Suena el teléfono y la formalidad se apodera de él. Buenas tardes. Se encuentra. Gracias. Palabras claves para iniciar una conversación en la cual el único interés era saber si es que su amigo se encontraba en casa y tenía permiso para salir a montar bicicleta. Ante la respuesta positiva de que efectivamente el amigo sí estaba en casa, la formalidad se perdía y la pregunta era rápida y sencilla. «Vamos a montar?». Luego un «Ya, déjame avisarle a mi vieja, te veo en el grifo, chau». Colgar el teléfono y gritar a tu madre que vas a salir mientras que te pones las zapatillas lo más rápido posible. Mientras que eliges el polo más viejo y te amarras el pasador empieza la rueda de preguntas clásicas. Con quién vas, a dónde vas, a qué hora regresas, tienes tareas, no llegues tarde que mañana hay colegio, anda con cuidado. Y las respuestas son rápidas, mas no sinceras. Con los de siempre, por acá nomás, temprano, no hay tareas, sí tranquila. Mentiras, mentiras y mentiras. Porque ni bien doblabas en la esquina de tu casa y ya estabas haciendo un caballito, zigzagueando de izquierda a derecha sin ver si venía carro atrás. Porque a esa edad se va a toda velocidad. El tiempo es oro. La tarde es valiosa y sólo se vive el momento. Llegas al grifo y ya están sentados ahí algunos, esperando que lleguen todos para salir a hacer las impertinencias de siempre. No hay celulares y somos felices. No hay Facebook y somos felices. No tomamos alcohol ni fumamos y somos felices. Somos inocentes, y somos felices. Y llega el último, porque siempre hay un tardón, y es normal. Pues su vieja es la que más jode. Y las preguntas de rutina en su casa son más largas. Y las respuestas no pueden ser de memoria. Porque ahí si que se molesta la tía. Y a su cuarto y no sale esa tarde. Muchas veces nos pasó que no llegaba alguno, y entre varios teníamos que juntar monedas destinadas para algún refresco o papitas fritas y llamar desde un ring a ver si es que llegaba o no. Si contestaba él, todo bien. Una negativa y ya está. Si contestaba su vieja. A colgar nomás. Ya estaba claro que no llegaría. El grupo entero éramos cuatro. Alonso que venía de La Estancia, el Chino desde La Planicie, Luis de Rinconada y yo desde El Sol de La Molina. Andábamos en unas BMX. No tenían cambios pero tenían pegs que eran para relear, aunque para nosotros eran sólo para llevar a alguien parado atrás. Las bicicleteadas comenzaron por La Laguna. Saltábamos en los rompemuelles, subíamos los muros de las casas, íbamos por el pasto, bajábamos las escaleras a toda velocidad. Nos metíamos a los terrenos abándonados y hacíamos un circuito con lo que encontrábamos ahí. Recuerdo uno de los primeros saltos que hicimos. Fue en un parque abandonado en La Laguna. Era un parque de tierra, en el medio de una manzana. No tenía mucho sentido, ni era muy conocido. Ahí pusimos un tronco roto echado, un poco de tierra en uno de los lados y listo. Teníamos una rampa de lujo. Nos pasábamos horas saltando ahí. No teníamos reloj que nos indique hace cuánto estábamos ahí ni cuánto más nos quedaba por disfrutar. El sol se encargaba de hacernos saber que la tarde ya moría y el día se acababa. Que había que pedalear de vuelta a casa y que al día siguiente nos veríamos de nuevo en el colegio. Con el mismo grupo luego empezamos a montar skate. Y que buena decisión fue. Por esa época no existían en Lima las tablas largas de downhill ni sabíamos mucho del tema. Como el internet era nuevo y no sabíamos usarlo bien no estábamos muy enterados de ese deporte. Hicimos un circuito en La Planicie que terminaba en la puerta de la casa del Chino. Si montábamos un fin de semana, podíamos pasarnos desde las 11 de la mañana hasta las 6 de la tarde subiendo y bajando la misma ruta. Bajábamos a toda velocidad y subíamos o caminando y conversando o tirando dedo. A veces nos tocaba algún buena gente que venía en una pick-up y nos jalaba en la tolva hasta la última tranquera de la urbanización. Con cuidado muchachos. Gracias. Y a bajar de nuevo. De freno un par de botellas de gaseosa vacías, las cuales luego de un par de bajadas teníamos que cambiar por nuevas.
Han pasado tal vez ya 15 años. Yo escribo esto desde Australia. El Chino anda en Argentina. Luis volando por el mundo. Y Alonso foteando en Lima. No sé si tuvimos suerte. No sé si es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. No sé si volveremos a sentir lo que sentimos por esos días. No sé si éramos conscientes de que tal vez, esos días, hayan podido ser los mejores días de nuestras vidas.
