Un suspiro, mirada al frente y paz. Ve la calma representada en agua tranquila y el sonido de los grillos. La luna estaba fresca como siempre. Sobre él . Mirándolo. Y él que se acomodaba la gorra para que no descubra su rostro. Y es que ella ya lo conocía. Sabía sus manías y ademanes. Él lo tenía muy claro y se esforzaba por ocultar sus grandes rasgos.
La noche iba cayendo y en ella él había descubierto un nuevo refugio. Temía volverse adicto a ella, como la había hecho tiempo atrás con otras. Pero esta vez parecía diferente. Esta calma de presencia oculta parecía comprenderlo. Él andaba muy confundido. Buscando señales y esperando respuestas del cielo. Temía por la muerte y el paso del tiempo. Tenía claros sus ideales, pero le costaba mucho ir por ellos. El que dirán contradecía la marca imborrable sobre su brazo derecho. Donde había jurado recordarse lo que nunca debía hacer: caer en un sistema que no lo haría feliz.
Se podría decir que lo tenía todo. Salud. Trabajo. Familia. El dinero suficiente. Hogar. Aparentemente todo. Pero a él le faltaban algunas cosas. Le faltaba el motivo de sus latidos. El sentido a su sentir y dirección a su andar.
Tenía fe en encontrarlo. Tenía fe en que las cosas se alinearían para bien. Pero el reloj no iba en reversa, y detenerse no era una opción
Sus lunes eran seguros. Tristes, pero seguros. Sabía que no quería y se planteaba fórmulas para replantear su vida. Pero al pasar los días se iba acostumbrando, arrullado bajo el sistema del que dirán. Del ya estoy aquí.
Hoy es domingo y tengo en la mente el lunes. El lunes en el que busco mi sueño. El lunes que hablo de esto. El lunes que dure hasta el lunes. El lunes que empieza en un cuento.
Y la noche no enfría, ni entibia. No aclara, ni oscure.
La noche me guía a pensarla. La noche me guía en silencio.
