Un burócrata de luto.

Sintió que se moría. Respiró fuertemente y siguió escribiendo. El notario esperaba afuera y debía presentar ese documento. Una lágrima cayó en su mejilla y recordó aquel verano. Recordó una tarde ventosa, unos chistes en la playa y un cigarro en la noche. Siguió escribiendo y ya no podía pensar. Lo apuraban desde afuera. Le decían que se le acababa el tiempo. Que ya no esperarían. Él lo había entendido. Sabía que en verdad, ya no había nadie esperándolo. Sabía que era su error. Que debió apurarse, dejar de pensarlo tanto y actuar. Ahora ya el daño estaba hecho. No había vuelta atrás. Ya no había lado positivo. Ahora si tenía que ver como haría para seguir día a día alimentando esa fantasía que lo tenía vivo. ¿Cambiaría de personaje? Siguió escribiendo. Ya le aceptarían el documento. Tarde o temprano sucederá, se dijo. Tarde o temprano.

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