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La tarde ya muy tarde.

Por lo mismo fue una vida realmente bella. Se paseó por los campos de acacias, olió el perfume de su piel y vio el atardecer entre lomas de pasto verde y esperanza.
Suspiró tremebundas agonías. Resaltó extremados dolores y fingió una serie de orgasmos.
No miró hacia la tarde.

Vio la mañana y pidió perdón por lo cometido. No pecó de egoista al cometerlo. Pecó de puro al no verlo venir.
Pureza de la escondida estampida de ilusiones al prever ásperas y almidonadas almas perdidas.

Del norte que estuvimos, al sur que perteneces.

Se levantó un domingo con dolor de cabeza por la cervezas de la noche anterior. Cogió el celular de la mesa de noche, el cuál aun estaba enchufado a la pared cargando. Tuvo una pelea con el aparato electrónico. La pared y él peleaban por el mismo objetivo. Luego de un vaso de agua en el piso, la pantalla mojada y todo hecho un desastre, él logró ganarle el duelo a la pared. Limpió el agua de la pantalla, lo desbloqueó y vio que aún eran las nueve de la mañana. Decidió dormir un rato más, total era domingo y sería un día aburrido. Dejó el celular encima del charco de agua y giró sobre su cama llegando a abrazarla. Ella se soltó y se pegó a la pared. Él la dejó ir, giró y cerró los ojos para tratar de seguir durmiendo. Pasados pocos segundos, y él tratando de poder conciliar el sueño nuevamente, ella abrió los ojos y empezó a observarlo.

Lo miró fijamente durante cinco minutos. Lo miraba y le provocaba abrazarlo. Le provocaba decirle que quería estar siempre ahí a su lado. Pero no podía hacerlo. No podía exponerse así de fácil. Debía volver a casa, a estar con los suyos. Es decir, con el suyo. Esto era un juego para ella. Esto era una etapa de mierda en su vida donde él pudo ayudarla y ella lo aprovechó. Ella era egoísta al hacerlo. Ella sólo pensaba en ella. Porque él siempre estuvo ahí. Porque él era un huevón. Él invirtió tiempo en ella. Tiempo en sus sonrisas. Tiempo en sus lágrimas. Tiempo que no valoraba. Tiempo que no comprendía. Tiempo que ella no logra apreciar. Porque a ella le gusta que la traten mal, que la menosprecien, sentirse un objeto, sentirse usada, sentirse inestable. A ella le encanta la inseguridad, le encanta el maltrato, le gustan los gritos. Y él es calma. Él es tranquilidad. Él es paz. Él es preocupado. Él quiere ser querido.

Así que él se despierta. Han pasado dos horas. Ella está ahí. Mirando la pared, apoyada en el hombro izquierdo. Respirando suavemente. Y a él le provoca abrazarla. Pero se dice que no. Se arma de valor y le pasa la voz. Le toca el hombro y le dice ya es hora. Él se para, se pone un polo, se ve al espejo, se limpia las legañas, se saca las medias. Voltea y la ve aun echada. Echada mirándolo. Y él le dice ya párate. Ya es hora que te vayas. Yo tengo cosas que hacer. Ya vete. Ella lo mira y le dice que no. Se tapa y se acurruca en la cama. Él quiere besarla: lárgate. Él quiere abrazarla: vete. Él quiere tocarla: apúrate. Él quiere quedarse allí todo el día, echado, sin hacer nada, sin hablar, solo rozando los cuerpos y oyendo sus respiraciones: ya no aguanto más, te quiero afuera.

Ella le tira la almohada. Lo manda a la mierda. Él le devuelve la almohada y le dice: déjame guiar la historia a mí. Párate, cámbiate, apúrate y vete. Al salir no voltees. No se te ocurra dar esa última mirada. Ella se para. Se cambia, no se apura y por fin camina para irse. Él pasa al lado de ella. Se detiene. Cruzan hombros y pensamientos mas no palabras. Él la huele. Sabe que será por última vez. Ella lo ama en silencio y se queda quieta. En el umbral de la puerta él se detiene. Está completamente de espaldas a ella y decide voltear. A dar esa última mirada. A darle la contra y salirse con la suya. Y voltea. Y está vacío. El cuarto está vacío. Ya no hay nada ahí. Camina hacia la cama. No tiene ni sábanas. Entra al baño. No hay nada. Abre el closet. Nada. No entiende. Se jala los pelos y no entiende. Ahora si apurado sale del cuarto corriendo y tropieza con el cable del cargador del celular. Cae al piso. Ve la mesa de noche a la altura de sus ojos. Ve el charco de agua. Lo toca. Es real. Era cierto. No lo entiende. Se para lentamente. Suelta el cable del cargador, el cual cae lentamente al piso. Se arregla el pelo. Se pone bien la sandalia. Y camina. Cierra la puerta. Y él le pone seguro. Agarra la llave y la mete a un cajón. Se sienta en la cama. Se coge la cabeza. Y se para de prisa. Abre el cajón para sacar la llave. Él quiere ir tras ella. Pero ya no hay llave. Ya no hay que hacerlo. Ya ella partió. Ya está en otro lugar. Y es donde debe de estar. Él debe seguir. Debe seguir sin ella. Buscar nuevas experiencias. Dejarla de pensar. Dejarla vivir. Él dio todo de si mismo. Y ella no lo supo ver.

