Unos salen y otros entran. Unos ríen y otros lloran. Unos se preguntan y otros simplemente miran de frente.
Y que envidia pues no sentir. No saber lo que es tener la calma por lo suelos, la angustia al lado del corazón y la tristeza por todo tu cuerpo.
Hoy las palabras no me ayudan. No quieren salir de mi ser y se pelean con mis dedos por mantenerse en cautiverio. Se aferran a mi vientre. No quieren ni asomarse. Hoy prefieren quedarse bajo sombra y no sentir la radiación de mi sentir. Porque muy bien saben que hoy dolerá. Hoy muy bien saben quiénes serán las primeras en la fila, cuáles son las más solicitadas y cuáles lamentablemente, hoy, no las necesitaré.
Ellas saben que el equipo ya está formado. Saben muy bien que no habrán sustituciones y que por más que haya más de un lesionado la alineación se mantendrá igual.
Hoy decidieron no salir ni a jugar el partido. Prefirieron ahorrarse el trajín y el sudor. Prefirieron no luchar una batalla que sabían tenían perdida desde el vestuario. Lamentablemente no me lo comunicaron. Fui el único en asistir al encuentro. Salí peinado y bien vestido. Y lo esperado sucedió. Me acribillaron. Me metieron no uno ni dos. Me metieron más de diez.
Más de diez razones para seguir llamándolos. Para seguir pidiéndoles que salgan. Que hoy no me dejen solo. Que ya ando solo. Y no me gusta.
Les importó poco, se revelaron y siguieron en su firme posición. El cerebro me decía tendrás que adaptarte a la situación. Buscar a los suplentes, a los que siempre están listos. A los entusiastas. Y yo que me negaba. Y ellos que hinchaban a toda voz. Ya los sentía saltando. Generando el ambiente adecuado para el partido de sus vidas. El partido que venían esperando desde hace años.
Y así llego. Un solo pensamiento de alegría brotó de mi ser. Y el equipo sin que siquiera lo llamase ya estaba en la cancha. Listos para el segundo tiempo. Estaban cada uno en su posición. Estiraban y hacían el calentamiento previo.
Previo al gran encuentro de la historia de su eternidad.
El equipo rival ni bien salió y ya tenía dos adentro. La alegría fue invadiendo un poco más mi ser y las tribunas empezaron a llenarse. Primero las populares. No tenían ni bombos ni instrumentos, pero si que coreaban fuerte. Metieron dos más y occidente llenó sus asientos. Dos parpadeos después y el estadio estaba lleno. Habían banderas, tambores y serpentinas. Me visitaron hombres y mujeres. Niños y niñas. Ancianos y ancianas.
Y ese día entraron todas. Ese día realmente fue el partido de sus vidas. Fue la oportunidad soñada, tomada y disfrutada. Fue el claro ejemplo de como un texto que comenzaba por mandarme al río de los llantos, me termino enviando al hermoso carnaval llamado vida.
No te alejes vida mía.
No me dejes sin salida.
Estate cerca a mi querida.
Dame siempre tu alegría.
