Corre.

Cuándo se escuche que la angustia está situada en mí. Corre.
Corre porque es necesario que huyas de aquí.
Que cojas lo poco que traes puesto y partas.
Es necesario que sepas que las ganas no las pongo yo. Que éstas son como las olas que inocentemente se mezclan entre las piedras, gritando, pidiendo socorro.
Porque las piedras no gritan a menos que sean empujadas entre ellas, por esta agua turbia y embrabecida. Esta agua que soy yo.
Y si a las piedras piernas les hubiesen dado, o manos de maliantes que las tirasen cual proyectil en una guerra de barrios, pues les hubiese pedido también que huyan. Que sea cual sea la manera, que huyan. Que corran lo más lejos posible. Que vuelen de esas manos que buscan venganza… que cual paloma caída del nido, es suspendida en el aire por manos humanas. Por manos liberadoras y esperanzadoras.

Porque se pudo decir basta. Se pudo decir: hasta aquí nomás. Pero yo no controlo estas fuerzas indomables. Este empuje aterrador que me domina el alma, me contrae las ganas y me retuerce el gusto de decírtelo al oído.
Porque trato y suspiro.
Lucho y pataleo.
Grito y no hayo tregua.
Por más que trato y lo intento.

Y te acercas, lo digo. Los labios se separan, la lengua se retrae, los dientes se alejan. Y se escucha: Corre.

Corre que aquí no hay dudas del fracaso.
Que aquí la esperanza está al acecho.
Que aquí, aunque no se quiera, se promueve el alejamiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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