Se sienta nuevamente. Ahora más tranquilo. Está mirando fijamente a la pared del frente. Y suena la puerta. Es ella gritando. Que le abra la puerta. Que sabe que está ahí. Y él se echa en la cama. Agarra su celular. Lo desbloquea. Busca en el cajón sus audífonos. Pone música. Se pone el celular en el pecho. Y lo gritos van disminuyendo. Ella se va callando. Y piensa en dormir. Total es domingo. No hay nada que hacer. Sería un día aburrido. En el que nada malo pueda suceder. En el que nada bueno se espera venir.

Saltando y soltando.

La incómoda postura de la elocuencia de los seres, que buscando su propio beneficio corroen el mundo. Entero.

¡Atención! Cabeza gacha solo para perseguir tus sueños y cabeza arriba para estar alerta. Alerta de que nadie se meta en este camino complicado ante la vista de tantos operarios del sistema.

Son voces, sonidos, estornudos y risas las que me acompañan estos días. Voces que no elegí escuchar, pero ante un mal necesario debo tolerar.

La curiosidad se aproxima y todos ya están de pie. O viene el fracaso o viene el éxito. O viene la burla o viene el saludo. Viene lo bueno o viene lo malo, que ojalá no venga.

Y hay un límite medido en meses, para saber si tu vida dependerá de extras o se podrá llegar al rol protagónico, dejando el egocentrismo de lado.

Las páginas van quedando largas, por más que la punta del lápiz vaya disminuyendo. Disminuyendo como las ganas de seguir escribiendo, y de levantar la cabeza y ver una realidad entristecedora. Realidad medida en voces, risas, muchas ellas, mucho tiempo, varias ideas y hartas ganas.

Te ruego te quedes aquí. Te ruego me dejes vivir. Yo ruego poderlo decir. No muero solo. Yo muero feliz.

Volando bajo.

Que dolor profundo sentí al escuchar esas palabras. Porque es difícil aceptar que pensamientos rencorosos toman realidad en un espacio aledaño.

Que dolor profundo sentí al darme cuenta que la confianza cuelga lentamente de las palabras y cruelmente puede ser vencida por aquella tenue brisa de otoño.

Que dolor profundo sentí al no verte más a mi lado, pero seguir oyendo tu respirar en medio de mis sueños.

Que dolor profundo sentí cuando entre versos me dijiste que me quieres, pero la oportunidad de los cuerpos latía al pensar.

Que dolor profundo sentí cuando entre tus dedos me escurrí, logrando desvanecer entre sueños de espejismos.

Que.profundo.sentimiento.de.dolor.me.dejó. el no escucharte, no verte, ni sentirte. No llamarte, ni escribirte.

Aunque a escondidas aun recuerde, recordando tu presencia.

La mierda.

¿Qué mierda sabe el silencio de ensordecedores pensamientos?
¿Qué mierda sabe la angustia de indomable rebeldía?
¿Qué mierda saben las penas de ríos salados de algarabía?
¿Qué mierda sabe el temor? Si siempre está todo callado.
¿Qué mierda sabe la soledad? Si sola nunca está… llena de ideas y prejuicios.
¿Qué mierda sabe la pasión? Si vivió tan idiotizado que no disfrutó la vida.
¿Qué mierda sabe lo correcto? Si caminó tan derecho que nunca tropezó.
¿Qué mierda sabe la muerte? Si una vez muerto, muerto se está.
¿Qué mierda sabe la mierda que mierda en todos brotó?
¿Qué mierda quiero decir con esto?
Eso jamás lo sabré.
Ni tu.
Ni yo.

