Caído. Sobre una manta marrón. Grande y granulada. Que el viento lograba levantar. Caía sobre sus ojos. No lo dejaba ver. Había caído ahí sin saber cómo.
Él camina hundiéndose en el terreno irregular. El sol lo mata y le cuesta continuar. Recuerda palabras de aliento, que fueron dadas a alguien más. Pues él siempre las escuchó. Siempre supo como eran, mas nunca las sintió.
Se motiva falsamente. Se cree el mejor jugador de la cancha. El que conquista a las chicas cantando. Debe continuar.
El sol empieza a calmar. Incrementa el viento, que chicotea la arena contra su cuerpo desnudo. A lo lejos ve un ave. Es una gaviota y le da esperanza.
Piensa en salvarse. Recuerda a ella. Recuerda su voz. Su burla. Su traición. La decepción. Cólera que arde en sus entrañas. Ardor. Sabor amargo. Rostro duro. Falta de emoción. Calor. Dolor.
Él se sienta. Mira sus manos. Las pega a sus ojos como si buscara verse por dentro. Ver dónde está todo este malestar para estrujarlo y matarlo rápidamente. Pero no hay nada ahí. Nunca hubo nada. Porque él delira. Él está ahí echado, entre esas cuatro paredes y piso de parquet. De parquet con tierra. Con tierra caliente. Caliente por esos fuertes reflectores. Y le piden que hable, que confiese. Que quién fue. Y él que no comprende. Que habla de ella. De la traición. Del dolor que lleva adentro. Del mal que se le hizo. Y ella le dice estoy acá. Mírame. No me fui. Y él que la mira. Y no ve nada. Otra vez las mismas cuatro paredes. Un piso de parquet. Con tierra caliente. Un reflector ardiendo y un sentimiento de dolor. De dolor que está ahí. Ahí.
