El espejo y sus distancias.

Hoy me percaté de la distancia de la que te separas del espejo al lavarte las manos. Es casi siempre la misma. Unos dirán: en mi casa son centímetros más. Otros: en la mía son menos. Pero sea cual sea el escenario, la distancia está marcada. Y será condicionada a la percepción personal de cada ser. Las maneras de vernos. Nuestras formas, ángulos y miedos serán reflejados por esa distancia.

Recuerdo pasar quince días en el desierto. Acampando, sin señal de celular, ni de internet. Durmiendo en carpas, pescando todas las mañanas, y no viéndome reflejado en un espejo. En ningún momento del día. Luego, al llegar a la civilización, entrar al baño del grifo, y dudar al reconocerme en el reflejo del espejo. A una distancia no acostumbrada. Más distante a la del baño de mi casa. A una cara casi olvidada. Y sonreír. Y reconocer que es la sonrisa más sincera que recuerdo de los últimos días. Que tal vez me haga acordar a la del último campamento, un año atrás.

Y es que la distancia también es parte de esta sonrisa. De esta sorpresa. La distancia te varía la percepción. Juega con tu memoria y te hace preguntarte quién es ese. Y si esa sonrisa fue aliada de un halago, un auto-halago, la sonrisa va de la mano del sonrojar y pues revela que lo visto, que lo percibido y mal desligado de uno, ha sido gustoso y afirmativo. Y ahí es cuando vuelvo a lo importante de tu espejo, el de tu baño. El que te dice cómo eres, o cómo es que crees ser.

Pienso: estaría bueno evitar los espejos en los baños o cerca de lugares que frecuentemos muy seguido y en la mayoría de sus veces sin la capacidad de pensar claramente. Porque cuando me lavo las manos, los dientes o me afeito, me ando mirando fijamente y a la vez pensando en cualquier otra cosa que en mí.

Creo: deberíamos colgar los espejos como cuadros, cosa que podamos cambiarlos de posición de vez en cuando. Así tal vez nos queramos más. Nos miremos más. Nos hablemos directo. Nos sorprendamos de quiénes somos y de lo que reflejamos.

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