La misma poronga, con más ganas.

La vio una noche de diciembre. Estaba en la estación del tren, con una mochila en la espalda y un carry on frente a ella. Tenía un chullo morado, de esos grandes como los que usan los rastas, el cual le cubría gran parte del pelo. Movía sus manos de arriba hacía abajo rápidamente y se le notaba nerviosa. O tal vez preocupada. Caminó dos o tres pasos hacia atrás, jaló el carry on hacia ella y se sentó en una banca. Levantó y bajó el asa de la maleta como unas cinco veces, hasta que por fin la dejó abajo y se paró. No pasaron ni veinte segundos cuando volvió a sentarse. Sacó su mochila de la espalda y la puso en sus faldas. Abrió el cierre, sacó un celular y dijo:»La puta que lo parió batería del orto», a lo que comprendí que ni el celular la acompañaba en esta angustia. Tiró el celular dentro de la mochila. Cerró el cierre rápidamente, se puso la mochila en la espalda nuevamente y se paró. Jaló el carry on tres pasos hacia adelante y se paró donde la vi por primera vez. Aun no llegaba a descifrar su nacionalidad, pero sospechaba que era argentina.

Me cansé de espiarla detrás de una columna y por fin me senté en la banca que estaba detrás de ella. Al pasar a su lado no pude evitar olerla. Y que olor para más novedoso. No era solo un perfume lo que olía. Era la mezcla del perfume que usaba y el olor que solo podía tener su cuerpo. Delicioso y tan opuesto a la imagen que daba. Parecía a simple vista antipática, impulsiva y mala onda. Era el olor de otra mujer. No era compatible. Ya sentado en la banca me dediqué a observarla aun más. Y la forma en que estaba vestida me encantaba. Jean rasgado, zapatillas converse, polo suelto, pero lo suficiente para que se pueda ver la forma de sus grandes pechos resaltar, una casaca con capucha abierta y el chullo morado. Ni bien terminé de examinarla escuché unos fuertes pasos y un grito que decía «Ché! Dónde mierda estabas?» La voz venía de atrás y me parecía conocida. Volteé y vi a una vieja amiga colombiana. Venía corriendo a abrazar a la chica del chullo. Ésta saltó de la emoción al verla, soltó sus maletas, pasó casi por encima mío y abrazó a mi amiga. Atiné a no voltear más para que no me reconozca y me quedé mirando de frente. Como si nada hubiese pasado. Mi amiga estaba feliz y la chica del chullo, más aun.  Gritaban, puteaban, reían y se decían de todo. Al parecer venía de visita a la ciudad y se quedaría con mi amiga.

El tren que esperaba por fin llegó. Me paré. Alisté mis cosas. Pero no lo tomé. Quería seguir ahí. Quería estar cerca a ella, sentir su olor, su presencia, escuchar su voz, ver sus maletas, su ropa, su sonrisa, sus sucias zapatillas y despeinado pelo. Y me senté en la misma banca. Y seguí mirando hacia adelante. Como si el tren que acababa de pasar no era el que esperaba.

La conversación continuaba y ya iban como cinco minutos hablando. Cada dos o tres risas volteaba y la miraba sin que mi amiga llegara a reconocerme. Pasó un tiempo más y la conversación empezó a ser más suave. Como si bajaran el volumen de a pocos. Hasta que dejé de escucharlas hablar. Me preocupé porque las maletas seguían al frente mío y pensé que se habían ido sin ellas. Volteé rápidamente a avisarles. Y la vi ahí. Estaba parada. Mirándome. Sola. Ya no estaba mi amiga y no había nadie en la estación. Solo ella, yo y ese olor tan peculiar. Estiró su mano en dirección hacia mí y cuando abrió la boca para decirme algo puse mi dedo índice sobre sus labios y le dije que no lo hiciera, que no dijera nada. Que entendería su silencio. Que no la juzgaría. Que trataré de recordarla, aunque cada vez sean más débiles los recuerdos, más cortas las llamadas, más breves los textos, más leve el sonido de su risa, más opaca su sonrisa y que su olor, por más que duela, ya no es el mismo de antes.

Jarana de escritorio.

