Tocar la guitarra.

En pocos metros cuadrados andaba encerrado por horas al día. Entre lecturas, trabajos y pensar en el guion que debía escribir se agotaba mi energía. Cuando no estaba encerrado en casa, los días solían ser bastante parecidos. Seis de la mañana sonaba el despertador. Al baño primero, luego tender la cama, tomar desayuno, alistar la lonchera y salir a más tardar 6:45 a.m. Manejar unos treinta, treinta y cinco minutos y 7:30 en punto empezar a lijar el bote que tocara. A las diez teníamos un break de quince minutos. Le decían el «smoko» que abreviaba «smoking break», o pausa para fumar en español. En ese tiempo solía comer un par de panes con jamón y queso y tomar un feo café barato. A la una en punto era el almuerzo, y solo eran treinta minutos no pagados. Luego de corrido hasta las cuatro, cuando el jefe decía «it’s beer o’clock», jerga para es la hora de abrir una cerveza. Y así era, mientras escribíamos en nuestro libro todas las actividades del día. Yo solía aceptar una cerveza de vez en cuando los días de semana. Los viernes siempre aceptaba una y a veces hasta dos. Me asustaba el tema de manejar con alcohol, que me parara un tombo y me deportaran. Siempre exagerando. Y a las cinco llegaba a mi casa, a bañarme y avanzar con los incontables trabajos de la universidad. Y metido en esa rutina y aburrimiento pensé en que era momento para aprender a tocar un nuevo instrumento. Me engañé diciéndome que con YouTube lograría aprenderme al menos un par de canciones. Tenía también varios textos escritos a los cuales les quería poner melodía. Y en la idea de hacerme músico, como si me sobrara el tiempo, me puse a buscar guitarras de segunda en el Facebook Market. Los precios variaban entre los veinte y doscientos dólares. Así que busqué la mejor opción de las de veinte dólares y me fui a buscarla. Eran como las cinco de la tarde y quedé con el vendedor en que iría a recogerla a su casa. Me confirmó el horario y salí. Era un día caluroso y el lugar me quedaba justo a media hora. Manejando me di cuenta que nunca había ido para aquel lado de la ciudad. Estaba en un vecindario bastante alejado y nuevo. Llegué a la casa del comprador y me pidió que por favor lo esperase unos minutos, que estaba a unas cuadras. Me cuadré fuera de la casa, apagué el carro y dejé la radio prendida. Bajé un poco la ventana del piloto y me puse a escuchar música y divagar en el celular, muy de mi generación. A pocos minutos, el vendedor apareció cuadrado al lado y me dijo: «Nick?» Me agarró desprevenido y me asustó un poco. Le dije sí, hola. Cuadró su carro y bajé del mío. Entró a su casa por la guitarra y demoró un poco más en salir. Me entregó la guitarra, que estaba como nueva. Le di los veinte dólares y me fui amablemente. Cuando traté de entrar al carro me di cuenta que en el apuro y la distracción había dejado la llave puesta, la radio prendida y que había cerrado con seguro la puerta. La ventana estaba solo un filo abierto. No podía creerlo. Era primera vez que me pasaba eso. En Lima siempre había tenido carros con alarma y es más difícil que dejes la llave adentro. Traté de meter mi mano por la ventana. Estaba cerca de las llaves pero me era imposible sacarlas. Intenté durante veinte minutos seguidos y fue en vano. Me corté el brazo de tanto sobarse con el vidrio así que decidí parar por ese medio. Puse la guitarra a un lado, me senté en la vereda y me puse a pensar. Justamente había huido de mi casa para distraerme, aprender a tocar guitarra y no pensar, solo descansar. Y acá estaba sentado, pensando como abrir el carro. Caminé por la cuadra en busca de ideas, alguna rama para jalar la llave. Arranqué algunas ramas viejas y sin hojas de un árbol. Los vecinos me empezaban a ver raro y yo solo atinaba a sonreír y asentir la cabeza. Logré sacar unas tres buenas ramas, fui al carro a probar la pesca de llaves, pero fue en vano. Otros veinte minutos perdidos. Las opciones se me acababan. Solo podía llamar a una persona. Un amigo peruano que justo esa tarde había salido a tomar con uno del trabajo a un casino. Esa era mi última alternativa. Aunque igual no tenía llave de repuesto en mi casa, así que sería en vano esa llamada. Seguí buscando alguna solución y caminé la cuadra en la dirección opuesta. Fuera de una casa había un calefactor malogrado. Tenía un largo cable y el enchufe. Arranqué el enchufe del cable y traté de cortar el cable del calefactor. No tenía ningún cuchillo así que empecé a sobarlo contra el sardinel. Una vecina me miró desde la ventana de su cocina. Me habrá creído loco. Logré cortarlo. Corrí hasta el carro y traté de llegar a la llave. Y una vez más fue en vano. Intentar llegar a las llaves no iba a funcionar. El pestillo era plano y también imposible de abrir. Mirando por dentro el carro vi la palanca para abrir la maletera. Abajo, en el piso, había una palanca que se jalaba hacía arriba para abrir la maletera. Metí el cable por el filo de la ventana y lo dejé caer hacia la palanca. Me faltaba una especie de aro para enganchar la palanca y jalar hacia arriba. Sacrifiqué la pita de mi ropa de baño y la amarré en forma de aro al borde del cable. Luego de unos pocos intentos logré enganchar la palanca, jalar y abrir la maletera. Salté y grité por toda la cuadra. Recuerdo reír mucho. Buscar a alguien con quien celebrar la hazaña, cruzar miradas de felicidad, de “mira lo logramos”. Y seguí bailando en la pista. Como indígena rogándole al cielo por lluvia. Sin zapatos, con la ropa de baño que se me caía, pero feliz. Y agarré la guitarra y me metí con ella por la maletera. Prendí el carro, puse a la guitarra de copilota, puse a Gaia de fondo y partimos hacia casa. Y la anécdota quedó para siempre, y la guitarra terminó en manos de Ricardo, el protagonista de mi segundo corto, luego de meses de intentos frustrados por aprender un par de notas por internet.

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