Ese día lo dejó todo. Dejó una nota en su mesa de noche con su nombre escrito en ella y se fue.
Partió huyendo de esta ciudad. De su clima, su gente y su idioma. Estaba muy seguro con la decisión que había tomado, lo cual era extraño para él. Nunca había estado seguro de nada en su vida. Ahora lo estaba y se sentía raro.
Ya sentado en el bus hacia el norte del continente recordó que había dejado prendida la luz de la cocina. Se puso nervioso y toda la seguridad que tenía se esfumó como la niebla en meses de verano. Empezó a sudar. Se puso de pie y obligó al chofer a detenerse.
Se encontraba parado en la carretera. Eran las tres de la tarde. Miraba fijamente pasar los carros al lado suyo. Iban a toda velocidad. No se inmutaba. Reaccionó con el claxon de un camión que llevaba ganado y el grito de un camionero diciéndole que se hiciera a un lado. Cruzó la carretera con cautela y empezó a tratar de parar algún bus. Luego de veinticinco minutos consiguió que uno se detenga y se enrumbó nuevamente hacia Lima.
Eran las siete de la noche cuando por fin llegó a su casa. Pensaba en lo peor. En su mente veía a su casa quemada y a todos los vecinos de la cuadra gritando y tratando de apagar el incendio. Por suerte la casa estaba intacta. Entró apurado y descubrió que todos los focos de su casa estaban apagados. Se sentó en el sillón de la sala, con la mochila aun sobre los hombros y cerró los ojos. Agachó la cabeza poco a poco hacia sus rodillas, cuando recordó. Recordó la nota que había dejado con su nombre en la mesa de noche.
Abrió los ojos rápidamente y se dirigió hacia su cuarto. Abrió el cajón de su mesa de noche rápidamente. Sacó la nota. Estaba su nombre. Dos puntos y una hoja completamente vacía. Le dio la vuelta bruscamente a la hoja buscando alguna pisca de tinta en ella. No había absolutamente nada. No lo entendía. Dejó la nota encima de la mesa.
Se retiraba del cuarto cuando de pronto recordó. Recordó porque estaba vacía. Porque la había dejado en blanco. Recordó que cosas quería. A qué cosas le temía. Que cosas lo angustiaban. Y exactamente las precisas cosas que no lo dejaban seguir adelante. Finalmente se echó en su cama. Esta vez al lado derecho de la cama. Donde su esposa solía dormir. Respiró profundamente. Se puso las manos sobre la barriga y se dijo a sí mismo: “Mañana es el día de llenar esa nota vacía”.