Entre el cotorreo. Las angustias. Que son ajenas. Pierden los papeles. Gritan. Muerden. Y luego rien. Y están todos felices. Todo es dejado de lado. Se abren las cervezas. Suena la quijada de burro. Los cajones. Clarinetes. Una voz ronca y ensordecedora. Los zapatos retumban en la acera. Risas y carcajadas. Borrachera. Jarana. Mujeres. Vómitos. Vecinos se quejan. Que apaguen esa bulla le dicen. Y una señora les tira un balde de agua y les malogra los parlantes e instrumentos.
Él que bailaba va hacia adelante. Con los ojos cerrados. Y ahora abre los ojos. Y ya se paró la música. Se acabó esa canción de computador. De tres minutos y medio. Y vuelve al cotorreo. A las angustias.
Eso si, angustias ajenas.

Y Sentado.

Amanece con calma. Se crea tranquilidad. Inventa buenos pensamientos. Se miente. Se peina. Saluda. Se despide. Camina. Se sienta y se sienta. Mira y ve. Escucha y oye. Pregunta y refuta. Habla y no grita. Se calla y no piensa.

Se sienta y se sienta.

Mira y no oye. Escucha y no ve. Se queja y se calla. Habla y lo callan.

Se sienta y se sienta.

Respira y presiente. Gira y lo confirma. La mira y escucha. Asiente y parpadea. Bosteza y no come. Tiene hambre y va al baño. Camina y no cuenta. Cuando cuenta se sienta.

Se sienta y se sienta.

Afronta y lo ve, logrando escuchar lo que oía y mirar lo que veía. Está despierto, tiene hambre y come. Salta y camina. Refuta y grita. Y lo callan. Y grita. Y maldice. Y escupe. Y se para. Y se va. Y sigue gritando. Y sonríe. Y sale. Y levanta la cabeza.  Y ve el cielo. Y que éste está oscuro. Y baja la cabeza. Y mete las manos en sus bolsillos. Y da la vuelta hacia atrás. Y entra de nuevo. Y tiene hambre. Y no come. Y escucha gritos. Y calla. Y no ve, no escucha, no oye ni mira.

Y se sienta y se sienta.

Manta de parquet.

Caído. Sobre una manta marrón. Grande y granulada. Que el viento lograba levantar. Caía sobre sus ojos. No lo dejaba ver. Había caído ahí sin saber cómo.

Él camina hundiéndose en el terreno irregular. El sol lo mata y le cuesta continuar. Recuerda palabras de aliento, que fueron dadas a alguien más. Pues él siempre las escuchó. Siempre supo como eran, mas nunca las sintió.

Se motiva falsamente. Se cree el mejor jugador de la cancha. El que conquista a las chicas cantando. Debe continuar.

El sol empieza a calmar. Incrementa el viento, que chicotea la arena contra su cuerpo desnudo. A lo lejos ve un ave. Es una gaviota y le da esperanza.

Piensa en salvarse. Recuerda a ella. Recuerda su voz. Su burla. Su traición. La decepción. Cólera que arde en sus entrañas. Ardor. Sabor amargo. Rostro duro. Falta de emoción. Calor. Dolor.

Él se sienta. Mira sus manos. Las pega a sus ojos como si buscara verse por dentro. Ver dónde está todo este malestar para estrujarlo y matarlo rápidamente. Pero no hay nada ahí. Nunca hubo nada. Porque él delira. Él está ahí echado, entre esas cuatro paredes y piso de parquet. De parquet con tierra. Con tierra caliente. Caliente por esos fuertes reflectores. Y le piden que hable, que confiese. Que quién fue. Y él que no comprende. Que habla de ella. De la traición. Del dolor que lleva adentro. Del mal que se le hizo. Y ella le dice estoy acá. Mírame. No me fui. Y él que la mira. Y no ve nada. Otra vez las mismas cuatro paredes. Un piso de parquet. Con tierra caliente. Un reflector ardiendo y un sentimiento de dolor. De dolor que está ahí. Ahí.

El reflejo de las sombras

Es como una sombra. Es como una maleta, llena de piedras. Es como un auto sin reversa. Es como una mirada sin confianza. Es como una risa sin brillo del alma. Es como una tarde sin luz.

Es oscura su presencia. Es tardía su respuesta.

Es imposible notarlo. Pero está ahí. Está a la acecha. Está inquieto. Está esperando.

Sentado. Firme. Serio. Ahora tranquilo. Cauteloso. Mirando cada detalle. Leyendo cada palabra. Escuchando su respiración. Oliendo su aliento.

Y él sabe. Él sabe su rutina. Él sabe sus manías. Él sabe lo que hará y lo que nunca jamás hará.

Ella no sabe que él la ve.

Así como él no sabe que ella espera. Porque ella es como una sombra. Es como una maleta, de esas llenas de piedras…