La risa más silenciosa.

Está sentado. Mira fijamente por la ventana de su cuarto, y no ve nada. Hay una pared blanca a menos de treinta centímetros. Sigue mirando fijamente. No hay nada. Gira lentamente hacia la derecha y se ve en el reflejo de un televisor apagado. Cierra los ojos. Los deja cerrados por quince segundos. Los abre. Se mira nuevamente. Sigue reflejado allí. Recuesta la cabeza en sus manos, casi en posición fetal. Sigue sentado en esa silla en la cual lleva días sentado. Parece que se está lamentando de algo. Parece que estuviese llorando. O tal vez rezando. No es católico. No llora. Presiona sus ojos fuertemente con la palma de sus manos. Ve una luz blanca, muy blanca. Le gusta. Levanta la cabeza bruscamente. Abre los ojos rápidamente. Gira hacia la izquierda y mira por la ventana. Ve todo blanco y difuso. Ve esa pared blanca. A treinta centímetros de él. Pero ve todo más blanco. Una leve sonrisa aparece en sus labios. Gira a la derecha. El blanco está desapareciendo. Se mira en el reflejo del televisor. Casi no se ve esta vez. Esta vez está muy blanco y confuso. La sonrisa se pronuncia. Es una boca abierta. Se ven unos dientes amarillos. Grandes. Se ríe. Ahora se escuchan sus carcajadas. Cierra los ojos. Siguen cerrados. Los abre. Gira a la izquierda. Ve la pared. Blanca. Si. Sigue ahí, Blanca. Y no pasa nada.

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