Soy consciente que las tengo guardadas. A una con mayor sentido que a la otra, la verdad. No la he querido sacar de ese oscuro lugar aun. Ése ático lo cerré en Marzo, recuerdo. O fines de Febrero. Hubo un cambio de estación involuntario que me obligó a cambiar la ropa del armario en cuestión de horas. Se fueron rápidamente para arriba las chalinas, chompas y los chuyos. Y ya estaban abajo los shorts, bividis y gorras. El sol brillaba fuerte y me ayudaba a no ver. Ni recordar.
Que a veces es bueno no recordar.
No mirar.
Y respirar.
Respirar ese aire de ático. De espacio cerrado. De cuarto inconcluso. De poca vida. Y que lleva gran parte de la mía allí adentro. Ese aire que alergias me ha dado. Como aquella vez que lo abrí hace poco. Unos pocos meses. El nueve para ser exacto. Cuando te impuse compañía. La cual estoy seguro tú no querías. Pero en corto tiempo, sin previo aviso sucedió. No esperaba invitados. No tenía reservas. No calculaba con respirar de ese aire por un muy buen tiempo. Y aquí me tenías. Ojeando rincones que intento olvidar. Oliendo recuerdos que atollan mi ser.
Y ahora al lado tuyo te han hecho compañía. Y el amor que les tengo es igual en intensidad. Igual para ambas. Mas en cantidad hay desventaja. Y es que la tengo desde antes.
Y es que me tiene desde antes.
Hoy soy consciente que las encierro en el ático. Que sé que andan ahí. Arriba. Siempre presentes.
Siempre ocultas.
Y me llaman de abajo. Que ya toca bajar a la casa. Y es que entre recuerdos me he distraído. Y con el poco aire me he adormecido.
Y ha sido lindo verlas, no duden.
Que el de la duda soy yo.
¿Debería bajarlas?
¿O es mejor visitarlas?
Por ahora allá arriba andan bien.
Por ahora acá abajo ando bien.
Las quiero.
Visita al ático.
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