La vio una noche de diciembre. Estaba en la estación del tren, con una mochila en la espalda y un carry on frente a ella. Tenía un chullo morado, de esos grandes como los que usan los rastas, el cual le cubría gran parte del pelo. Movía sus manos de arriba hacía abajo rápidamente y se le notaba nerviosa. O tal vez preocupada. Caminó dos o tres pasos hacia atrás, jaló el carry on hacia ella y se sentó en una banca. Levantó y bajó el asa de la maleta como unas cinco veces, hasta que por fin la dejó abajo y se paró. No pasaron ni veinte segundos cuando volvió a sentarse. Sacó su mochila de la espalda y la puso en sus faldas. Abrió el cierre, sacó un celular y dijo:»La puta que lo parió batería del orto», a lo que comprendí que ni el celular la acompañaba en esta angustia. Tiró el celular dentro de la mochila. Cerró el cierre rápidamente, se puso la mochila en la espalda nuevamente y se paró. Jaló el carry on tres pasos hacia adelante y se paró donde la vi por primera vez. Aun no llegaba a descifrar su nacionalidad, pero sospechaba que era argentina.
Me cansé de espiarla detrás de una columna y por fin me senté en la banca que estaba detrás de ella. Al pasar a su lado no pude evitar olerla. Y que olor para más novedoso. No era solo un perfume lo que olía. Era la mezcla del perfume que usaba y el olor que solo podía tener su cuerpo. Delicioso y tan opuesto a la imagen que daba. Parecía a simple vista antipática, impulsiva y mala onda. Era el olor de otra mujer. No era compatible. Ya sentado en la banca me dediqué a observarla aun más. Y la forma en que estaba vestida me encantaba. Jean rasgado, zapatillas converse, polo suelto, pero lo suficiente para que se pueda ver la forma de sus grandes pechos resaltar, una casaca con capucha abierta y el chullo morado. Ni bien terminé de examinarla escuché unos fuertes pasos y un grito que decía «Ché! Dónde mierda estabas?» La voz venía de atrás y me parecía conocida. Volteé y vi a una vieja amiga colombiana. Venía corriendo a abrazar a la chica del chullo. Ésta saltó de la emoción al verla, soltó sus maletas, pasó casi por encima mío y abrazó a mi amiga. Atiné a no voltear más para que no me reconozca y me quedé mirando de frente. Como si nada hubiese pasado. Mi amiga estaba feliz y la chica del chullo, más aun. Gritaban, puteaban, reían y se decían de todo. Al parecer venía de visita a la ciudad y se quedaría con mi amiga.
El tren que esperaba por fin llegó. Me paré. Alisté mis cosas. Pero no lo tomé. Quería seguir ahí. Quería estar cerca a ella, sentir su olor, su presencia, escuchar su voz, ver sus maletas, su ropa, su sonrisa, sus sucias zapatillas y despeinado pelo. Y me senté en la misma banca. Y seguí mirando hacia adelante. Como si el tren que acababa de pasar no era el que esperaba.
La conversación continuaba y ya iban como cinco minutos hablando. Cada dos o tres risas volteaba y la miraba sin que mi amiga llegara a reconocerme. Pasó un tiempo más y la conversación empezó a ser más suave. Como si bajaran el volumen de a pocos. Hasta que dejé de escucharlas hablar. Me preocupé porque las maletas seguían al frente mío y pensé que se habían ido sin ellas. Volteé rápidamente a avisarles. Y la vi ahí. Estaba parada. Mirándome. Sola. Ya no estaba mi amiga y no había nadie en la estación. Solo ella, yo y ese olor tan peculiar. Estiró su mano en dirección hacia mí y cuando abrió la boca para decirme algo puse mi dedo índice sobre sus labios y le dije que no lo hiciera, que no dijera nada. Que entendería su silencio. Que no la juzgaría. Que trataré de recordarla, aunque cada vez sean más débiles los recuerdos, más cortas las llamadas, más breves los textos, más leve el sonido de su risa, más opaca su sonrisa y que su olor, por más que duela, ya no es el mismo de antes.
