Los diálogos de las películas deben, o deberían en todo caso, siempre ser la copia textual de algún diálogo que existió y fue fruto de un impulso, de algo no planeado, como la vida misma. Ayer lo pensé tras ver una película cuyo nombre no recuerdo, cosa que no suele suceder conmigo. Una madre le dijo a su hija: la edad en el amor no es una excusa, el amor es, sucede, se siente, y no discrimina. La hija, de unos quince años de edad, se excusaba con la madre el no querer viajar con ella al sur del país, pues donde estaban viviendo estaba su amor, su amor quinceañero muy poco probable que perdure en el tiempo, como ella misma se lo hizo saber a la madre. La respuesta de la madre fue la menos esperaba, al menos por mí, pues le dijo eso que mencioné lineas arriba sobre el amor. Pues simplemente es, sucede, existe, y por más que no sea duradero o importante como la mayoría de la sociedad repite una y otra vez, y como muchos padres crían a sus hijos, pues esa marca perdura a lo largo de la inmadurez, madurez, vejez, y tal vez tras la muerte también.
No sé más de lo que he experimentado en la vida misma. Los viejos me consideran joven. Los jóvenes me consideran viejos. Y yo ando perdido. No sé si soy lo suficiente viejo o joven, pero sé de lo que viví, sentí, lloré y reí. Y ese amor de quinceañero, esa euforia, adrenalina, y estupidez que se mezclaba entre mis últimos años de colegio y primeros de universidad son la prueba que sin importar la edad, la marca se queda contigo, como un cicatriz en la piel.
