. Tratar los temas que les vienen molestando, e insultarse si es necesario. Arreglarse. Y por fin tratar de irse como uno solo a hacer lo que les gusta hacer cuando de verdad no se tiene nada que hacer. Como cuando de niño te quedabas en casa, y entretenías tu día, tu mañana, tu tarde haciendo lo que de verdad te venía en gana. Lo que verdad necesitas hacer. Lo que tu cuerpo te pide a gritos. Y escucharlo sin miedo a ser juzgado. Sin miedo a sentirte presionado.

¡Que nadie te mira!

Y que al menos, el que te venía persiguiendo ahora te anima.

‘Nadie te mira’

El espejo y sus distancias.

Hoy me percaté de la distancia de la que te separas del espejo al lavarte las manos. Es casi siempre la misma. Unos dirán: en mi casa son centímetros más. Otros: en la mía son menos. Pero sea cual sea el escenario, la distancia está marcada. Y será condicionada a la percepción personal de cada ser. Las maneras de vernos. Nuestras formas, ángulos y miedos serán reflejados por esa distancia.

Recuerdo pasar quince días en el desierto. Acampando, sin señal de celular, ni de internet. Durmiendo en carpas, pescando todas las mañanas, y no viéndome reflejado en un espejo. En ningún momento del día. Luego, al llegar a la civilización, entrar al baño del grifo, y dudar al reconocerme en el reflejo del espejo. A una distancia no acostumbrada. Más distante a la del baño de mi casa. A una cara casi olvidada. Y sonreír. Y reconocer que es la sonrisa más sincera que recuerdo de los últimos días. Que tal vez me haga acordar a la del último campamento, un año atrás.

Y es que la distancia también es parte de esta sonrisa. De esta sorpresa. La distancia te varía la percepción. Juega con tu memoria y te hace preguntarte quién es ese. Y si esa sonrisa fue aliada de un halago, un auto-halago, la sonrisa va de la mano del sonrojar y pues revela que lo visto, que lo percibido y mal desligado de uno, ha sido gustoso y afirmativo. Y ahí es cuando vuelvo a lo importante de tu espejo, el de tu baño. El que te dice cómo eres, o cómo es que crees ser.

Pienso: estaría bueno evitar los espejos en los baños o cerca de lugares que frecuentemos muy seguido y en la mayoría de sus veces sin la capacidad de pensar claramente. Porque cuando me lavo las manos, los dientes o me afeito, me ando mirando fijamente y a la vez pensando en cualquier otra cosa que en mí.

Creo: deberíamos colgar los espejos como cuadros, cosa que podamos cambiarlos de posición de vez en cuando. Así tal vez nos queramos más. Nos miremos más. Nos hablemos directo. Nos sorprendamos de quiénes somos y de lo que reflejamos.

Ahora, esto.

Era febrero del 2019 y andaba paseando por Ayacucho. Y es que Alonso y yo nos vinimos repentinamente. Lo llamé días antes, le ofrecí viajar en el carro de mi vieja, que compartiríamos gastos, que tenía el contacto de un hotel barato, y con cochera. A los pocos días aceptó y sin pensarlo mucho nos enrumbamos. No hacía mucho que volvía de estar paseando un mes entero por Europa. Y un mes previo de andar por el viejo continente venía de vivir, por más de dos años, en Australia. La verdad es que andaba extrañando mucho la sierra peruana, la comida y a mis amigos. Recién me había conseguido un drone y tenía muchas ganas de tomar fotos, grabar, entrevistar a gente, conversar sobre temas relacionados al terrorismo, vidas de gente de a pie. Tenía muchas ganas de buscar historias. Y por esas ganas fue que llegué a parar aquí.

Mi primera vez en Ayacucho fue justo un mes antes de partir hacia Australia. Siempre había tenido una gran curiosidad por este departamento, epicentro del terrorismo en los 80’s. Daba la coincidencia que Alianza Lima jugaba contra Ayacucho. Usando el partido de excusa, partí en bus y pasé cuatro lindos días por allá. Hice un recorrido muy turístico. Conocí lo clásico y regresé a Lima con un empate a uno. Gol de Pajoy desde los doce pasos.

Siendo esta mi segunda vez, y habiendo venido en carro, tenía mayor conocimiento de la ciudad y podría recorrer más rincones ayacuchanos en busca de buenos paisajes e historias.  Al igual que la primera vez, Alianza jugaba aquí el domingo e iríamos al estadio.

Partíamos el segundo día, a eso de las once de la mañana, a buscar nuevos paisajes hacia el sur de Huamanga. Acabábamos de comer un contundente desayuno en el Vía Vía y ya habíamos hecho una previa parada en la bodega para abastecernos de comida chatarra y agua. Necesaria para la ruta. Ya en el camino, vimos un valle pronunciado con un pequeño río abajo. Que linda toma – pensé. Nos cuadramos y despegué el drone. Ni nos habíamos percatado que estábamos cuadrados al lado de una casa de adobe. El drone arriba y la bulla de ventilador a toda marcha hicieron que la dueña de la casa saliera a curiosear qué venía sucediendo fuera de casa.

-¿Y eso qué es?

-Un dro… ¡Una cámara de fotos!

-¿Y vuela?

-Sí, para tomar fotos desde arriba, de los paisajes – le dije.

-Ah, cuando acaben pasen ¿Quieren?

-Lo bajo y entramos – le dije enseguida.

Ni bien cerró la puerta de su casa bajé el drone. Lo guardé en la maletera del carro y tocamos la puerta.

