Pateo la idea de plasmar estos momentos en papel. Las ganas de escribir son tremendas. Pero no quiero leer más tarde. Mañana. Estas líneas del perdido. Del que hace tiempo no distingue agua de tierra. El sol y las sombras andan iguales en mi mente. Se vuelve todo un plano muy llano. Muy similar. Casi monocromático. No distingo ni los carros de la pista. Y echado en la vereda siento que ando entre nubes. Y yo no sé muy bien como decidir. Como seguir viviendo. Buscarle un sentido. Y a ese sentido exprimirle dinero. Y si no sale dinero, entonces no es el camino. Sigue buscando. Y me dan los 29. Y uno que sigue buscando. Probando y forzando. Ya yendo más por impulso. Por inercia. Porque la voluntad está en huelga. Muy bien sentada en la puerta de la casa. Como quien espera el bus. O se despide del sol por la tarde. Y esa luz me recuerda que hasta un ciego debe andar mejor orientado que yo. Que este sujeto que no encuentra ni mierda. Que se ha puesto a pensar que desde niño uno supo que hay gente aburrida. Gente interesante. Gente de récords. Gente famosa. Que hay vidas que pasan y no dejan huella. Que son vidas silenciosas. Muy llanas. Y uno que es chico, pues piensa en la suya con fama, en la suya grandiosa. Y ahora llegando a cierta edad me he cuestionado si es que acaso seré el silencioso. La vida de las sombras. De la aburridas. De las que nadie recuerda. Y el solo hecho de pensarlo me molesta. Y uso esa palabra, ‘molesta’. Super simple. Muy sincera. Y reversa que no se deje utilizar. Que para atrás ya no más que recuerdos. Son memorias. Errores y risas. Dolores y amores. Espejismos y deslices. Ideas y masturbaciones mentales. Reflexiones sobre el tiempo y la madurez. Sin sabores. Conversaciones de dos. Como las que rondar ya hace años en mi cabeza. No comprendo con certeza cuando hablamos por primera vez. De pensamientos te fuiste colando. Cambiaste de alternativa a domador. Ni una tocada de timbre. Un silbido de ventana. Nada. Simplemente te metiste, con todo y barro en los pies. Te acomodaste, y cometí el error de darte de comer. Te sentaste en el sillón, prendiste el televisor y yo te di de comer más. Y más. Y más. Te llené de dudas, ideas, situaciones futuras falsas. Y más masturbaciones mentales que te dieron mucha vida. Mucha presencia. Y a patadas te ando botando. Ya me hartaron las migajas en el sillón. El olor a fritura y tu simple y ‘molesta’ voz. Te he cortado el alimento. De vez en cuando te doy un pedazo de pan e inmediatamente me resondro por idiota. Me grito y despabilo para recordar la lucha que tenemos. La lucha por volver a estar solos. Por largar a este indeseado y vivir en lucidez. Porque esta mente no descansa. Y el indeseado anda gritando en la sala. Que más comida. Que muero de hambre. Y su presencia llena la casa al punto de que el escritor tenga que pararse a calentarle un plato al gritón y ponerle punto final a este texto.
No hay espacio para dos, por favor.
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