El sol a cierta edad.

Que costumbre más extraña tenía de mirar el periódico de atrás para adelante. Felizmente era un tabloide el que leía todas las mañanas, por lo que solo le tomaba unos cuantos minutos. Su preferencia por los periódicos chichas seguía intacta. Primero El Trome, seguido de El Chino y siempre guardando para el final al gran Ajá. Su vida estaba llena de manías y rutinas. No usaba zapatos, ni zapatillas: siempre usaba pantuflas. Medias largas hasta casi la rodilla. Pantalones en tonos marrones y siempre de corduroy. La correa era una sola. La misma desde hacía ya casi veinte años. Las camisas siempre a cuadros. Ni polos simples, ni polos con cuello. Un chaleco cubriendo el pecho, haga frío o calor. La chompa era infaltable, pues con la ineficiencia de Senami, uno nunca sabía el clima del día. Los desayunos, almuerzos y comidas estaban divididos por los días de la semana. Era muy disciplinado con lo que comía y solo, pero solo los domingos podía darse el lujo de freír un huevo o acompañarlo tal vez de un pedazo de tocino. De lunes a sábado y sin excepción desayunaba frutas: mandarina, papaya y piña, un café americano sin azúcar, dos tostadas de pan integral y un par de huevos escalfados. Los almuerzos eran: arroz blanco, lechugas y tomates frescos y algún tipo de carne cocinada al horno, pues decía que era la manera más saludable de comer las carnes. Paco era su único amigo. Un loro de ocho años de edad al cual tenía dominado bajo las mismas rutinas que él.

Él y Paco solían conversar por las mañanas. Era más un monólogo que una conversación, ya que Paco solo sabía decir dos palabras: choclo y mamacita. Por las tardes salía a pasearlo. Lo ponía sobre un viejo palo de escoba y le daba un par de vueltas al parque que quedaba al lado de su casa. Los vecinos conocían ya muy bien a ambos. Los saludaban por su nombre y a sus espaldas cuchicheaban sobre lo loco que parecía estar. Él sabía que hablaban de él, y sabía que no decían las mejores cosas. Pero a él no le importaba, pues estaba tranquilo a su manera y eso era suficiente.

Sus hijos estaban peleados con él. No se hablaban hacía más de cinco años y ya ni se acordaba por qué. Elena, la mayor, ya tenía 47 años y dos hijas mujeres: Julia y Verena. Rolando tenía 45 y dos hijos pequeños: Mario y Marcos. Para los cuatro nietos hablar del abuelo era un tabú y estaban prohibidos de hacerlo. Cualquier duda que tenían debían guardarla para ellos y hacerse como si no existiera. Ante eso, siempre que se juntaban los cuatro primos conversaban sobre el abuelo, inventaban historias y lo hacían protagonista de sus fantasías. Lo que era un hecho es que siempre era un héroe.

El abuelo anda muy enfermo y ni Paco aun lo sabe. Él no anda deprimido y la tristeza no lo invade. Los problemas con sus hijos permanecen intactos. Aunque en su mente aun no encuentre la razón de este hecho. Los periódicos y desayunos han perdido protagonismo. Se ha olvidado de la rutina y las manías ya no existen. Paco anda hambriento y muy molesto con él. Pues de alimentarlo se ha olvidado y de los paseos también. Ya no son ni zapatillas ni zapatos ni pantuflas, ahora él anda solo en medias, negras, viejas y gastadas. Los pantalones han sido cambiados por calzoncillos, las camisas por el cuero mismo de su piel y la correa anda tirada al lado de la cama, como una rama recién caída de un árbol. La barba anda sombreando su cara, y el peine y él han tenido una pelea imposible de conciliar. Anda muy hambriento, pero ya ni él lo sabe. Pues hasta de comer se anda olvidando.

Él camina por su casa, mira cuadros y adornos. Se sienta en su sillón de cuero negro, gastado y arrugado. Pone las manos sobre sus muslos. Recuesta la cabeza hacia atrás. Mira el techo fijamente. Y ahora cierra los ojos. Ve un campo verde. Ve a su hija y a su esposo, sentados en una mesa larga de madera sobre el mismo pasto. Al otro lado de la mesa ve a su hijo y a su esposa. A lo lejos vienen corriendo cuatro pequeños. Vienen con los brazos abiertos hacia él. Y parada al lado de la mesa la ve a ella. A la luz de sus antiguos días. A la antigua razón de su existir.  Está sonriendo, sirviendo los platos en la mesa, exactamente de espaldas a él. Y ahora ella voltea sobre su hombro y lo mira. Directamente a los ojos. Y sonríe. Y ahora él, que sigue sentado sobre el sillón, también sonríe. Por fin sonríe.

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