Nos abrió la misma señora, más servicial que antes. Pasen, pasen. Tomen asiento. Ni bien pasamos la puerta entramos a este gran terreno cubierto por pasto verde y amarillo. A la derecha había una casa humilde de adobe, un techo a medio terminar, un cuarto pequeño lleno de maniquíes, una olla grande al lado de la puerta y muchas piezas de pollo que salían de la olla como queriendo escapar del agua hirviendo. Nos presentó a sus familiares. El esposo estaba sentado en un tronco muy cercano al piso. Particularmente a un charco de agua donde reposaban dos Budweiser de medio litro. Al lado del charco, y muy erguida, estaba una botella de whisky a medio terminar y un vasito de vidrio. Saludamos y nos sentamos en unos troncos al lado del señor, recostándonos sobre en la pared a manera de respaldar. Desde el campo aparecieron dos personas más. Eran hombres un poco menores que el señor, familiares también, que venían de trabajar la tierra. Buenas, buenas. Hola, saludamos.

-¿Qué tienen sembrado allá? –  pregunté buscando romper el hielo.

– Habas. El domingo es para trabajar nuestra pequeña tierrita.

Me asomé a ver el sembrío y noté una camioneta del año cuadrada al borde del campo.

-Yo tengo tres tiendas en Huamanga – dijo el señor mientras se servía cerveza en el vaso. Tengo tiendas de ropa.

-Ah, ¿Por eso los maniquíes? – pregunté.

-Si, también hago negocios en Lima. Esta no es mi casa. Yo vivo más abajo. Acá es mi casa de campo. Fines de semana venimos para acá.

-Linda casa – le dije. Se respira mucha paz.

-Si pues, gracias al chino que tenemos esta carretera por donde has venido pues. Antes nada había. Camino de tierra muy difícil de transitar. El chino vino y nos dio pistas. Tantas cosas buenas hizo el chino por nosotros ¿O no?

-Sí – respondieron todos sus familiares a una sola voz.

En la olla se venía preparando una sopa de pollo con bastante papa, cebolla y yuca. Alonso y yo sabíamos que en cualquier momento esa sopa iba a terminar siendo ofrecida a nosotros. Los dos nos mirábamos sabiendo el desayuno exagerado que habíamos tenido hacía menos de treinta minutos. Sin decir palabra alguna también sabíamos que rechazarlo era una falta de respeto y que tendríamos que comerla así no queramos. El momento llegó antes de procesarlo y sobre nuestros muslos reposaban unas generosas porciones de sopa.

-Sírvanse jóvenes – dijo la anfitriona. Todos flaquitos están ve. Todos rieron en coro, incluidos nosotros.

Mientras luchaba por cortar la presa de pollo en dos con la cuchara sin salpicar todo el caldo caliente sobre mí fue cuando la dueña de casa empezó a hablar sin si quiera yo haber hecho pregunta alguna.

-Acá los terrucos entraban como por su casa, se paseaban por acá nomás, y todos andábamos asustados.

– ¡Esos huevones sanguinarios! – añadió el señor. Si no fuera por el chino estaríamos todos muertos.

– ¿Te acuerdas cuando con la metralleta esa nos dispararon? – dijo la señora a su esposo. Al ladito nos pasaban las balas – contaba mientras agitaba sus manos de adelante hacia atrás al lado de sus orejas.

Muy atento a la historia contada empezó a brotar mi espíritu periodístico. Tenía muchas preguntas, una tras otra que iban abrumando mi mente. Quería sacar la cámara, prenderla, ponerla a que grabe el momento, entrevistarla, que me cuente todo, detalles, los más mínimos detalles. Ya me hacía yo haciendo un reportaje, por fin este proyecto que tanto tenía en mente podría comenzar. Me decía una y otra vez que por eso es que había venido a Ayacucho. Que el segundo partido que vería de Alianza, horas más tardes, era otra excusa para por fin dar este largo paso. Miré a Alonso. Él que me miró de vuelta y los dos sabíamos muy bien que no era momento de sacar la cámara, que debíamos disfrutar ese momento, y que debíamos seguir luchando por terminar ese plato, ese inmenso plato de comida. La charla se extendió no mucho más cuando los dos señores que vinieron desde el campo se pararon, entregaron su plato a la doña y se disculparon. A seguir trabajando el campo, un gusto y suerte – se despidieron. Habiendo terminado la última papa del plato, decidimos que era momento de partir. Agradecimos mucho, nos despedimos cariñosamente, nos dijeron que pasemos cuando queramos. Recalcaron que no vivían allí, pero que igual era su casa.

Salimos de la casa satisfechos a todo nivel. Enriquecidos. Llenos del estomago y del corazón. Prendimos el carro, arrancamos, ventanas abajo, aire puro. Reíamos sin parar de lo llenos que estábamos, no nos entraba ni el aire. Nos prendimos un cigarrillo digestivo. Ambos sin decir palabra alguna mirábamos la ruta como mirando al vacío. Creo que cada uno iba ordenando y analizando lo que había sucedido de manera personal.

-¡Yo ya no como nada hasta la noche! – dije riendo.

-¡Yo tampoco! – me dijo entre pausado. O hasta el partido al menos.

Seguimos en la ruta. Apreciaba el verdor del campo. El azul del cielo. El poco gris del pavimento. Los riachuelos que caían sobre las piedras. El momento se estaba gozando al máximo. Y eso habíamos venido a hacer.

-Para lo otro ya habrá tiempo – me repetí silenciosamente.

Ahora, esto.

Ayacucho, Perú. (Feb. 2019).