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más pronto que ayer.

Es tal vez la primera vez en la que ando pensando en el futuro y siento que no necesito hacer nada más para perseguir eso que quiero ya hace un tiempo. Dejar de pensar en los demás sin ser egoísta y pensar en mí. Pensar en lo que quiero para mi vida y serme honesto sin importar los que se vayan cayendo en el camino. Porque no siempre andar acompañado es estarlo.

Hoy pensé en los momentos de felicidad que he tenido. Pensé en ellos con nostalgia. Me identifiqué disfrutando mucho conmigo, engriéndome inconscientemente por aquello que sé me hace bien. También pensé en lo triste que es ser juzgado por vivir como uno quiere, sin dañar a nadie.

Más pronto que tarde espero estar retomando este blog con más inspiración, historias, personas y momentos. Con más por contar, hacer y dejar. Ya enrumbado sin norte, ni sur. Sin planes, con ganas. Sin dudas ni miedos.

mar de grau.

Prendo la computadora con la idea de editar un video. He escuchado una canción nueva y me la he imaginado en el fondo del video. Cuando abro los archivos de la computadora me doy cuenta que no tengo ningún video guardado. Hace poco hice backup a un disco duro externo y dejé la computadora vacía. Rebuscando en la computadora antes de apagarla encuentro unos clips de Pucusana del 2019. Primer video que abro, primer cuadro: Mi amigo Alejandro, quien descansa en paz hace poco más de un mes. Estamos en un bote a punto de sumergirnos a bucear. Él está desamarrando unos nudos de su boya. Y yo le empiezo a hacer preguntas como si estuviésemos en una entrevista. Le pido un tip, a lo que me responde «Siempre que vayan al bote trabajen en equipo». Yo le respondo con un tip hacia él: Que se apure.

Siempre fue el que más cosas llevaba al bote. Llenaba el bote de todas sus cosas, mezcladas con las de los demás. Al llegar al punto donde bucearíamos siempre era él el primero en tirarse al agua. Tenía la filosofía que si se tiraba antes que nosotros tendría más chances de pescar más peces. Al final del video que encontré en la computadora, él toma la cámara, me enfoca y me pregunta que qué siento cuando me sumerjo en el mar. Yo le respondo tontamente: Frío.

Ahora respondería que va a ser imposible que siquiera meta los pies al mar sin pensar en él. El mayor amante del mar de Grau que conocí.

público, publicó.

Las mañanas son culposas. Son aceleradas mentalmente, pero lentas en el plano real. Las ideas de lo que debería hacer y lo que quisiera hacer son opuestas. Hay cierta presión por ser quien no desea ser. Y es consciente de eso, pero la lucha no pierde importancia a pesar de eso.

¿Café antes o después de entrenar?¿Se entrena hoy? Recuerda que le cambia el humor una vez terminado el deporte. Se lo recuerda siempre al bañarse y limpiarse el sudor. Pero las mañanas le recuerdan lo difícil que es poder tomar una decisión. Pues al final, con deporte o sin deporte, termina en el mismo lugar haciéndose las mismas preguntas.

Y el sol se oculta, y en muchas ocasiones no hizo más que pensar y repensar. Y el texto al estar por acabar, se queda en pausa, un larga pausa para pensar si se debe o no de publicar.

con los audífonos puestos.

Pienso en calma y desierto.
Calor y humedad.

Pienso en no tener apuro, ni ver mi celular. En darle espacio a mis pensamientos.
Que sean libres, corran y vuelvan.
Ya descansados, y más claros.

Pienso en el miedo, en su existencia y sentido.
En que es mental. Imaginario. Gaseoso.
Pero que cobra sentido en este cuerpo.

Pienso en terminarlo de una vez. En salir e ir hacia el ocio.
No lo hago, me rehuso.
Pues aun pienso ciertas cosas, por más que ahora no las recuerde.

Siento ganas de irme, y quiero.
Pienso que debo irme. Debo.
Hacia allí voy llegando, siento.
Todo tiene un sentido, creo.
Poco a poco a su ritmo, eso.

Pienso que estoy en lo correcto.
Ruego.


Cuesta cuesta arriba.

Me enredo entre pensamientos. Quiero pensar sobre algo, específico, y un nuevo pensamiento se cuela en la cola y gana protagonismo. Deja al previamente pensado y desordena la solución que le buscaba al problema.

A veces no son problemas en los que ando pensando: más bien soluciones. Pero el procedimiento siempre es el mismo, y sea problema o solución, queda olvidado por un nuevo pensamiento colón.

Si la proyección está clara, y a alguna respuesta estoy llegando, no importa. Igual aparece siempre una nueva tarea, un nuevo integrante, una nueva motivación que hace olvidar la previamente estudiada y es dejada.

