Soñé con la palabra tranvía. Me desperté pensando en un tranvía. Que era rojo, no muy largo ni muy nuevo. La ciudad donde andaba era antigua. El cielo despejado. Olía claramente la brisa del ambiente que me decía que andábamos cerca a la costa. Poco a poco se iba armando el panorama, a cada latido se armaba la historia. Iba apareciendo en mi cabeza, ya no sé si inventada a raíz del tranvía, o a manera de recuperar lo que en verdad había soñado. Pero sé que tengo una taza de café en la mano izquierda y la mano derecha en el bolsillo. Es una taza blanca. Y no sé porque ando con una taza caminando por la calle. En el bolsillo juego con colillas de cigarro. Me huelo la mano y apesta. Y me entero que fumo. O que la casa es prestada, de algún fumador. Ando en un estado sonambulesco. Casi a manera de piloto automático. Con la mente desorientada. El cuerpo funciona de memoria. Los pasos son certeros y sin duda alguna. Sabe bien a donde va y el terreno que recorre. Mi cabeza en cambio no tiene la menor idea. Todo es nuevo y lo disfruta de una manera diferente. Como cuando eres niño, y viajas con tu familia. Vas descubriendo el lugar, la gente, sus sonidos. Y estás aterrorizado pero de una u otra manera confías en que si tus padres están ahí contigo y te han llevado hasta allí, nada malo podrá pasarte. Y ahora la taza de café ya no está en la mano, y me encuentro con las manos juntas, abrazadas. Y las acerco a mi boca y las abrazo con mis labios. Y permito que el aire caliente de mi boca se pasee entre mis dedos, entre la palma de mi mano, entre mis muñecas, y que se calienten de la fría noche en la que ahora me encuentro. Me duelen los muslos y al mirarlos me entero que ando sentado al borde de un abismo, con los pies colgando. Estoy en un malecón y abajo, a unos 10 metros, una fría y húmeda arena me espera por si decido saltar o caer. Mi cuerpo pareciera dispuesto a dejarse tentar por ella. Mi mente le dice que no. Y por primera vez en el sueño domino mi cuerpo. Y no salto. Ahora camino por el malecón, y no es lo mismo. No es lo mismo dominar el cuerpo. Mi cabeza da tantas vueltas y preguntas que el sentimiento es aburrido. Es irresponsable y monótono. Es tan certero que pareciera un juego de tablero, donde los movimientos de las piezas son lentos, duros, pausados. ¿En qué momento se volvió esto tan rígido? ¿En qué momento me volví tan aburrido? ¿Por qué ando tratando de dar el paso perfecto? ¿Por qué no quiero fallar? ¿Por qué no me dejo llevar por las sin razón? Quiero desligarme de ésta consciencia certera de mis pasos. Quiero ser otra vez ese turista. Ese niño sore los hombros de su padre, yendo a donde él quiera. Sin temor. Quiero que la mente vaya por una lado. Que el cuerpo por otro. Pero ya no sé como volver hacia atrás. No sé como retroceder. Y en éste juego de palabras mi mente me dice que retroceder es malo, negativo. Pero mi cuerpo me dice que no. Y decide dar pasos hacia atrás. Ir en reversa. Porque no está mal ir hacia atrás. Sin girar la cabeza para ir espiando lo que viene. Sino, ir descubriéndolo mediante cada paso dado. Y en perspectiva diferente. Y me doy cuenta que yendo hacia atrás he recuperado la separación de mi mente y cuerpo. Y sonrío. Pues no está mal retroceder. Al final. ¿Qué es normal me pregunto? ¿Qué está bien? ¿Qué está mal? Ya no sé. Pero disfruto del camino. Y la taza de café aparece en mi mano izquierda. Y el cigarrillo en la otra. Y soy yo el que fuma. Y me rio. Y le doy una pitada larga, la disfruto. Sonrío de nuevo. Y vuelvo a vivir. Vuelvo a ser feliz.
Avanzar hacia atrás.
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