Tomó nota rápidamente. Guardó la hoja en el cajón y salió corriendo. Eran tan solo las 6:15am y ya andaba apurado. A sus venticinco años la gente no solía tener tanto apuro. Pero él. Si. Corrió por la avenida de su casa y tomó el primer bus que vio. Iba parado y maldiciendo el paso de los segundos en su reloj. Quería que sean más lentos. Quería que el tiempo se detenga aunque sea ese día.
Bajó en la primera estación. Estaba aun lejos de su destino, pero el tráfico lo haría tardar más. Corrió entre la multitud de la avenida Larco. Se tropezaba con niños que iban al colegio. Secretarias bien vestidas. Todo tipo de negociante y uno que otro borracho que salía recién de alguna peña. Escuchaba el paso de los segundos en su cabeza. Y una voz que le decía: «No llegarás a tiempo. Apúrate». Este aliento en negativo lo agitaba a ser más rápido y no pensar tanto en el acto.
Pasó semáforos en verde. Donde casi fue embestido. Fue maldecido por más de uno. Hasta que finalmente llegó. Llegó a ese edificio. Color gris oscuro. Manchado por la lluvia miraflorina. Esa lluvia limeña. Que a diferencia de otras ciudades. En vez de limpiar. Ensucia la ciudad. Y ahora mira su reloj. Que marcan las 7:01am. Ha llegado a tiempo. Está ahí solo para tocar el timbre. Pasarle la voz. Ir. Sin embargo ahora lo piensa. El tiempo ahora si pasa lento. Se sienta al lado de un ambulante. Que a tempranas horas ya busca ganarse la vida. Emoliente vende. Y el olor lo tranquiliza. ya son las 7:13am. Y sigue ahí. Mirando fijamente la puerta. Mirando fijamente el quinto piso. Por fin la ve bajar. Tan pulcra como siempre. Tan bella como todas la mañanas. Pasa delante suyo. él que la huele. Y es el mismo olor de siempre. Jazmín. Olor limpio de mañanas. Y el emolientero que le habla. Le ofrece su producto. Y el que vuelve en si. Le niega el cumplido. Se pone de pie y la ve caminar. Ve esas pantorrillas firmes. Falda perfecta ajustada a su cintura. El pelo húmedo recostado sobre su hombre izquierdo. Y chompa roja. Ve que se va. Que para en la esquina de siempre. Para el bus. Y se sube.
Y ahora él está feliz. Camina pausado de vuelta a casa. Son ya las 7:21am. Los segundos volvieron a su ritmo natural. La gente de su alrededor otra vez parece desinteresada. Ahora toma el bus. Sube. Está sentado y sonríe. Por fin llega a casa. Ya son las 8:03am. Entra por la cocina. Se sienta en la silla del comedor de diario. Y se apoya sobre la mesa. Abre la lata de café que está ahí. Junto a un juego de tazas, cubiertos y típicos alimentos del desayuno. Se sirve dos cucharaditas en una taza. No se pone azúcar y pone agua hervida de un termo color guinda. Antiguo. Ve el vapor salir de la taza. La acaricia con ambas manos. Se detiene a pensarla. Y se pone de pie. Va hacia el cajón de la cocina. Saca la hoja donde todas las mañanas escribe. Donde todas las mañanas imagina. Saca un lapicero del bolsillo de su camisa. Y ahora más tranquilo. Tacha una vez más lo que escribe todas las mañanas. Porque todas las mañanas pone. Fecha. Pone dos puntos.
Y entre comillas escribe: «Hoy te saludé. Hoy nos conocimos. Hoy estoy feliz. Porque hoy hubo un momento en el tu y yo juntos nos vimos».