Me cuesta atender, hasta en temas de mi interés. Y me cuesta aceptarlo por más conciencia que tenga del hecho. Me cuesta escribir y encontrarle un sentido a botar letras sobre el blanco. Me cuesta recordar el nombre del blog y el por qué fue creado.

Y recuerdo, todo, al instante de darle al botón de publicar.

Tocar la guitarra.

En pocos metros cuadrados andaba encerrado por horas al día. Entre lecturas, trabajos y pensar en el guion que debía escribir se agotaba mi energía. Cuando no estaba encerrado en casa, los días solían ser bastante parecidos. Seis de la mañana sonaba el despertador. Al baño primero, luego tender la cama, tomar desayuno, alistar la lonchera y salir a más tardar 6:45 a.m. Manejar unos treinta, treinta y cinco minutos y 7:30 en punto empezar a lijar el bote que tocara. A las diez teníamos un break de quince minutos. Le decían el «smoko» que abreviaba «smoking break», o pausa para fumar en español. En ese tiempo solía comer un par de panes con jamón y queso y tomar un feo café barato. A la una en punto era el almuerzo, y solo eran treinta minutos no pagados. Luego de corrido hasta las cuatro, cuando el jefe decía «it’s beer o’clock», jerga para es la hora de abrir una cerveza. Y así era, mientras escribíamos en nuestro libro todas las actividades del día. Yo solía aceptar una cerveza de vez en cuando los días de semana. Los viernes siempre aceptaba una y a veces hasta dos. Me asustaba el tema de manejar con alcohol, que me parara un tombo y me deportaran. Siempre exagerando. Y a las cinco llegaba a mi casa, a bañarme y avanzar con los incontables trabajos de la universidad. Y metido en esa rutina y aburrimiento pensé en que era momento para aprender a tocar un nuevo instrumento. Me engañé diciéndome que con YouTube lograría aprenderme al menos un par de canciones. Tenía también varios textos escritos a los cuales les quería poner melodía. Y en la idea de hacerme músico, como si me sobrara el tiempo, me puse a buscar guitarras de segunda en el Facebook Market. Los precios variaban entre los veinte y doscientos dólares. Así que busqué la mejor opción de las de veinte dólares y me fui a buscarla. Eran como las cinco de la tarde y quedé con el vendedor en que iría a recogerla a su casa. Me confirmó el horario y salí. Era un día caluroso y el lugar me quedaba justo a media hora. Manejando me di cuenta que nunca había ido para aquel lado de la ciudad. Estaba en un vecindario bastante alejado y nuevo. Llegué a la casa del comprador y me pidió que por favor lo esperase unos minutos, que estaba a unas cuadras. Me cuadré fuera de la casa, apagué el carro y dejé la radio prendida. Bajé un poco la ventana del piloto y me puse a escuchar música y divagar en el celular, muy de mi generación. A pocos minutos, el vendedor apareció cuadrado al lado y me dijo: «Nick?» Me agarró desprevenido y me asustó un poco. Le dije sí, hola. Cuadró su carro y bajé del mío. Entró a su casa por la guitarra y demoró un poco más en salir. Me entregó la guitarra, que estaba como nueva. Le di los veinte dólares y me fui amablemente. Cuando traté de entrar al carro me di cuenta que en el apuro y la distracción había dejado la llave puesta, la radio prendida y que había cerrado con seguro la puerta. La ventana estaba solo un filo abierto. No podía creerlo. Era primera vez que me pasaba eso. En Lima siempre había tenido carros con alarma y es más difícil que dejes la llave adentro. Traté de meter mi mano por la ventana. Estaba cerca de las llaves pero me era imposible sacarlas. Intenté durante veinte minutos seguidos y fue en vano. Me corté el brazo de tanto sobarse con el vidrio así que decidí parar por ese medio. Puse la guitarra a un lado, me senté en la vereda y me puse a pensar. Justamente había huido de mi casa para distraerme, aprender a tocar guitarra y no pensar, solo descansar. Y acá estaba sentado, pensando como abrir el carro. Caminé por la cuadra en busca de ideas, alguna rama para jalar la llave. Arranqué algunas ramas viejas y sin hojas de un árbol. Los vecinos me empezaban a ver raro y yo solo atinaba a sonreír y asentir la cabeza. Logré sacar unas tres buenas ramas, fui al carro a probar la pesca de llaves, pero fue en vano. Otros veinte minutos perdidos. Las opciones se me acababan. Solo podía llamar a una persona. Un amigo peruano que justo esa tarde había salido a tomar con uno del trabajo a un casino. Esa era mi última alternativa. Aunque igual no tenía llave de repuesto en mi casa, así que sería en vano esa llamada. Seguí buscando alguna solución y caminé la cuadra en la dirección opuesta. Fuera de una casa había un calefactor malogrado. Tenía un largo cable y el enchufe. Arranqué el enchufe del cable y traté de cortar el cable del calefactor. No tenía ningún cuchillo así que empecé a sobarlo contra el sardinel. Una vecina me miró desde la ventana de su cocina. Me habrá creído loco. Logré cortarlo. Corrí hasta el carro y traté de llegar a la llave. Y una vez más fue en vano. Intentar llegar a las llaves no iba a funcionar. El pestillo era plano y también imposible de abrir. Mirando por dentro el carro vi la palanca para abrir la maletera. Abajo, en el piso, había una palanca que se jalaba hacía arriba para abrir la maletera. Metí el cable por el filo de la ventana y lo dejé caer hacia la palanca. Me faltaba una especie de aro para enganchar la palanca y jalar hacia arriba. Sacrifiqué la pita de mi ropa de baño y la amarré en forma de aro al borde del cable. Luego de unos pocos intentos logré enganchar la palanca, jalar y abrir la maletera. Salté y grité por toda la cuadra. Recuerdo reír mucho. Buscar a alguien con quien celebrar la hazaña, cruzar miradas de felicidad, de “mira lo logramos”. Y seguí bailando en la pista. Como indígena rogándole al cielo por lluvia. Sin zapatos, con la ropa de baño que se me caía, pero feliz. Y agarré la guitarra y me metí con ella por la maletera. Prendí el carro, puse a la guitarra de copilota, puse a Gaia de fondo y partimos hacia casa. Y la anécdota quedó para siempre, y la guitarra terminó en manos de Ricardo, el protagonista de mi segundo corto, luego de meses de intentos frustrados por aprender un par de notas por internet.

