No más reojo.

No me cuesta tanto esta cuarentena. Estar en casa y no salir ya no me es ajeno. Ya hace un tiempo que me amisté conmigo. Que nos mandamos a la mierda y sacamos los trapos al aire. Hace un tiempo fue que nos mandaron al aislamiento juntos. Y estuvimos ahí, encerrados.

Al comienzo cada uno por su lado, sin hablarnos, sin mirarnos. Como dos pequeños hermanos castigados por su madre. Mirándonos de reojo para ver qué hacía el otro. Con unas ganas incómodas de pasarle la voz. Pero el orgullo que me gana. Y el silencio se prolonga.

Y tras la ira: calma.

Empezamos a compartir. A llevarnos mejor. Hasta llegar a ser casi uno solo. Ahora sí ando cómodo en mi compañía, pero eso me lo enseñó la soledad. Que no te requiere muchas veces estar solo. Porque la soledad se encuentra en grandes estadios llenos de gente. En almuerzos familiares de domingo. Ahí, sentado entre los tuyos. Porque solo no significa andar solo.

Solo es igual a estar contigo. Con el que no podías ni ver. Con el dueño de tus excusas. De tus fracasos. Y llevarte bien.

Con él.

Contigo.

Y dejarte ser flojo, a veces. Y perfeccionista otras. Dejarte ver una película romántica y llorar. Sin ser juzgado. Y convertirlo en lo normal, en lo sin novedad.

Y esta ruleta nos ha metido a todos en esta carceleta temporal. A este tiempo de cobrar por tu mal comportamiento. Y nos ha encerrado con ese al que le huyes. Con ese que andas evadiendo en las mañanas al lavarte los dientes. Porque él te mira de frente. Y tú de reojo te excusas en el trabajo. En la pareja. Y en las excusas para no mirarlo de frente. Pero ahora no puedes correrte. Y tal vez eso te ande alterando. Te tenga corriendo kilómetros en círculos. Entre los muebles. Entre la sala.

Y ten cuidado no te vayas a tropezar. Entre tus tantas prioridades y termines sentado en el sillón. Al lado de este loco que te anda persiguiendo para ver si de una vez por todas pueden amistarse. Tratar los temas que les vienen molestando, e insultarse si es necesario. Arreglarse. Y por fin tratar de irse como uno solo a hacer lo que les gusta hacer cuando de verdad no se tiene nada que hacer. Como cuando de niño te quedabas en casa, y entretenías tu día, tu mañana, tu tarde haciendo lo que de verdad te venía en gana. Lo que verdad necesitas hacer. Lo que tu cuerpo te pide a gritos. Y escucharlo sin miedo a ser juzgado. Sin miedo a sentirte presionado.

¡Que nadie te mira!

Y que al menos, el que te venía persiguiendo ahora te anima.

‘Nadie te mira’

Deja un comentario