I. Vidas que pasan y no llegan a nada. Noches difusas que solo dejan ver el brillo del alma de la gente al caminar.
La ciudad estaba fría. Ella caminaba dando vueltas a la pileta central de la plaza. Miraba el suelo. Daba dos pasos, miraba el cielo. Eran una botas marrones las que llevaba esa noche, estaban muy gastadas y con los pasadores sueltos. Había salido muy temprano de casa, pues su hermana mayor estaba por despertar y no quería tener que limpiar el desorden que había dejado la noche anterior al llegar a casa, borracha como siempre. La falda que traía puesta era rojiza y parecía de lana, aunque definitivamente no lo era. Arriba no traía puesta chompa ni casaca alguna que la cubriera del frío. Solo una blusa blanca y una chalina de colores.
Se sentaba al borde de la pileta. Jugaba con el agua entre sus dedos. Luego se paraba y seguía pateando las desgastadas suelas contra el piso de piedra de la plaza. Once y quince. Aún no llega. Una vez más tendría que volver a casa sin verla. Pateó fuerte una piedra en el camino y dijo:
-¡Espero no me falles mañana!
Empezó a correr en dirección a su casa. Se abrazaba con los brazos por el frío e intentaba no tropezar con los pasadores, que siempre llevaba desamarrados. La única que la acompañaba era la luna. Siempre atenta y brillando. Siempre recordándole a su madre.
Por fin en casa, abrió esa puerta vieja de cerradura oxidada y rechiñoza. Entró callada para no despertar a su hermana, la que felizmente no estaba en casa. Fue a su cuarto callada, se echó en su cama tal cual estaba vestida y durmió pensando en ella. Pensando en que tal vez mañana no le fallaría. Pensando en que tal vez mañana existiría.