más bacán.

Hace un año que volví. Un año asimilando que volví a vivir de donde huí. Un año para asimilar que pudiendo haber decidido no volver, pues volví.

Hace un tiempo que no escribo. No sé quién anda ya aquí. Un buen tiempo me ando esquivo. Me caí y reviví.

Hoy recién encuentro estos escritos, y el sentir misteriosamente no es muy sutil. No tengo noción del tiempo entre estas líneas. Pues como como yo, me perdí y reviví.

El brillo invade mis cerrados párpados. Dudo entre teclas, movimientos y elecciones. Debo retroceder, corregir. El paso en falso, el dedo inquieto. La duda, y el espacio entre la coma y la vocal.

Luz naranja, intento jugar con ella. Cambiar el color y elegir. Poder ir del verde al rosado. En meditación dicen que es costoso. Y no logro más que permanecer en blanco.

Ya son dos años quizás que volví. Dos años y un Covid. Que se mide distinto. Pues ese no te habla de semanas, horas, minutos, ni meses. Ese te habla de otras formas aun incomprensibles para el humano.

Y el tiempo que pasa, aprendo y desaprendo. Y tal vez la expectativa fue más grande. Quizás.

Don Tranqui.

No sé qué.
No sé qué me habrás hecho.
Que hasta de escribir me has privado. Sintiendo que juzgan hasta el uso de mis palabras, el tema del que hablo y la forma desordenada de mis pensamientos y acciones. 
Dudo entre adjetivos, comas y tildes. 
Dudo de repetir palabras al inicio de la oración y de componerle un ritmo a manera de poema.
Y que las últimas palabras vayan en forma de rima, como eslabón en una cadena.
No quiero distraerme y volteo el celular.
Entre tanto mensaje me suelo marear.
No creo que entre rimas me pueda olvidar.
Lo que a este blog hoy vine a contar.
Que ando calmado: cero y muy angustiado.
Pues el tiempo que pasa parece prestado.

No calculo la idea de edades, y responsabilidad, motivación, y desarrollo.
Que si sabía que de esto iba la cosa, media vuelta y chau creo intentaba.
No me anda tranquilizando, ni la pluma ni el lápiz.
Ni la chela ni el humo.
Ni mi Alianza en segunda.

Disperso.

Estoy a punto de cerrar esta página web. Pongo el cursor sobre la equis. Arriba a la derecha. El gris se convierte en rojo y me detengo. Siento el mismo temor por hacerle click y mandar todo al tacho que por leer este texto en unos minutos. Siento que una vez cerrada esta ventana me quedaré con la duda de qué se hubiera llenado esta página en blanco que va tomando vida. Me da temor también no saber de donde vienen las ideas, de qué terminará siendo esta historia y qué pensaré de ella, de acá a unos meses o años que la vuelva a leer y recuerde dónde estaba cuando esto sucedió. Y es que la mente anda en blanco, de la mano del estómago.  Y que me distraigo pensando en comida. Y con hambre uno no puede pensar. Siempre lo escuché de mi madre. Por algo debe ser. ¿No?