Me siento en Manhattan, el café de Jr. Santa Rosa que recién ando conociendo a mis 32 años. He venido al centro para apostillar un documento, saliendo he visto este café y quiero creer que el lugar tiene muchos años e historia. Me recibe un señor mayor y hace que mi prejuicio se fortalezca. Tengo el celular al lado y estoy tentado por buscar en internet si es que estoy en lo cierto o no. He pedido un capuchino, con leche sin lactosa. Hay un señor al lado tomando un latte y leyendo el periódico. No sé si ande como yo, haciendo hora en una zona lejana a la suya o sea uno de esos señores que aún siguen viviendo llenos de rituales y rutinas, aferrados al pasado donde todo era mejor y placentero para ellos. Porque en mi prejuicio también está esta idea de la persona mayor que sigue visitando los mismos lugares, sentándose en la misma mesa, pidiendo lo mismo y siendo atendidos por la misma persona. Todos siendo muy amables con él, a pesar de que tal vez no les agrade tanto como cree su presencia. La verdad que es agradable mi estadía, se me asemeja a la idea de algún lugar de Europa, a donde estaré partiendo pronto, y el haber terminado estas líneas sin corroborar la real edad del local me satisface tanto como el caliente capuchino con leche deslactosada que estoy por acabar.
manhattan.
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